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La degeneración del 8 de marzo

13 Mar

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El chico se levantó ingenioso, el 8 de marzo quedaba a la vuelta de la esquina y le propuso a su novia regalarle flores, no el propio día 8 sino el 9, que son más baratas y con el mismo dinero podría regalarle un ramo mucho más grande. La sola propuesta a punto estuvo de costarle la relación, porque “no se trata de las flores en sí, bobo, sino de poder enseñarlas”, no ser menos que la compañera de oficina, presumir en Instagram, que todos conozcan lo querida y espléndida que eres. Pese a las flores, el 8 de marzo en Rusia no puede ni siquiera considerarse un segundo San Valentín, pues no tiene la excusa del amor, es simple postureo vacío, agasajar porque sí.

A esto ha quedado reducida la celebración del Día Internacional de la Mujer en la crecientemente conservadora Rusia de Putin, a una bacanal de la industria de las flores con ellas como sujeto pasivo. La Iglesia Ortodoxa, con una importante ascendencia en las instituciones, la rechaza de plano por su origen socialista. “Es una fiesta feminista que no tiene nada en común con la tradición de mujer rusa, diosa de su hogar y madre devota”, explica Svetlana, esposa de un pope ortodoxo.

Según la estadística, los rusos gastan unos 500 millones de euros en regalos este día. No hay rastro del sentido reivindicativo de igualdad con el que nació la jornada hace un siglo, ni a pesar de las 14.000 mujeres que murieron por violencia doméstica el último año que el Kremlin se atrevió a hacer pública la cifra (2008). Por comparar, en España murieron 44 el año pasado, y ya nos parecen muchas. Paradójicamente, Rusia es uno de los primeros países del mundo que incorporó a la mujer al trabajo y le concedió derecho a voto, de hecho, fue el primero que institucionalizó el Día Internacional de la Mujer en el calendario, en 1917, a renglón seguido de la revolución, en la que jugaron un papel destacado las trabajadoras textiles de Petrogrado.

Y si el 8 de marzo es el Día de la Mujer, el 23 de febrero es el del Defensor de la Patria, que nació con un carácter militar, como casi todas las festividades en Rusia, pero se ha terminado convirtiendo en una celebración puramente civil: el Día del Hombre. Las agentes de tráfico visten ese día de minifalda (¡en febrero!) y paran a los camioneros para desearles una feliz jornada. Entrañable.

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¿Me estoy rusificando?

10 Nov

Depardieu--644x362Espero que un poco sí, qué clase de inmigrante sería de lo contrario. No hace falta buscar ‘el alma rusa’, como he escuchado a algún bohemio pedante, ni tampoco se necesita “follar demasiado”, como cuenta Xavi Colas, basta con ser un poco permeable para desarrollar empatía y hasta cierto sentido de pertenencia hacia el país que te acoge. Éste, en concreto, uno de fuerte personalidad y población sufrida pero orgullosa. Rusificarse no significa estar a favor o en contra de Putin, porque los políticos de turno no definen un país, aunque a algunos les encante pensarlo. No, Vladimir Vladimirovich estará bajo tierra y los rusos seguirán teniendo más en común con los ucranianos que con los chinos, seguirán echando smetana/nata a la sopa o celebrando la concesión de un visado como un gol de su equipo de fútbol.

A esa rusificación me refiero, del tipo de nuevas rutinas adquiridas que ya solo percibes cuando pasas por la patria o recibes visita. Mis viejos amigos españoles me miran como a un alienígena cuando ahora, antes de brindar, doy un discurso kilométrico, grandilocuente y repleto de lugares comunes. Qué le voy a hacer, el clásico “chin-chin” me parece una vulgaridad, lo mismo que correr para no perder el metro o no poder estar en manga corta en casa en invierno. Rusificarse es ver biatlón por la tele, regalar flores sin que se muera nadie o abrir siempre las puertas a las chicas. Es acostumbrarse al ceño fruncido de los camareros y al aspecto postapocalíptico de las zonas comunes de los edificios de viviendas. Rusia no me ha regalado nada, confieso incluso que después de dos años estuve a punto de tirar la toalla, acorralado por la burocracia. Pero se solucionó a última hora, de milagro y gracias a favores, que es como se solucionan las cosas aquí. El día de reyes cumplo cuatro años, y sí, me debo estar rusificando, aunque ya os digo que nunca le he echado ni le echaré smetana a la sopa.

