Un pedazo de Rusia en Madrid

12 Ene

20170112_155803 (1).jpgSolo hay que ojear TripAdvisor para entender que no hay muchos restaurantes rusos en Madrid. Uno de los pocos, ‘Las noches de Moscú’, en pleno Malasaña, remontó el vuelo tras protagonizar un episodio de Chicote, Pesadilla en la Cocina. Lo que ni Trip Advisor ni Chicote saben, aunque sea voxpopuli entre la comunidad eslava local, es que la mejor comida rusa de la capital se encuentra en el barrio obrero de Hortaleza, en la catedral ortodoxa de Santa María Magdalena. Se inauguró en 2013, coronada por cinco cúpulas de cebolla doradas, que representan a Jesús y a los cuatro evangelistas. Los domingos se reúne la parroquia, rusos y ucranianos en perfecta comunión, un evento familiar al que los feligreses llevan platos de cocina tradicional preparados en casa: vlinis, olivié, kotlet, borsch, pelmeni… En realidad la mayoría en Madrid son ucranianos, inmigración laboral, poco que ver con el perfil de las parroquias de costa (Torrevieja, Mallorca, etc), donde abundan emprendedores, jubilados y vividores, rusos principalmente.

Según el INE, hay unos 60.000 empadronados en España, pero solo 5.000 en la provincia de Madrid, que “no ejerce para los rusos la misma atracción que otras capitales europeas, como Londres o París”, explica Andréi, prelado de la Iglesia Ortodoxa rusa en España. Tiene 33 aunque aparenta ciertamente más, por aspecto y también por sabiduría. Su apariencia es impresionante, con la barba frondosa que se supone a los popes y cerca de dos metros de altura, enfundados en hábito negro (rason). Prefiere escuchar y cuando habla lo hace despacio, no da puntada sin hilo. Además de templo religioso, la basílica acoge una escuela de ruso, tanto para adultos como para niños, adoptados en su mayoría. El recinto hace también las veces de vivienda de Andrei, donde reside con su esposa porque, sí, los popes rusos pueden casarse, una de las diferencias entre la iglesia ortodoxa y la católica, ambas cristianas.

Pese a su cargo, le conozco principalmente como amigo de mi padre, ateo convencido, una de las amistades más singulares e improbables que se pueda imaginar. Pero es que Andréi no es un cura corriente. Aunque ahora regente una basílica de cúpulas relucientes, en los 13 años que lleva ya en España no ha rehuido nunca el ‘trabajo sucio’. Le conocen en Meco, Navalcarnero o Estremera, donde todas las semanas acude a dar servicio religioso a reclusos ortodoxos, principalmente chicos de los recados de mafias de Europa oriental. Trata a todos los fieles por igual, ese precepto que se supone a toda iglesia pero tan pocas veces se cumple. En una de esas prisiones, la de Soto del Real, fue donde conoció a mi padre, que organiza en el mismo horario talleres culturales para los internos. Después van juntos a tomar chocolate con churros en un bar del pueblo, donde cotillean sobre el módulo 3, el de “los reclusos chungos”, ante la atónita mirada del camarero.

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Amor al primer email

2 Ene

natavolodinailoveyouNo es un timo nuevo, ya no hay factor sorpresa. Por haber hay hasta una base de datos online de scammers, “defraudadoras del amor”, perfiles fraudulentos de supuestas chicas rusas solteras (entiéndase ‘rusas’ en el sentido amplio de ex URSS), que son en realidad actrices profesionales contratadas por agencias maliciosas. Hay cientos de perfiles en esa lista negra, cada uno acompañado de fotos y del relato en primera persona de uno o varios occidentales estafados. Quedan muchas aún por destapar y otras que siguen ejerciendo tras mudar de nombre y peluca. Asombra que con tanta información disponible y precedentes, señales de cuidado peligro, la gente siga picando, de hecho en España llegan a mis oídos casos relativamente cercanos.

