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Viaje a Georgia I: Svanetia, las montañas de Mamuka

3 Ago

Vaca en la carretera de Mestia a Ushguli, en Georgia
“Aquí hasta 2005 no había turismo”. ¿Y a qué os dedicabais? “Pues a criar vacas y sembrar patatas”, nos explica Mamuka sobre su ciudad, Mestia, un remoto asentamiento de la región montañosa de Svanetia. Fue la parada más genuina de nuestros 11 días de viaje por carretera en Georgia, incluidas 30 horas al volante, la mayoría con Oba de piloto, que a mí me acojonan los desfiladeros. Llegar a Mestia cuesta unas cuatro horas de sinuosa (y por momentos pedregosa) carretera de montaña partiendo de Kutaisi, segunda ciudad del país por población, donde hicimos noche.

La única alternativa es un vuelo desde la capital, Tblisi, en una compañía local (Vanilla Sky) que opera una avioneta de 30 pasajeros y cuyos horarios varían según el pronóstico del tiempo y los permisos aeroportuarios, resultando los segundos bastante más cambiantes. Finalmente entendimos que, si queríamos ir a Svanetia, debíamos llegar por nuestra cuenta.

Carretera de Mestia a Ushguli

La carretera de Mestia a Ushguli. ¿Te gusta conducir?

Conseguí el número de Mamuka preguntando en una de las dos únicas tiendas de souvenirs de Mestia. No chapurrea ni una palabra de inglés, así que nos manejamos en ruso. ¿Y cuánta gente vive en la comarca? “Ni idea, aquí hablamos en número de familias y cabezas de ganado. En el valle habrá unas 400 familias, y cada una tiene unas 30 vacas”, relata en un alto en el camino. Llegar a Mestia ya fue un reto, por eso buscamos a un conductor para una excursión de día desde allí hasta Ushguli, el pueblo más alto del país, a 2.100 metros. Los 46 kilómetros de recorrido llevan dos horas y media en coche, sólo ida, así que os podéis imaginar el safari.

“¿Tan jodida es la carretera?”, pregunté alarmado, tras ver a Mamuka santiguarse al paso por una ermita al comienzo del camino. “No, tranquilo, es en Tusheti donde hay que ir con cuidado”, dijo en referencia a la otra región remota del país, en el noreste. Juzguen ustedes. El aspecto de Mamuka (el nombre es ideal, ¿verdad?) no puede ser más rudo a primera vista, casi metro noventa y unos 120 kilos, fumando a cada parada y con una cabeza del tamaño de un balón de basket. Pero bajo esa fachada descubrimos a lo largo del día a un tipo afable, con amigos en cada poblado y hasta bizcochón, padre de tres (“todas niñas”), que acaparan su perfil de Facebook. Sí, hasta este rincón ha llegado Zuckerberg.

Desde Ushguli, con el pico Sjara

Con el mítico Mamuka y el pico Sjara de fondo.

Su furgoneta 4×4 es bien vieja pero la tiene impecable. Subimos a unos holandeses para cruzarles un río, les dejamos en la otra orilla y al par de minutos Mamuká paró el coche sin motivo aparente. ¿Qué pasa? Los holandeses habían manchado con sus botas húmedas el suelo del coche y no podía seguir hasta limpiarlo. First things first.

“¿Veis ese pueblo? Pues hace unos años hubo un alud y murieron 200”. Lo raro es que no pase más a menudo, pensé, levantando pueblos en la falda de estas escarpadísimas montañas. “La mayoría de las casas quedaron destruidas, pero las torres aguantaron”, explica Mamuka. Se refiere a esas torres que veis en las fotos (koshi), unas fortificaciones defensivas del siglo IX que han valido a Ushguli su incursión en el patrimonio de la Unesco y que quedan la mar de cuquis en Instagram con el Shjara de fondo, el pico más alto de Georgia, 5.193 metros.

Ushguli, Georgia

El ‘skyline’ de Ushguli, el pueblo más alto de Georgia, con sus torres del siglo IX (koshi).

Tan remoto es el lugar, que nunca ha sido conquistado, a diferencia del resto del país, que ha ido pasando a lo largo de su historia de manos persas, a rusas y turcas. Así, se convirtió casi en costumbre esconder las reliquias en Svanetia cuando se barruntaba invasión, y como no solía quedar después nadie para reclamarlas, los tesoros se han ido acumulando en la región, en muchos casos en casas particulares, según cuenta la leyenda.

