Tag Archives: Moscú

6 minutos de sol

16 Ene

sun2¿Y no echas de menos Rusia? Me lo han preguntado como 500 veces desde que volví a España y mi respuesta ha tenido 500 tonalidades de gris, supongo que según mi estado de ánimo. Echo de menos el sushi barato y los jachapuris. Echo de menos a mis compañeros de trabajo rusos, echo de menos a mis amigos españoles, mi familia allí, y las fiestas que organizábamos. Echo de menos el simbólico precio de la calefacción y la cadencia del metro de Moscú, ese sí que vuela.

No echo en cambio de menos el face control ni la antipatía de las camareras de Arbat. No echo de menos, de hecho me da mucha pereza, el patriotismo belicoso y la creciente hostilidad hacia el occidental, al fin y al cabo yo era uno, inoculado desde hace ya cuatro años a los rusos en cada informativo. Tampoco echo de menos la burocracia en bucle, la octava prueba de Asterix, como recordé al leer las penurias de mi querido amigo Edgar. Y desde luego no echo de menos el clima, esos inviernos eternos, el chapapote afeando las calles hasta bien entrado abril y la escasez de sol.

Recuerdo que Amaya Valdemoro me contó que en Samara se le congelaban las pestañas en los cinco minutos de casa al pabellón, pero que igual fue feliz, a diferencia de en Moscú… “Porque entre la polución y el mal tiempo apenas veía el sol, era deprimente”. Hoy leo que Moscú tuvo en diciembre sólo 6 minutos de sol. Pensadlo bien, el mes tiene 44.640 minutos y sólo vieron el sol durante 6. En España se levanta el día medio encapotado y ya nos ponemos melancólicos. 6 minutos, lo que dura la Rapsodia Bohemia, después la oscuridad.

¿Injerencia o histeria?

17 Nov

img_jcalvet_20171113-182733_imagenes_lv_propias_putin-kRmB-U432862300344fwB-992x558@LaVanguardia-WebEl jueves pasado visité la sede central de la agencia de noticias Sputnik en Moscú, donde guardo varios amigos, cuya principal labor pasa por traducir teletipos de la edición rusa, en gran medida sobre industria armamentística. Si esperan un post de investigación sobre los maquiavélicos propagandistas del Kremlin, pueden ir cambiando de canal. Con todo lo hipócrita que resulta la posición rusa respecto a los separatismos en Occidente, esta novela tiene más de Los Serrano que de Le Carré.

En Sputnik había indignación con las sucesivas piezas de El País sobre la “injerencia” rusa en Cataluña. “Mira, ¿te lo puedes creer?”. El País mete a Sputnik en el saco de la “maquinaria de ciberguerra”, junto a Julian Asange, community manager de la Generalitat, al canal Russia Today, con 10 veces más presupuesto y de línea ciertamente más dura, y a los (ro)bots, cuentas fake en redes sociales que multiplican el alcance de noticias al gusto del Kremlin, algunas de ellas falsas, como todo en Twitter, dicho sea de paso.

El País, cuyas informaciones han derivado en un cruce de acusaciones Madrid-Moscú de lo más tonto, pone como ejemplo de la “injerencia” de Sputnik un artículo en la web titulado “España se resquebraja, Mallorca también quiere la independencia”. La polémica ha traído cola hasta en Baleares. Sin embargo, uno que lea la pieza entenderá que el titular no se corresponde con el cuerpo de la noticia sino que busca tráfico fácil, eso que los yankees llaman clickbait y que han adoptado también la mayoría de medios digitales españoles, para mayor gloria de OKdiario.

La pieza de la discordia, me explican, la firma un redactor latinoamericano de la modestísima radio del grupo, en cuya edición en español trabajan sólo 4 personas y cuya labor no supervisa nadie desde que la cadena cayese en desgracia en diciembre 2013, cuando Putin reconfiguró los medios estatales. El redactor en cuestión, me cuentan, “está casado con una catalana indepe, que se ve que le ha lavado el cerebro”. Y fue así, sin la menor intriga palaciega, como se corrió la cortina y supimos que la “ciberguerra” de Sputnik no era más que el caso aislado de un calzonazos.