Acuden a mí como al oráculo, por aquello de haber vivido en Rusia, y no sé ni qué cara poner cuando me lo cuentan, embriagados de ilusión, sobre todo al enseñarme la foto en el fondo de pantallas del móvil. “¿Es guapa, verdad?”. Demasiado, y ese es el problema, Antonio. Impresiona comprobar lo crédulos que se vuelven solterones, viudos y divorciados, incluidos de cierta clase social y nivel de educación, cuando se trata de amor y/o tienen los huevos llenos.

Es la credulidad del que necesita reafirmarse, por ejemplo pavoneándose con una chica guapa, y se piensa que existen los atajos. La credulidad del desconocimiento, de quien no ha puesto nunca un pie al otro lado del antiguo muro y no sabe que ya quedó atrás la crisis que siguió a la caída de la URSS, cuando Rusia pasó del segundo al tercer mundo en cuestión de meses. El país ha vuelto al segundo mundo, primero si hablamos de Moscú, Piter o Kazán. A las rusas jóvenes, guapas y que hablan idiomas no les faltan hoy pretendientes locales dignos, no cuela encontrarlas en webs de contactos (no incluyo Tinder, que limita el área geográfica), enamoradas al primer email de un loser occidental 20-30 años mayor. Se llama sentido común.

Lo primero es eliminar el amor de la ecuación, no se encuentra ni a botepronto ni en catálogos de agencia y foros online, esos simplemente ponen en relación dos mercados con desequilibrios complementarios entre sí. Por eso, y por muy descarnado que suene, la mejor vacuna contra los timos es aplicar una mínima lógica comercial, percentiles, esa clasificación de 1 a 100 que define el ‘valor de mercado’ de una persona en función de belleza, edad, formación, simpatía, herencia, salario presente y futuro estimado, etc. Al final en todos lados la mayoría de parejas se forman entre percentiles similares y, aunque el de un españolito suba unos puntos extrapolado a Rusia, un solterón nunca será un Richard Gere, ni allí ni en la China Popular. No conectado por Skype desde Wisconsin, Getafe o Cochabamba, entrado en los 40-50, lleno de inseguridades, sin hablar ruso y apenas inglés. Lo que sí será es un bizcocho para los scammers.

Hace falta ser inocente para creer que una rusa de percentil digamos 75-80 en su país, que se ha tirado una hora alisándose el pelo y maquillándose como una puerta antes de ponerse ante la webcam, va a pirriarse por tí gracias a tu carisma chateando en pijama. El relato gana verosimilitud protagonizado por divorciadas, madres solteras o rusas de belleza media o media-baja, percentiles inferiores pero que igual tampoco garantizan nada. Conozco de primera mano la historia de un solterón de Kansas que se plantó en la Ucrania de provincias a conocer a su amor virtual, el pobre cruzó medio mundo cargado de juguetes para el niño de ella, un bellezón divorciado, personaje ficticio creado por una agencia. Los juguetes los dejó en un orfanato y las penas las estaba purgando con vodka cuando le conocí. Otro corazón roto a la base de datos.

Mis rincones de Moscú

29 Sep

20160929_135625-1Hace unos días me preguntaron por mi rincón favorito de la ciudad. Me quedé un momento callado, lo pensé y no supe qué responder, lo cual no es una opción aceptable si estás tratando de impresionar a una chica. Entre tartamudeos improvisé una cursilada del tipo “el estanque de Chistie Prudy”, que no me entendáis mal, está la mar de cuco, en mitad de un boulevard céntrico, pero lo dije solo por amarrar, defensa de cinco. Ya en casa y con menos presión, me puse a pensar en mi verdadera alineación de lugares con encanto, que me traigan algún recuerdo y queden fuera de las rutas turísticas manidas.