Los fogones de Moscú

24 Sep

stolovaya-in-saint-petersburgQuedan en la capital pocos lugares en los que el tiempo se detuvo al caer la URSS, uno está en la avenida de Bernardo, junto al metro del mismo nombre, una stalovaya de libro de estilo. En España los comedores son privados porque pertenecen a edificios de oficinas o administrativos y la empresa subvenciona el precio. En Rusia, en cambio, los hay también de acceso público, stalovayas, semisótanos diáfanos con una cocina que funciona como restaurante al uso. Regentados por señoras de mediana edad, voluminosas y medio enfadadas siempre, sirven cocina rusa de brocha gorda.

No es fácil encontrar estos comedores. No aparecen en internet, no hay letreros luminosos y por no tener no tienen ni nombre. A veces hay un folio manuscrito pegado en la puerta con la palabra Stalovaya y una flecha. Otras ni eso, y tienes que guiarte por el goteo de gente de toda clase que acude a la hora de comer, burócratas con trajes baratos o estudiantes en chanclas. En general dan a patios interiores o aparcamientos, el tipo de lugar que necesitas que alguien te lleve la primera vez. Conozco una stalovaya en un extremo del andén del metro de Arbatskaya (tal cual), hay también en el monasterio de Novoskpaski y en un semisótano en los pares del boulevard Tverskoi, pero le cogí cariño a la de avenida Bernardo, donde comí la mayoría de los días de mi primer año en Moscú.

Las cortinas eran de antes de la Perestroika y los bancos, diseñados para una penitenciaría. Las luces de navidad de las baratas que estaban todo el año encendidas apuntalaban la atmósfera decadente. Los precios también se habían detenido en el tiempo, se podía llenar el buche dignamente por un par de euros, mientras en España ningún restaurante al uso ofrece menús por menos de 5-6.

Por motivos climatológicos evidentes la cocina de cuchara es un parada obligada en esta tierra. Toda stalovaya ofrece diariamente 2-3 tipos de sopas. Borsch es la más común, pero como tengo una relación complicada con la remolacha, su ingrediente principal, me refugio en otras especialidades. La Shchi, con varios tipos de verduras, la Solyanka, con carne y un poco picante, o la Uxá, mi preferida, de pescado y patatas. Pan se toma si acaso para acompañar la sopa, pero no con el plato principal, ese rol lo juega la guarnición, sea arroz, puré de patata, pasta (pasada siempre de cocción) o muy especialmente la grechka, trigo sarraceno, estandarte de la cocina rusa, pues se utiliza también para las gachas, el desayuno eslavo por antonomasia. Un alimento este, la grechka, bastante insípido pero baratísimo y muy sano, del que se consumen en Rusia una media de 15 kilos por persona/año. Los segundos más comunes son el kotlet, una pelota de carne de cerdo bastante revoltosa, y el gulash, la peor parte de la ternera troceada y cocinada en una salsa potente (ver imagen). Todo se riega con té bien caliente en la temporada de frío o su primo morsh en la de calor.

Hoy el centro de Moscú, como el de casi cualquier otra capital del mundo, está infectado de cadenas de restauración que ofrecen ensalada cesar, pasta carbonara y unos innecesariamente enormes cafés para llevar. Mentiría si ensalzase las bondades culinarias de las stalovayas, pero hay mucho más de la verdadera Rusia en ellas que en todas esas franquicias del centro juntas.