Los fogones de Moscú

24 Sep

stolovaya-in-saint-petersburgQuedan en la capital pocos lugares en los que el tiempo se detuvo al caer la URSS, uno está en la avenida de Bernardo, junto al metro del mismo nombre, una stalovaya de libro de estilo. En España los comedores son privados porque pertenecen a edificios de oficinas o administrativos y la empresa subvenciona el precio. En Rusia, en cambio, los hay también de acceso público, stalovayas, semisótanos diáfanos con una cocina que funciona como restaurante al uso. Regentados por señoras de mediana edad, voluminosas y medio enfadadas siempre, sirven cocina rusa de brocha gorda.

No es fácil encontrar estos comedores. No aparecen en internet, no hay letreros luminosos y por no tener no tienen ni nombre. A veces hay un folio manuscrito pegado en la puerta con la palabra Stalovaya y una flecha. Otras ni eso, y tienes que guiarte por el goteo de gente de toda clase que acude a la hora de comer, burócratas con trajes baratos o estudiantes en chanclas. En general dan a patios interiores o aparcamientos, el tipo de lugar que necesitas que alguien te lleve la primera vez. Conozco una stalovaya en un extremo del andén del metro de Arbatskaya (tal cual), hay también en el monasterio de Novoskpaski y en un semisótano en los pares del boulevard Tverskoi, pero le cogí cariño a la de avenida Bernardo, donde comí la mayoría de los días de mi primer año en Moscú.

Las cortinas eran de antes de la Perestroika y los bancos, diseñados para una penitenciaría. Las luces de navidad de las baratas que estaban todo el año encendidas apuntalaban la atmósfera decadente. Los precios también se habían detenido en el tiempo, se podía llenar el buche dignamente por un par de euros, mientras en España ningún restaurante al uso ofrece menús por menos de 5-6.

Por motivos climatológicos evidentes la cocina de cuchara es un parada obligada en esta tierra. Toda stalovaya ofrece diariamente 2-3 tipos de sopas. Borsch es la más común, pero como tengo una relación complicada con la remolacha, su ingrediente principal, me refugio en otras especialidades. La Shchi, con varios tipos de verduras, la Solyanka, con carne y un poco picante, o la Uxá, mi preferida, de pescado y patatas. Pan se toma si acaso para acompañar la sopa, pero no con el plato principal, ese rol lo juega la guarnición, sea arroz, puré de patata, pasta (pasada siempre de cocción) o muy especialmente la grechka, trigo sarraceno, estandarte de la cocina rusa, pues se utiliza también para las gachas, el desayuno eslavo por antonomasia. Un alimento este, la grechka, bastante insípido pero baratísimo y muy sano, del que se consumen en Rusia una media de 15 kilos por persona/año. Los segundos más comunes son el kotlet, una pelota de carne de cerdo bastante revoltosa, y el gulash, la peor parte de la ternera troceada y cocinada en una salsa potente (ver imagen). Todo se riega con té bien caliente en la temporada de frío o su primo morsh en la de calor.

Hoy el centro de Moscú, como el de casi cualquier otra capital del mundo, está infectado de cadenas de restauración que ofrecen ensalada cesar, pasta carbonara y unos innecesariamente enormes cafés para llevar. Mentiría si ensalzase las bondades culinarias de las stalovayas, pero hay mucho más de la verdadera Rusia en ellas que en todas esas franquicias del centro juntas.

Una noche en la ópera

24 Abr

Swan-Lake-Bolshoi-Theatre-Moscow-henri-bresson-1954Ni para la oficina me pongo camisa, no creáis, pero para el ballet-ópera no dudo en desempolvar, ya no la camisa, sino hasta la americana. No porque lo exija la etiqueta, no al menos en Rusia (el Bolshoi define su dress code como “muy democrático” = todo menos pantalones cortos) sino para sentirme participe de la otra función, la social. He ido cinco veces en Moscú y reconozco que casi tanto como de la representación disfruto del evento que la rodea, del pavoneo. La cafetería bulle en los entreactos, se disparan los decibelios y se crea durante unos minutos un ambiente eléctrico y genuino.