Cerca del metro Tretyakovskaya, en la calle Bolshaya Ordinka, hay escondido un convento de monjas con un patio interior bien chulo, Santa Marta y María, de entrada libre. Las señoras se sientan a pasar la tarde leyendo al sol, estudiantes de pintura hacen sus primeros pinitos y de tanto en cuanto cruza una beata a la carrera, que se le queman las galletas. Un oasis en uno de los distritos con más ambiente de la ciudad y con el honor de ser, junto a Taganka y Kitai Gorod, el único con calles estrechas y casas bajas, el Moscú de antes, un respiro de las grises y mastodónticas avenidas soviéticas.

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No lejos del convento queda la plaza de Novokuznetskaya, atravesada por una de las líneas de tranvía más veteranas de Moscú y donde suele tocar un cuarteto de jazz a poco que respeta el tiempo. El nivel medio de los músicos callejeros de la capital es primoroso, los pobres lidian con la policía, que se cobra una mordida diaria de entre 500 y 1.000 rublos (7-14€), y con el frío, claro. Tengo clavada la imagen de un guitarrista sacándole plumas al ‘Entre dos aguas’ de Paco de Lucía… con guantes porque había 5 bajo cero.

En la plaza hay también un pequeño jardín, donde en verano pone el Baga Bar su terraza de sofás tipo puff, que se espatarra uno la mar de a gusto con un gintonic. El garito funciona 24h y en mi última visita, entre semana, coincidí con una pareja de género ficción: una rubia oxigenada y un francés amanerado, que llevaba con correa a su mascota, “un gato africano”, o sea, un guepardo. Tengo debilidad, lo confieso, por los ambientes de fauna novelesca, reflejo del espíritu ruso, hortera pero genuino.

Foto de Gonzalo WanchaMe gusta también la plaza de Mayakovskaya, en honor a un poeta futurista soviético que estaba como una regadera. Tras una larga remodelación, ha quedado como una amplia zona peatonal, hasta columpios para adultos tiene (la foto es de Gonzalo Wancha). La plaza está coronada por el hotel Pekín, con el TimeOut en la planta 15, quizá la mejor terraza del centro, y bajo tierra esconde la estación de metro más bonita y con más historia de la capital.

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20160929_160443.jpgAunque si un sitio me hace tilín, ése es Vorobyobi Gori. No por el mirador, con su ambiente casposo mezcla de chinos y bodas. La mayoría se pierde la mejor foto, que no es a la ciudad sino a lo que queda detrás, el edificio de la Universidad Estatal con los jardines y fuentes en primer plano, y ese paseo de la fama con bustos de célebres científicos que allí estudiaron. Seguro que os suenan Pavlov, el del perrito, o Mendeleiev, el de la tabla periódica. El Vorobyovi Gori que me gusta está abajo, a la orilla del río, donde hace meandro. Hay gente sin estar colapsado, porque pese a ser relativamente céntrico en realidad queda apartado de la civilización. No hay un solo edificio de viviendas en dos kilómetros a la redonda, así que quien acude es porque realmente le apetece, como el que sale los jueves.

img_20160911_091204Lo digo en comparación con el vecino parque Gorky, otrora yonkódromo, hoy convertido en meca del postureo recreacional, además de saturado. No es que necesite al vecino paseando al perro en chanclas y calcetines, pero tampoco quiero sentirme underdressed en un parque con menos de una camisa. En Vorobiovy Gori, en cambio, igual tienes mocitas tomando el sol en tumbonas que abuelos mazaos paseando a pecho descubierto y ritmo marcial. En el embarcadero hacen parada los barquitos que cruzan el río, los baratos, con clientes de cerveza de lata y sin Instagram. Y por la arboleda encuentras instalaciones deportivas abandonadas, de tiempos de la URSS, y a domingueros haciendo barbacoa a escondidas. La verdadera Rusia al fin y al cabo.

