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Salir con un ruso, una experiencia vintage

5 May

flower_sales_tass_289497_b“Lo que más exporta Rusia no es petróleo ni armas sino la belleza de sus mujeres”, palabra de Iñaki Ortega, periodista de bandera y filósofo ocasional. Ellos, en cambio, son casi un tabú. En cinco años en el país conocí cientos y cientos de extranjeros con rusas, pero del caso opuesto podría contarlos con los dedos de una mano… y me sobrarían dedos. El choque cultural es de proporciones bíblicas, algo así como salir con tu abuelo, una cita del siglo XX.

Conozco a una occidental con puestazo, afincada en Rusia, que un buen día se cansó de salir con europeos, que según cruzan el telón de acero gastan una vida de alcoba digna de Julio Iglesias. Se liberó de complejos y le dio una oportunidad a un ruso. Salieron un par de veces y a la tercera Serguei le invitó a cenar a casa. Abrió la puerta y ayudó gentilmente a la dama a quitarse el abrigo, todo iba viento en popa… hasta que abrió la boca. “La cocina está al fondo, yo esperaré aquí”, dijo y se sentó en el sofá, a ver la tele con los pies en la mesa mientras esperaba la cena. Eso un ruso educado y de capital. No hubo cuarta cita.

Conocí en Rusia a unas cuantas occidentales, bien guapas pero resignadas a la soltería mientras viviesen allí. Recuerdo especialmente a Valeri, una francesa en sus treintaytantos. “Es muy guapa, ¿sabes?”, me dijeron antes de conocerla. “¿Y no tiene pareja?”, pregunté. “No”. Pues no será tan guapa, pensé inocente para mis adentros. ¡Ja! Resultó que Valeri no era guapa, era guapísima, una mujer de bandera, con muchísima clase, el tipo de chica por la que harían fila en cualquier garito de Madrid. “Estoy harta de los europeos mujeriegos y los rusos no son una opción”, me explicó. Había desistido de buscar, era feliz con su trabajazo y un grupillo de amigas a modo de familia. Algún día regresaría a Francia, con los bolsillos llenos y un currículum de impresión, e igual se la seguirían rifando.

La escasez de parejas chica occidental-chico ruso se debe, no solo al desinterés de ellas, sino al recelo de ellos, intimidados en general por el discurso de igualdad de género. La Rusia de Putin es una sociedad muy conservadora, presume de unos valores de familia y pareja similares a los del franquismo en España, por eso decía lo de salir con tu abuelo. Lo cual no quita para que una cita con un ruso pueda también tener su encanto, en función de lo que priorices. Te recoge en casa y te lleva a la puerta, siempre paga, te abre la puerta y carga la maleta, te regala flores sin motivo aparente y se pegará con cualquiera por ti, literalmente. Un John Wayne.

Conviene además desmontar el mito urbano de que los rusos son feos, no se sostiene si tienen los mismos genes que ellas, tan guapas. El asunto es que, mientras las rusas gastan horas y fortunas en su imagen, sea en ropa, gimnasio, dietas, peluquería o maquillaje, ellos son lo contrario. “He conocido a rusos con un aspecto digno de Dostoievski, en serio, con barba de varios años y que desconocen la existencia del desodorante”, relata Carmen, una veterana madrileña en Moscú. No son generalidad, pero doy fe de que existen, sobre todo en el mundo académico y bohemio, la antigua ‘inteligentsia’.

Los rusos se cuidan poco porque generalmente no necesitan de su aspecto para encontrar una mujer guapa. No diré que no ayude, pero no es un factor clave. Primero, la rusa concede menos importancia que la española a los abdominales, da prioridad a que el hombre sea respetado, seguro de sí mismo y tenga dinero. Además, hay más mujeres que hombres en el ‘mercado’, un desequilibrio dado por ese cierto porcentaje de ellos fuera del sistema, alcoholizados, yonkis, etc, un problema que se acentúa según te alejas de las grandes urbes. Hay zonas del país donde el triunfo sigue siendo encontrar a un muchacho decente, aseado y con todos los dientes. Conocí a bastantes rusas de provincias a las que cualquier moscovita, como el de los pies encima de la mesa, les parecía un Richard Gere comparado con los mozos de su pueblo. Como todo, es cuestión de perspectiva.