Un tanque a la puerta de casa

28 Jul

armataAl españolito de mi generación, que creció entre Espinete y los Fruitis, le impacta la devoción rusa por las armas. He visto deportistas de élite posando con rifles en su presentación a la prensa, una tienda de ballestas en un mercado de verdura o botellas de vodka con forma de Kalashnikov.

“Mira, Masha”, le dice un padre a su pequeña, a la que lleva a hombros para que lo vea mejor, “es el nuevo modelo (de tanque) Armata, con cañón de 125 milímetros y torre teledirigida”. Es una tarde de finales de abril y las calles del centro de Moscú están atestadas de flores, digo carros blindados. Los soldados a lomos de las bestias de acero posan impertérritos durante horas, más tiesos que velas, esperando turno para desfilar. En las amplias aceras de Tverskaya se aglomeran groupies de toda edad y condición, uno puede leer la ilusión en sus rostros. La fascinación rusa por las armas no es como la estadounidense, de revólveres en la mesilla de cama y películas de John Wayne rescatando diligencias. No, en Rusia, a excepción del celebérrimo kalashnikov, les gustan las armas pesadas, las del ejército, inclinación forjada en los tiempos de Guerra Fría.

armata3“Me siento segura cuando lo veo”, confiesa orgullosa una joven preguntada por un reportero occidental a la puerta de una cafetería. A su lado, una lanzadera de misiles intercontinentales, de los que mataría a un millón de personas de pulsarse el botón rojo por error. Es uno de los varios ensayos del desfile de la victoria, que se celebra cada 9 de mayo en la Plaza Roja, el gran evento televisivo del año en Rusia. Desde semanas antes los canales bombardean reportajes sobre las novedades técnicas de la edición, repitiendo incesantemente las coletillas “novísimo” y “sin análogo en el mundo”.

No creáis, pese a las desavenencias de Putin con Occidente y algunos titulares sensacionalistas, la tercera guerra mundial no está hoy más cerca que ayer. Los oligarcas no han dejado de comprar yates para construirse búnkeres. En realidad las armas, las grandes, son en Rusia gasolina para el patriotismo y, sobre todo, un negocio formidable. El país es el segundo mayor exportador mundial, 11.500 millones de euros en 2014. Es el ruso por tanto, y un poco a la fuerza, “un pueblo de expertos militares”, como dice una compañera de redacción. El segundo canal de la televisión estatal emite exclusivamente películas bélicas y deportes, todos los días del año, qué adorable cocktail. Según matan al último nazi comienza la natación sincronizada.

Una noche en la ópera

24 Abr

Swan-Lake-Bolshoi-Theatre-Moscow-henri-bresson-1954Ni para la oficina me pongo camisa, no creáis, pero para el ballet-ópera no dudo en desempolvar, ya no la camisa, sino hasta la americana. No porque lo exija la etiqueta, no al menos en Rusia (el Bolshoi define su dress code como “muy democrático” = todo menos pantalones cortos) sino para sentirme participe de la otra función, la social. He ido cinco veces en Moscú y reconozco que casi tanto como de la representación disfruto del evento que la rodea, del pavoneo. La cafetería bulle en los entreactos, se disparan los decibelios y se crea durante unos minutos un ambiente eléctrico y genuino.

No faltan acaloradas discusiones sobre el montaje del director entre eruditos de coderas y cuello vuelto. Pero también hay galanes, dos botones de camisa desaborchados, con inquietudes mucho más mundanas, tirando fichas a bellezas vestidas de promoción con una copa de Moet en la mano. Puedes cruzarte con hípsters en vaqueros y abuelas engalanadas. No falla tampoco algún expatriado descifrando con torpeza el programa y embobado con la lámpara de araña, entre los que lógicamente me cuento. En fin de semana el ambiente es más familiar, ves renacuajos correteando y niñas imitando a Odette, el cisne blanco del lago.