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Foto de Ana Naumova

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Elecciones a la rusa

16 Sep

oe-2016El domingo hay elecciones en Rusia y una moscovita de clase acomodada, titulada universitaria, me admitió ayer que solo conoce a dos de los cuatro partidos en el Parlamento, Duma. “El de Putin, porque gobierna, y el de Zhirinovsky, por sus payasadas”. De los otros dos partidos no sabe ni el color político ni el nombre de su líder. Zhirinovsky, el de las payasadas, dijo hace algunos años lo siguiente de Condoleezza Rice, jefa de Exteriores estadounidense: “Es una puta negra que necesita una buena polla. Que nos la envíen aquí, una división de nuestro ejército la hará feliz una noche en un barracón, hasta que se ahogue en esperma ruso y le salga por las orejas”. El partido que lidera, LDPR, obtuvo un 9% de votos en las últimas elecciones y espera al menos repetir resultado el domingo.

Rusia, eso sí, ha superado ya la marranada de empapelar las calles durante la campaña, esa guerra tan española y trasnochada de ‘la tiene más grande quien más carteles pegue’… aunque no sirvan para nada. Un clásico que sí permanece son las inauguraciones de mobiliario urbano y obra pública en los días previos a los comicios, ya saben, para que los candidatos del partido en el poder se tiren la foto. Moscú luce hoy radiante tras todo el verano polvoriento por obras, hay nuevas zonas peatonales en el centro y una segunda línea circular de metro.

Tengo marcado a fuego un reportaje en la televisión estatal, en las noticias de hora punta. La típica pieza de previa sobre cómo se viven las elecciones en distintos sectores, y ese día tocó el ejército. Un joven soldado reconoció abiertamente y sin circunloquios que votan lo que les dictan sus superiores, “nosotros no estamos preparados para tomar una decisión así”. Para manejar lanzaderas de misiles intercontinentales imaginamos que sí están preparados… La cuestión no es baladí si tenemos en cuenta que el ejército ruso tiene un millón de soldados en activo y otros dos millones en reserva. En realidad, lo que me sorprendió no fue la afirmación del pobre muchacho, sino que el editor del canal estatal lo sacase en antena y ni se molestase en elegir otro testimonio. ¿Tan asumido y enraizado está el fraude electoral?

Según una encuesta reciente, más de la mitad de los rusos asume que efectivamente habrá fraude en las elecciones del domingo y uno de cada cuatro vendería su voto por un billete de 5.000 rublos (70 euros). La cuestión alcanza sus picos entre el funcionariado, especialmente de provincias. Una práctica habitual es la de jefes que exigen a sus empleados tirarse una foto con el móvil, a modo de prueba, depositando el voto en la urna con la papeleta del partido oficialista. Una exigencia que en algunos casos no se limita al funcionario sino que aplica a toda su familia, esposa e hijos en edad de votar. La fiesta de la democracia, vaya.

Rescoldos de la Guerra Fría

13 Sep

20160908_125704En la taquilla donde compro la entrada se venden también suvenires, en su mayoría de Stalin, que mandó construir el búnker en 1950 porque su antiguo refugio antiaéreo no servía para la era nuclear. “Su padre fue un zapatero alcoholizado que levantaba la mano en casa. Él ganó la II Guerra Mundial y convirtió a la URSS en una potencia nuclear, sin embargo, ya veis, algunos le acusan ahora de una supuesta represión sangrienta”, alecciona el guía, que viste uniforme militar y al que suponemos un demócrata convencido.

El museo, donde la entrada para extranjeros cuesta el doble (30 euracos), está “orientado a educar a la juventud en el patriotismo”, según reza la web oficial. Se calcula que solo en Moscú haya unos 200 búnkeres nucleares, conectados por una red de metro secundaria. La mayoría estaría todavía en activo, por lo que su existencia y ubicación sigue siendo secreto de Estado, pese a que la guerra fría terminó hace cuarto de siglo. El de Taganka, a solo 2,5kms del Kremlin, no es secreto porque quedó obsoleto y en 2006 fue vendido por 1,7mill€ a una empresa privada, que además del museo montó un restaurante-karaoke (¡!).