La degeneración del 8 de marzo

13 Mar

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El chico se levantó ingenioso, el 8 de marzo quedaba a la vuelta de la esquina y le propuso a su novia regalarle flores, no el propio día 8 sino el 9, que son más baratas y con el mismo dinero podría regalarle un ramo mucho más grande. La sola propuesta a punto estuvo de costarle la relación, porque “no se trata de las flores en sí, bobo, sino de poder enseñarlas”, no ser menos que la compañera de oficina, presumir en Instagram, que todos conozcan lo querida y espléndida que eres. Pese a las flores, el 8 de marzo en Rusia no puede ni siquiera considerarse un segundo San Valentín, pues no tiene la excusa del amor, es simple postureo vacío, agasajar porque sí.

A esto ha quedado reducida la celebración del Día Internacional de la Mujer en la crecientemente conservadora Rusia de Putin, a una bacanal de la industria de las flores con ellas como sujeto pasivo. La Iglesia Ortodoxa, con una importante ascendencia en las instituciones, la rechaza de plano por su origen socialista. “Es una fiesta feminista que no tiene nada en común con la tradición de mujer rusa, diosa de su hogar y madre devota”, explica Svetlana, esposa de un pope ortodoxo.

Según la estadística, los rusos gastan unos 500 millones de euros en regalos este día. No hay rastro del sentido reivindicativo de igualdad con el que nació la jornada hace un siglo, ni a pesar de las 14.000 mujeres que murieron por violencia doméstica el último año que el Kremlin se atrevió a hacer pública la cifra (2008). Por comparar, en España murieron 44 el año pasado, y ya nos parecen muchas. Paradójicamente, Rusia es uno de los primeros países del mundo que incorporó a la mujer al trabajo y le concedió derecho a voto, de hecho, fue el primero que institucionalizó el Día Internacional de la Mujer en el calendario, en 1917, a renglón seguido de la revolución, en la que jugaron un papel destacado las trabajadoras textiles de Petrogrado.

Y si el 8 de marzo es el Día de la Mujer, el 23 de febrero es el del Defensor de la Patria, que nació con un carácter militar, como casi todas las festividades en Rusia, pero se ha terminado convirtiendo en una celebración puramente civil: el Día del Hombre. Las agentes de tráfico visten ese día de minifalda (¡en febrero!) y paran a los camioneros para desearles una feliz jornada. Entrañable.

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Díselo con flores

3 Mar

Background of flowers as Russia flagA un joven que regala flores en España en el siglo XXI le pueden fácilmente tachar de trasnochado y pretencioso. Uno en Rusia puede parecer tacaño y poco caballeroso por lo contrario, por no regalarlas. Son una religión, su belleza efímera casa con el carácter impulsivo de la gente. Yo soy español y no soy excepción, no tengo ni idea de flores, lo admito. Las pocas veces en mi vida que he pisado una floristería he hecho siempre el ridículo, tartamudeando cuando me preguntan lo que quiero. Sería injusto culpar al idioma, porque tampoco en castellano sabría nombrar más de cinco tipos. Acabo siempre comprando rosas, que en ruso se llaman igual (роза) y aunque sean las más caras uno nunca se equivoca (salvo que lleve número par, que son para los muertos). Decir que no tengo costumbre de regalar flores sería quedarse corto, por eso en Rusia siento cierta presión social. Al menos en estos tres años he aprendido lo básico, que 8 de marzo, 14 de febrero, aniversario y cumpleaños son el mínimo calendarizado para pasar el corte, a partir de ahí, según vengan dadas: igual compran perdones que decoran despedidas o reencuentros.

Uno piensa en Rusia y antes se le viene a la cabeza la infinita tundra nevada que campos de tulipanes. Por eso, por el clima, la producción nacional apenas cubre un 3% de la demanda, convirtiendo al país en uno de los principales importadores del mundo, 900 millones de euros anuales de flores procedentes de rincones tan variopintos como Holanda, Kenia o Colombia. Es un negocio formidable. Si en España hay un bar en cada esquina, en Rusia son salones de manicura y floristerías. Por ejemplo, cada parada del metro de Moscú (y hay 200) tiene al menos un puesto, que en muchos casos abre 24 horas, para asistir a rezagados y crápulas, y por aquello de la caducidad de la mercancía. Dani, un amigo chileno, conoció a su novia rusa por internet. Sólo se habían visto por Skype cuando ella rompió el cerdito de los ahorros y se plantó en Santiago. Pero claro, esperaba flores a su llegada al aeropuerto, ¡¿qué menos?! Dani acabó en el único puesto de flores que conocía en la ciudad, el del cementerio. El vendedor escrutó su pintilla de novato enamorado y preguntó retóricamente: “No son para un muerto, ¿verdad?”.