El espectador de ópera y ballet en España pertenece en general a una endogámica elite de cincuentones de clase acomodada, de los que conducen Volvo. En Rusia, sin perjuicio de calidad, es en cambio un evento más democrático, la afición salpica a muchas más capas sociales. Cuestión de tradición. Ayuda que, como hay feroz competencia y los artistas cobran cuatro perras, la calidad es alta y los precios asequibles. Por comparar: un asiento decente para la Ópera de Madrid no baja de 80/90 euros, mientras en el Stanislavski (segundo mejor recinto de Moscú) son unos 20 euros. Todo hijo de vecino puede permitirse una noche en la ópera, lógica aplicable a cualquier evento público, excepción de los conciertos de artistas internacionales, que visitan la ciudad a cuentagotas y en los que hacen el agosto las aves de rapiña del mundillo del espectáculo local. Una rapiña que en el caso del teatro sólo alcanza al Bolshoi.

Antiguamente una cuadrilla de abuelas compraba todas las entradas de la temporada el mismo día que salían a la venta (fecha que era secreto de estado), un taco generoso que revendían después en los alrededores a turistas y nuevos ricos. Las abuelas eran sólo peones, claro, el último eslabón de una cadena de comisiones y favores en cuya cúspide se situaba la taquillera jefe del Bolshoi, de la que se solía decir que era una de las personas más influyentes de Moscú. Hoy sigue funcionando la mafia, pero de forma menos visible. Internet ha restado poder a la taquillera jefe en favor de ‘agencias’ online de reventa. Todo redunda en el precio de la entrada, ya de por sí cara en el caso del Bolshoi, el de verdad, claro, no esas compañías que se apropian el apellido y recorren la España de provincias.

Conocí en navidad, por cierto, a un bailarín de una de esas compañías, fue en un antro del centro de Moscú, de camareras que lo han visto todo y un vodka barato de cuyo nombre no quiero acordarme. Bajito pero bien parecido, vestía el divo un traje que le quedaba grande y un ridículo sombrero de copa. Reconocí que había pasado ya casi todas las etapas de la noche cuando se acercó a nuestra mesa a mendigar una última ronda. Me narró en un ininteligible ruskinglis sus desventuras por Mallorca y se arrancó con un baile ‘español’ que acabó por los suelos. Se levantó con aire digno y nos confesó que “si no eres titular en el Bolshoi o el Marinski, es una pérdida de dinero seguir en Rusia”, a lo que lógicamente contestamos invitándole a ese último trago.

Díselo con flores

3 Mar

Background of flowers as Russia flagA un joven que regala flores en España en el siglo XXI le pueden fácilmente tachar de trasnochado y pretencioso. Uno en Rusia puede parecer tacaño y poco caballeroso por lo contrario, por no regalarlas. Son una religión, su belleza efímera casa con el carácter impulsivo de la gente. Yo soy español y no soy excepción, no tengo ni idea de flores, lo admito. Las pocas veces en mi vida que he pisado una floristería he hecho siempre el ridículo, tartamudeando cuando me preguntan lo que quiero. Sería injusto culpar al idioma, porque tampoco en castellano sabría nombrar más de cinco tipos. Acabo siempre comprando rosas, que en ruso se llaman igual (роза) y aunque sean las más caras uno nunca se equivoca (salvo que lleve número par, que son para los muertos). Decir que no tengo costumbre de regalar flores sería quedarse corto, por eso en Rusia siento cierta presión social. Al menos en estos tres años he aprendido lo básico, que 8 de marzo, 14 de febrero, aniversario y cumpleaños son el mínimo calendarizado para pasar el corte, a partir de ahí, según vengan dadas: igual compran perdones que decoran despedidas o reencuentros.