La entrada, a través de una casa de calculada apariencia corriente, tiene muros de 10 metros de ancho y la primera estancia es una sala de descontaminación nuclear. El búnker en sí se encuentra a 65 metros de profundidad, el equivalente a un edificio de 18 pisos, que toca bajar y subir a pie. “El ascensor está reservado a los discapacitados”, explica el simpático guía, joven y sano, que sube y baja por supuesto en ascensor. Todo muy soviético. Aunque Stalin nunca llegó a ver construido su búnker, pues murió tres años antes, el museo le ha dedicado una de las estancias, con un maniquí sentado en su mesa de trabajo. “Tenía un sofá en el despacho para echarse la siesta y una mesa con un tablero de ajedrez. Le gustaba jugar con sus agentes de seguridad, que debían dejarse ganar siempre”, relata el demócrata.

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En la construcción del lugar se empleó a los mejores obreros del metro de Moscú, bajo una estricta cláusula de confidencialidad. El recinto consiste en 7.000 metros cuadrados divididos en 4 secciones (mando, comunicación, dormitorios y suministro), en forma de cilindros de acero de 9 metros de diámetro. Por seguridad y paranoia, la mayoría de los empleados desconocían el verdadero tamaño del búnker, su estructura y funcionamiento, y su labor se limitaba a responder al teléfono y presionar el botón rojo o negro. Los invitados ocasionales llegaban y salían con los ojos vendados para mantener en secreto la ubicación.

Junto al centro de mando había un despacho reservado a Yuri Levitan, cuyos partes radiofónicos durante la IIGM sostuvieron la moral soviética, tanto, que Hitler le proclamó objetivo nº1 de la campaña rusa, por delante incluso de Stalin. Con el tiempo se convirtió en la voz del régimen, reservada para los grandes anuncios, como la muerte de Stalin o el primer viaje del hombre al espacio, unas alocuciones que comenzaban invariablemente con el célebre “Vnimanye, gavarit Moskvá” = “Atención, habla Moscú”.

El búnker tenía almacenadas 20 toneladas de víveres, pensadas para acoger al estado mayor (3.000 personas) durante 30 días, que es “lo que se calculaba llevaría ganar la guerra nuclear a los americanos”. En realidad solo entró en servicio una vez, en la crisis de los misiles de Cuba, 1962. Funcionó a pleno rendimiento durante 10 días y aquí se tomó la decisión de recular en la instalación de misiles en la isla. En el centro de mando están expuestos cuatro modelos de misiles nucleares a escala, el primero de ellos, el R-7 Semiorka, fue diseñado por Karalióv, el genio de la cosmonáutica soviética, y “podía alcanzar EEUU en 33 minutos”. Rusia llegó a tener hasta 360 de sus misiles más potentes, los Topol, “suficientes para destruir todo rastro de vida en América, desde Argentina hasta Alaska”, presume el guía. “Hoy quedan solo 78”. Reconfortante, ¿verdad?

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¿Quién echa de menos la URSS?

1 Sep

Soviet-Union-in-late-50s-15-1024x676Se cumplen 25 años de la caída de la URSS, acontecimiento pivotal en la historia del siglo XX y del que, reconozcámoslo, los españolitos de a pie apenas tenemos una somera idea. El aniversario exacto es el 25 de diciembre, cuando Gorbachov disolvió oficialmente la URSS. Para escarbar un poco en el asunto me he puesto en manos de la mejor, la premio Nobel Svetlana Alexievich, que se ha molestado en escuchar a los grandes olvidados de esta historia, los rusos de a pie que vivieron en primera persona la URSS y su disolución, el tránsito al capitalismo. Sus desventuras y reflexiones me interesan más que las lecciones de los historiadores occidentales, desde la distancia geográfica y el prejuicio ideológico, que sospecho abundarán en diciembre cuando se cumpla el aniversario. He sacado algunas frases del libro de Alexievich, de los testimonios que ella recogió y, como veréis, opiniones hay de todos los colores, ya cada uno saque sus conclusiones…