No faltan acaloradas discusiones sobre el montaje del director entre eruditos de coderas y cuello vuelto. Pero también hay galanes, dos botones de camisa desaborchados, con inquietudes mucho más mundanas, tirando fichas a bellezas vestidas de promoción con una copa de Moet en la mano. Puedes cruzarte con hípsters en vaqueros y abuelas engalanadas. No falla tampoco algún expatriado descifrando con torpeza el programa y embobado con la lámpara de araña, entre los que lógicamente me cuento. En fin de semana el ambiente es más familiar, ves renacuajos correteando y niñas imitando a Odette, el cisne blanco del lago.

El espectador de ópera y ballet en España pertenece en general a una endogámica elite de cincuentones de clase acomodada, de los que conducen Volvo. En Rusia, sin perjuicio de calidad, es en cambio un evento más democrático, la afición salpica a muchas más capas sociales. Cuestión de tradición. Ayuda que, como hay feroz competencia y los artistas cobran cuatro perras, la calidad es alta y los precios asequibles. Por comparar: un asiento decente para la Ópera de Madrid no baja de 80/90 euros, mientras en el Stanislavski (segundo mejor recinto de Moscú) son unos 20 euros. Todo hijo de vecino puede permitirse una noche en la ópera, lógica aplicable a cualquier evento público, excepción de los conciertos de artistas internacionales, que visitan la ciudad a cuentagotas y en los que hacen el agosto las aves de rapiña del mundillo del espectáculo local. Una rapiña que en el caso del teatro sólo alcanza al Bolshoi.

Antiguamente una cuadrilla de abuelas compraba todas las entradas de la temporada el mismo día que salían a la venta (fecha que era secreto de estado), un taco generoso que revendían después en los alrededores a turistas y nuevos ricos. Las abuelas eran sólo peones, claro, el último eslabón de una cadena de comisiones y favores en cuya cúspide se situaba la taquillera jefe del Bolshoi, de la que se solía decir que era una de las personas más influyentes de Moscú. Hoy sigue funcionando la mafia, pero de forma menos visible. Internet ha restado poder a la taquillera jefe en favor de ‘agencias’ online de reventa. Todo redunda en el precio de la entrada, ya de por sí cara en el caso del Bolshoi, el de verdad, claro, no esas compañías que se apropian el apellido y recorren la España de provincias.

Conocí en navidad, por cierto, a un bailarín de una de esas compañías, fue en un antro del centro de Moscú, de camareras que lo han visto todo y un vodka barato de cuyo nombre no quiero acordarme. Bajito pero bien parecido, vestía el divo un traje que le quedaba grande y un ridículo sombrero de copa. Reconocí que había pasado ya casi todas las etapas de la noche cuando se acercó a nuestra mesa a mendigar una última ronda. Me narró en un ininteligible ruskinglis sus desventuras por Mallorca y se arrancó con un baile ‘español’ que acabó por los suelos. Se levantó con aire digno y nos confesó que “si no eres titular en el Bolshoi o el Marinski, es una pérdida de dinero seguir en Rusia”, a lo que lógicamente contestamos invitándole a ese último trago.

Los gimnasios en Moscú

24 Oct

treniruysya2Es difícil, por no decir imposible, encontrar en el centro de Moscú un gimnasio por menos de 100 euros al mes (pago semestral o anual por adelantado). Como cualquier otra moda entre la clase acomodada de la capital, se mueve en unos precios desorbitados, ridículos. Aunque en mi barrio la verdadera moda parece ser el yoga, hay cuatro escuelas a menos de 5 minutos andando de mi casa. Me refiero a centros específicos, pues además todos los gimnasios tienen también sesiones de yoga. Faltaría más.