Uno piensa en Rusia y antes se le viene a la cabeza la infinita tundra nevada que campos de tulipanes. Por eso, por el clima, la producción nacional apenas cubre un 3% de la demanda, convirtiendo al país en uno de los principales importadores del mundo, 900 millones de euros anuales de flores procedentes de rincones tan variopintos como Holanda, Kenia o Colombia. Es un negocio formidable. Si en España hay un bar en cada esquina, en Rusia son salones de manicura y floristerías. Por ejemplo, cada parada del metro de Moscú (y hay 200) tiene al menos un puesto, que en muchos casos abre 24 horas, para asistir a rezagados y crápulas, y por aquello de la caducidad de la mercancía. Dani, un amigo chileno, conoció a su novia rusa por internet. Sólo se habían visto por Skype cuando ella rompió el cerdito de los ahorros y se plantó en Santiago. Pero claro, esperaba flores a su llegada al aeropuerto, ¡¿qué menos?! Dani acabó en el único puesto de flores que conocía en la ciudad, el del cementerio. El vendedor escrutó su pintilla de novato enamorado y preguntó retóricamente: “No son para un muerto, ¿verdad?”.

Mitos y realidades del vodka en Rusia

3 Dic

Aquí se bebe sin mezclar y de un trago, moderneces las justas. El vaso, mejor frío, de 50 o 100 gramos, es decir, el mismo o doble alcohol que en un cubata promedio español. Los pepinillos marinados o el zumo son los métodos civilizados para contrarrestar la náusea inmediatamente posterior al lingotazo. A falta de presupuesto, los vagabundos dan una calada al pelo del vecino. Literal, meten la nariz y aspiran. No huele bien, pero huele fuerte y hace contraste. Conviene aclarar que no todos los que beben en la calle son vagabundos. Uno se puede cruzar también con maridos de vida familiar ordenada que buscan romper la rutina con un zapoi, esa borrachera bíblica que se alarga varios días, vagando sin dirección y entablando amistades efímeras con dudosas compañías.

En Rusia las bebidas alcohólicas tienen género. Si una chica pide cerveza en un bar el camarero pensará para sus adentros, “mírala, debe ser europea”. Lo mismo que si un muchacho pide un mojito. Cuando vuelvo a España a menudo me preguntan si en Rusia se bebe tanto o es un mito urbano, a lo que respondo con cifras. El alcohol es la primera causa de muerte en el país, medio millón anual (si le sumamos los accidentes de tráfico que provoca), de los que la mayoría son varones. Con el vodka y la salud importa la cantidad, pero también la calidad. Hay vodkas caros, destilados 10 veces, que fresquitos caen con gusto y apenas dejan resaca. De ahí hacia abajo, el purgatorio.

La oferta de vodkas en cualquier supermercado ruso es abrumadora. Si no eres de hocico fino, 5 euros te alcanzan para una botella de medio litro y dos latas de cerveza (para engañar el hambre), que de hecho es el menú diario de muchos que no cumplirán los 50. En las zonas rurales es aún peor, el alcohol embotellado es un lujo y entra en juego el vodka casero, destilado por abuelas para apuntalar sus míseras pensiones. Pero el fondo se tocó en los años 80, cuando Gorbachov (conocido abstemio) tuvo la ocurrencia de instaurar una ley seca de bebidas espirituosas, que es como prohibir el fútbol en España. La televisión soviética se esforzó por adoctrinar a la prole, mostrando fiestas felices sin gota de alcohol, pero era poner diques al mar. Si la ley seca en EEUU dio lugar a mafia y mercado negro, en la URSS degeneró en un recetario popular para fabricar alcohol casero a partir de productos de bricolaje, cosmética e higiene.

El Bálsamo de Canaán, también conocido como Zorro Plateado, se elaboraba con 10cl de barniz, 10cl de alcohol desnaturalizado y 20cl de cerveza Barjatnoe. El Lágrimas de Komsomol llevaba 3cl de colonia, 2cl de laca de uñas, 15cl de elixir dental y otros 15cl de limonada. Había docenas de combinados y cada uno tenía su cometido. Cualquiera sabía, por ejemplo, que el Muguete “inquieta la conciencia y refuerza el sentimiento de justicia”, mientras que el Lila Blanca “cauteriza las heridas de la vida”. Los rusos habrán cauterizado, pero no olvidan aquel épico patinazo de Gorbachov. Aún hoy, 25 años después, no es extraño escuchar brindis con sorna ‘a la salud del camarada Mijaíl Sergyevich’.