– Toda la vida estuvimos construyendo el socialismo y ahora dicen por la radio que el socialismo terminó. Pero, ¿qué hay de nosotros? Porque nosotros seguimos aquí

– Hoy he comprado tres diarios y cada uno cuenta su verdad. ¿Dónde está la verdad verdadera? Antes uno leía el Pravda de buena mañana y ya lo tenía todo claro

– “Me voy contigo”, le respondí sin siquiera preguntarle adónde. Y así nos fuimos juntos a Siberia, “¡A construir el comunismo!”. La campaña de ‘conquista de las tierras vírgenes’. El viaje en tren duró siete días y no dejamos de cantar himnos comunistas. Al llegar la nieve tenía la altura de un hombre y el escorbuto pronto se cebó con nosotros… Y ahora… Bah, Todo fue inútil, nuestros esfuerzos en balde. Es duro reconocerlo y vivir con ello

– Comunista es aquel que ha leído a Marx, anticomunista es aquel que lo ha entendido

– Bastaba que tuvieras dos vacas y dos caballos para que te consideraran un kulak, campesino enriquecido. Se los llevaron a todos a Siberia y los arrojaron en medio de la taiga

– Vivíamos en un país del tercer mundo lleno de misiles

– Cuando llegó el capitalismo, la inteligentsia se empobreció de manera vergonzosa. Te encogía el corazón ver en los comedores sociales la fila de ancianos de apariencia sofisticada

– Papá tenía dos títulos universitarios. El día que nos dieron talones para comprar calcetines se echó a llorar: “Es el fin de la URSS”

– Nos tirábamos horas haciendo cola para comprar pollos azulados, pero teníamos una patria

– Hubo piruetas alucinantes, con estos ojos vi a comunistas ‘honestos’ convertirse de un día para otro en creyentes ortodoxos y liberales. Deberían morderse la lengua antes de insultar lo que fuimos

– Nadie quiere una Rusia fuerte, con comunismo o sin él. Nos miran como un almacén de petróleo y gas, y nosotros se lo cambiamos por bragas

– En casa todos eran comunistas, mi madre me cantaba himnos revolucionarios en vez de nanas, y ahora se los canta a sus nietos. A veces la escucho y le pregunto si se ha vuelto loca, me responde que no conoce otras canciones

– Nuestra fe era sincera, aunque ingenua. Creímos que abandonaríamos los grises edificios que levantó Jrushev, que en la calle nos esperaban los autobuses que nos llevarían a la democracia

–  La gente se hartó de las banderas rojas, los falsos oropeles y las reuniones del Komsomol, el socialismo tomaba a la gente por idiota

– Un país de tornillos que sufren y tuercas que los aprietan

– En otro tiempo nos enseñaban que no había más dios que Lenin y Marx. Las iglesias fueron convertidas en almacenes de grano y remolacha. Ahora le gente ha vuelto a creer en dios, porque ya no hay otra esperanza

– Sasha se pasó 30 años trabajando en una fábrica de muebles, allí le creció joroba. En la fábrica se sentía en familia y precisamente de ella llegó su ataúd cuando murió. Uno de los caros: brillantes por fuera y forrado de terciopelo por dentro. Hoy en día esos ataúdes solo entierran a gánsteres y bandidos

– De Lenin andan diciendo que era un desertor alemán y que la revolución fue obra de una pandilla de marineros borrachos, cuando dicen esas cosas me tapo los oídos. Viví toda mi vida segura de haber nacido en el país más hermoso del mundo

– En viejo Arbat vimos a un anciano sentado sobre un ladrillo, tocando en el acordeón nuestras canciones más queridas, vestía una casaca con todas las condecoraciones recibidas a lo largo de su vida. Estaba rodeado de turistas, le daban palmadas en la espalda, se les notaba alegres, satisfechos. ¿Cómo no iban a estarlo? Tantos años temiéndonos y ahora…

– Me gustaba vivir en un imperio, la URSS dictaba su voluntad a muchos países del mundo

– Pegué un grito y llamé a un policía: “¡Mire esto!”. Pero el policía se limitó a repetir lo mismo que el vendedor: “son recuerdos del totalitarismo, solo perseguimos a quienes comercian con drogas y pornografía”. Pero, ¿acaso vender el carnet del partido por 10 dólares no es un acto de pornografía?