Estaréis conmigo en que un gimnasio de barrio es por definición una jaula de grillos. En Colmenar Viejo coincidí con puteros confesos, abuelos vigoréxicos y hasta con un cura. Rusia sencillamente no se queda atrás. He visto tatuajes de todo tipo, lo último es en el cuello: códigos de barras y textos en japonés. También he conocido al capitán Garfio en persona, levantando pesas con un pañuelo en la cabeza, abalorios de tamaño formidable y un trabajadísimo bigote con terminaciones en espiral. Sí, como Juan Pérez Gual. A su lado, chicas de concurso con aire altivo y maquilladas como puertas. ¿De veras hace falta alisarse el pelo para sudar en la cinta?

En Rusia, como en España, hay gente que va al gimnasio como los abuelos al médico, a echar la mañana, de cháchara. A mí los gimnasios en general me aburren, los veo como un mal necesario, casi la única alternativa para hacer ejercicio en una ciudad que se mueve 5 meses al año en temperaturas negativas. Me enfundo los cascos, quemo los excesos culinarios y me socializo más bien poco. Pero uno tiene ojos… y testosterona. Mi gimnasio es céntrico aunque sencillo, de barrio, así que las chicas guapas surgen con intermitencia. Eso sí, qué nivel, “naves ardiendo más allá de Orión”. Fuentes fiables me confirman que según sube el precio del gimnasio aumenta la proporción, nada que por otra parte no trajese aprendido de España.

Sobre la inmigración en Moscú

14 Oct

caceriaEl racismo en Rusia tiene una peculiaridad respecto al de países europeos, que es mayoritariamente hacia compatriotas (procedentes del Cáucaso) o antiguos camaradas (repúblicas de la URSS). También es cierto que en un país con 9 husos horarios y una superficie como 35 veces España la ensalada de razas y etnias tiene más ingredientes. No lo digo como excusa, sino para poner en contexto.

Conozco a unos pocos moscovitas, en general de clase acomodada y cuya opinión respeto, a los que percibo posiciones sobre la inmigración entre contradictorias y rocambolescas. Conviene recordar que en tiempos de la URSS la capital estuvo poco menos que blindada a la inmigración (para mudarse hacía falta un registro dificilísimo de obtener), así que se trata de un fenómeno relativamente joven. Da igual que hayas nacido y vivido toda tu vida en el país, que tu región forme parte de Rusia desde hace 250 años o que tu pasaporte sea del mismo color que el suyo, si eres musulmán, bajito, moreno y vistes chándal de Adidas eres ruso de segunda.

Como en casi todas partes, el racismo se mezcla con el clasismo, es más cómodo señalar a la raza menos favorecida en la escala social. Los mismos eslavos que desprecian a los que fueron camaradas hasta hace 20 años (kirguís, uzbekos, tayicos o kazajos) tratan a los inmigrantes europeos occidentales con respeto y hasta admiración, dicho sea de paso, esto segundo un poquito menos desde la crisis económica. Sea como fuere yo en Moscú soy también un inmigrante, uno entre 2.5 millones, algo que me recuerdan periódicamente los laberintos burocráticos que tengo que recorrer para residir legalmente. Por eso, y aunque mi Moscú es muy distinto al suyo, siento empatía por los otros inmigrantes y preocupación por sus problemas.

Sin ellos Moscú no amanecería todos los días limpia y recogida. Los inmigrantes asumen el trabajo duro y mal pagado que los rusos eslavos rechazan (básicamente porque pueden: en la capital hay pleno empleo). Y con trabajo duro no me refiero a recoger hojas caídas con una escoba  y un carrito, sino a picar hielo de madrugada a 20 bajo cero durante 8 horas, despejar las calles donde viven compatriotas que te desprecian o, en el mejor de los casos, ningunean.