– Viéndolo desde la distancia, estoy convencida: éramos niños pobres e ingenuos, pero ni lo sabíamos entonces, ni teníamos envidia de nadie. Puede que aquello fuera una cárcel, pero me sentía más a gusto en aquella cárcel de lo que me siento ahora

– Cada uno de los millones de verdugos se consolaba diciéndose a sí mismo que no era él, que era el sistema

– Veo en televisión que volvemos a estar divididos entre ricos y pobres, quienes se hinchan a caviar y quienes no pueden ni comprar pan. Pronto estarán proclamando la grandeza de Stalin…

– Se beben cualquier cosa que arda, ya no quedan campesinos en las aldeas, se han muerto todos. Los dos o tres abstemios que suele haber por aldea se han ido a Moscú, las únicas que no se rinden son las mujeres, gracias a ellas todavía hay huertos produciendo algo

– La abuela se pasó toda la vida con miedo, esperando una hambruna o un arresto, por eso guardaba tanta comida y me repetía que mantuviese la boca cerrada

– A la puerta del campo de trabajos forzados de Solovki colgaba un lema bolchevique: “Con puño de hierro conduciremos a la humanidad hacia la felicidad”

– Nuestros padres crecieron en el país que ganó la IIGM, nosotros en el que perdió la guerra fría

– El Estado soviético vivió siempre en alerta desde su creación, no fue concebido para funcionar en tiempos de paz

– Los secretarios generales habían sido hombres salidos de la guerra, pero Gorbachov era esencialmente un civil, un producto de la facultad de filosofía. Mientras EEUU nos llamaba ‘imperio del mal’, nuestro comandante en jefe hablaba como un monje budista: “el planeta es la casa de todos”.

– Gorbachov profesaba un tierno amor por su esposa, un amor que no tenía nada de soviético. Yeltsin, en cambio, de buena mañana ya estaba pidiendo que le subiesen pepinillos y cien gramos de vodka. ¡Eso es lo que hacemos los rusos!

– Gorbachov cedió el poder sin derramar ni una gota de sangre, Yeltsin en cambio sacó los tanques a la calle y organizó una carnicería. Hay algo inconsciente en la mentalidad de este país que pide a gritos un zar

Transiberiano V: Kazán

20 Ago

20160820_144906Fue la única vez en todo el viaje que me topé con policías dentro del tren. Abrieron la puerta del compartimento y nos pillaron con dos litronas de cerveza. “¡Sabéis que no se puede beber aquí!”. Por un momento se hizo el silencio. “Tranquilo, que lo dicen de broma”, me aclara Sasha, en inglés para que no lo entiendan los agentes. “¿De dónde es tu amigo?” – “De España”, responde mientras pongo cara de no entender ruso ni haber roto un plato en mi vida. “Pues cuídale bien, pero no hagáis mucha bulla, que vuestros vecinos parece que van a dormir”. Se cierra la puerta. Conocí a Sasha y a su novia Marina en el tren de noche Ekaterimburgo-Kazán y a los 15 minutos ya se había quedado pequeña la mesilla: pescado ahumado, pastel de carne, patatas fritas con la cara de Messi y cerveza, mucha cerveza.

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No es que me invitasen, es que les hubiese ofendido de no unirme. Los rusos pueden ser cortantes de entrada, pero no es difícil romper el hielo, entonces son espléndidos, en seguida te abren las puertas de su casa, rasgos que se acentúan en el microcosmos de un vagón de tren. Tienes que venir a visitarnos a ‘Mari-El’, me retan. “¿Mari qué? Mi madre se llama Maribel…”. Nunca subestiméis la geografía rusa. En casi cinco años en el país nunca había oído mentar el lugar y solo entendí el nombre cuando me lo escribieron en un papel. Mari-El, que en serio así se llama, tiene rango de república, de las que en Rusia hay 22. Son regiones con un estatus especial, se reconoce a un grupo étnico, se permite un idioma cooficial y cierto grado de autonomía, aunque igual el que manda se dicta a dedo desde Moscú.

En la primera parada larga del trayecto me bajo a repostar cerveza para todos, que no hay que ser gorrón, pero no encontré abueletes con la fresquera y al ser más de las 23h los puestecillos de la estación ya no vendían alcohol. “Prueba en el vagón bar”, me ilustra un revisor. El vagón bar resulta todo lo decadente que había imaginado: luces de colores parpadeando y ni un alma, salvo una camarera entrada en los cuarenta con un escote incomprensible. “Vuelve cuando quieras, majo”. Terminé la noche someramente achispado y convencido de visitar a la tal Mari-El más pronto que tarde.

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Amanezco en Kazán, capital de una de esas 22 repúblicas rusas, una de las dos únicas que conocía antes de este viaje, la de Tartaristán. La otra es Chechenia, por la guerra. En Tartaristán también hubo guerra, hace más tiempo, pero vaya que si la hubo, de aquí le viene a Iván el apodo de ‘El Terrible’. Tras un largo asedio y no dejar piedra sobre piedra, logró en 1552 conquistar la ciudad, capital del Kanato, una importante región musulmana a orillas del Volga. Para conmemorar aquella victoria, por cierto, se levantó la catedral más famosa de Rusia sino del mundo, la de San Basilio en la Plaza Roja, la de las cúpulas de colores. Hoy musulmanes y eslavos conviven en una armonía aparentemente ejemplar, los velos de unas con las minifaldas de las otras. De hecho, el símbolo de la ciudad no es ninguna iglesia sino una enorme mezquita dentro del Kremlin, con forma de nave espacial, terminada en 2005 y nombrada en honor a un clérigo que murió en ese asedio de 1552, cuando los rusos echaron abajo el templo original.

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Recorro al atardecer la calle Bauman, conocida como “el Arbat de Kazán”, una apelativo que ya me he aprendido durante el viaje, pues lo utilizan casi todas las ciudades de Rusia para dar importancia a su principal vía peatonal. La de Kazán tiene menos museos y menos gente que la de Moscú, pero también menos restaurantes de cadenas y está renovada con gusto, igual que todo el centro de la ciudad, el efecto imagino de acoger el verano pasado los mundiales de natación y con el de fútbol ya a la vuelta de la esquina.

No hace falta ser economista para entender que Tartaristán es una de las regiones más acaudaladas del país y la de personalidad más marcada: es habitual escuchar tártaro por la calle, hay más banderas regionales que rusas, los carteles están en ambos idiomas y en las tiendas no ves ni un souvenir con la cara de Putin, que son el bestseller en la capital. A un españolito le pueden parecen cosas normales, con nuestra ensalada de separatismos, pero son rara avis en la Rusia de Putin, poco amigo de los nacionalismos dentro de casa y que ha hecho del patriotismo bandera.

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Kazán es la última parada de mi transiberiano antes de volver a Moscú, reconciliado con el país tras verlo al fin con algo de perspectiva. Un viaje ‘once-in-a-lifetime’ con el que, confieso, fantaseaba antes ni de saber que acabaría viviendo en Rusia. Algunos días después de mi regreso, mientras cierro estas líneas, se me vienen flashes de los paisajes de Oljón, y los templos budistas de Ulan-Udé, con esas colinas peladas hasta donde alcanza la vista, y en mi cabeza aún resuena el traqueteo del tren.

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