Hasta el peor estratega sabe que no hay mejor distracción para los verdaderos problemas que un buen chivo expiatorio. Los oligarcas expoliaron el país en los noventa pero no es plan de echarle la culpa a un eslavo que viste traje y reside en Londres, así que echas mano del vecino más débil.  Y los primeros en encender la mecha son los propios políticos, erigiéndose en mariscales de una amenaza que en realidad no existe: “Ni tayika ni uzbeka. Moscú es una ciudad rusa y debe seguir siéndolo. Los que hablan mal ruso y tienen una cultura distinta, mejor que se queden en su país. Si seguimos el ejemplo de Europa y abrimos la puerta a los inmigrantes sólo obtendremos guetos y coches quemados”. Tan hermosas y conciliadoras palabras no son de ningún líder fascista sino de Sergey Sobianin, alcalde de Moscú, reelegido el mes pasado por mayoría absoluta. En esas manos estamos.

Un corte de pelo socialista

14 Sep

sovietsoldierhaircutchartAl principio niegas la evidencia, “es que ahora me gusta así, o “qué va, no lo tengo tan largo, ya me lo cortaré cuando pase por España”. Mentira, pareces Robinson Crusoe y lo sabes. El primer paso es asumirlo, salir de la zona de confort. Cortarse el pelo en un país nuevo puede ser una experiencia frustrante y hasta ridícula (lo sabía de mi paso por Bélgica), especialmente si apenas chapurreas el idioma local. En realidad ya en castellano me cuesta expresarme en la jerga peluquera, por eso soy fiel a Fanny y le pido “lo de siempre”. La perspectiva de explicar en ruso mis preferencias estilísticas se antojaba dantesca.

Quien me conoce sabe que no soy demasiado coqueto, pero tengo mis líneas rojas. La mayoría de los varones rusos lleva el mismo corte de pelo, con un espantoso flequillo rectilíneo que cruza la frente a media altura. Esa es una línea roja. Temía que al no poder comunicarme con la peluquera me aplicase el estándar, así que para mi primera incursión no escatimé en gastos. Busqué en mi céntrico barrio una peluquería con al menos una persona que hablase inglés. Junto al metro de Park Kulturi encontré el lugar, en la puerta decía salón de belleza, por dentro tenía el glamour de un concierto del Fari. La encargada, de unos 40-45 años y un escote excesivo, chapurreaba inglés, una rara avis en las mujeres rusas de su edad. El resultado final fue moderadamente satisfactorio.

De entrada me pidió 1.500 rublos (35 euros), pero esa era otra línea roja, así que me planté en 1.000. En aquel momento me sorprendí por mis recién descubiertas dotes negociadoras, sólo más tarde caí en la cuenta de que la señora aceptó mi contraoferta de inmediato y sin objeciones.  A la salida me dio su tarjeta y me repitió que volviese “para lo que quisiese”, remarcando esto último según se esforzaba por mostrarme la ‘balconada’. No fue hasta el siguiente corte de pelo, que ya hablaba algo más de ruso y pude elegir peluquería, que confirmé que había hecho el primo mi primera vez. Desde entonces pago 350 rublos (8 euros) en una peluquería decente al lado de casa.

Que en Moscú hay cortes de pelo para todos los bolsillos es una verdad empírica. Un conocido vasco, bastante metrosexual él, tiró de internet para encontrar peluquerías donde hablasen inglés. Le sablean 2.000 rublos, unos 50 eurazos al cambio, y lo peor es que vuelve. Pero la palma se la lleva la cadena italiana Aldo Coppola, con precios a partir de 12.000 rublos (300€). La estupidez por lo italiano entre la clase alta moscovita no conoce límites. En el extremo opuesto está mi ex compañero de escuela Gonzalo, que encontró un corte de pelo a 150 rublos cerca de la estación de Belaruskaya. Piénsenlo bien, hace falta valentía para poner su pelo en manos de un desconocido por 3.5 euros en una ciudad donde una café en el centro no de baja de 5. Los alrededores de las estaciones de tren en Rusia suelen congregar toda suerte de borrachos y maleantes, así que puedo imaginar la catadura de una peluquería en esa zona y a ese precio. Según el relato de Gonzalo el lugar consistía en una nave industrial diáfana con una silla en el centro y una abuela que despachaba con la máquina a razón de 5 minutos por cliente. Lo que se dice un corte socialista.