Una de las causas de que no hubiese turismo en Svanetia hasta fechas recientes era al parecer su mala fama dentro de Georgia, “un lugar sin ley”, de vendettas entre clanes y deudas de sangre. Recordé entonces lo que dijo Mamuka, que la población se cuenta en familias. Hoy esas familias usan Facebook y hospedan a un puñado de turistas en sus casas, lo cual no impide que el lugar conserve cierto aroma salvaje, una cápsula del tiempo entre montañas, de esos pocos rincones de Europa que no ha pervertido aún el turismo de masas.

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Transiberiano V: Kazán

20 Ago

20160820_144906Fue la única vez en todo el viaje que me topé con policías dentro del tren. Abrieron la puerta del compartimento y nos pillaron con dos litronas de cerveza. “¡Sabéis que no se puede beber aquí!”. Por un momento se hizo el silencio. “Tranquilo, que lo dicen de broma”, me aclara Sasha, en inglés para que no lo entiendan los agentes. “¿De dónde es tu amigo?” – “De España”, responde mientras pongo cara de no entender ruso ni haber roto un plato en mi vida. “Pues cuídale bien, pero no hagáis mucha bulla, que vuestros vecinos parece que van a dormir”. Se cierra la puerta. Conocí a Sasha y a su novia Marina en el tren de noche Ekaterimburgo-Kazán y a los 15 minutos ya se había quedado pequeña la mesilla: pescado ahumado, pastel de carne, patatas fritas con la cara de Messi y cerveza, mucha cerveza.

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No es que me invitasen, es que les hubiese ofendido de no unirme. Los rusos pueden ser cortantes de entrada, pero no es difícil romper el hielo, entonces son espléndidos, en seguida te abren las puertas de su casa, rasgos que se acentúan en el microcosmos de un vagón de tren. Tienes que venir a visitarnos a ‘Mari-El’, me retan. “¿Mari qué? Mi madre se llama Maribel…”. Nunca subestiméis la geografía rusa. En casi cinco años en el país nunca había oído mentar el lugar y solo entendí el nombre cuando me lo escribieron en un papel. Mari-El, que en serio así se llama, tiene rango de república, de las que en Rusia hay 22. Son regiones con un estatus especial, se reconoce a un grupo étnico, se permite un idioma cooficial y cierto grado de autonomía, aunque igual el que manda se dicta a dedo desde Moscú.

En la primera parada larga del trayecto me bajo a repostar cerveza para todos, que no hay que ser gorrón, pero no encontré abueletes con la fresquera y al ser más de las 23h los puestecillos de la estación ya no vendían alcohol. “Prueba en el vagón bar”, me ilustra un revisor. El vagón bar resulta todo lo decadente que había imaginado: luces de colores parpadeando y ni un alma, salvo una camarera entrada en los cuarenta con un escote incomprensible. “Vuelve cuando quieras, majo”. Terminé la noche someramente achispado y convencido de visitar a la tal Mari-El más pronto que tarde.

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Amanezco en Kazán, capital de una de esas 22 repúblicas rusas, una de las dos únicas que conocía antes de este viaje, la de Tartaristán. La otra es Chechenia, por la guerra. En Tartaristán también hubo guerra, hace más tiempo, pero vaya que si la hubo, de aquí le viene a Iván el apodo de ‘El Terrible’. Tras un largo asedio y no dejar piedra sobre piedra, logró en 1552 conquistar la ciudad, capital del Kanato, una importante región musulmana a orillas del Volga. Para conmemorar aquella victoria, por cierto, se levantó la catedral más famosa de Rusia sino del mundo, la de San Basilio en la Plaza Roja, la de las cúpulas de colores. Hoy musulmanes y eslavos conviven en una armonía aparentemente ejemplar, los velos de unas con las minifaldas de las otras. De hecho, el símbolo de la ciudad no es ninguna iglesia sino una enorme mezquita dentro del Kremlin, con forma de nave espacial, terminada en 2005 y nombrada en honor a un clérigo que murió en ese asedio de 1552, cuando los rusos echaron abajo el templo original.

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Recorro al atardecer la calle Bauman, conocida como “el Arbat de Kazán”, una apelativo que ya me he aprendido durante el viaje, pues lo utilizan casi todas las ciudades de Rusia para dar importancia a su principal vía peatonal. La de Kazán tiene menos museos y menos gente que la de Moscú, pero también menos restaurantes de cadenas y está renovada con gusto, igual que todo el centro de la ciudad, el efecto imagino de acoger el verano pasado los mundiales de natación y con el de fútbol ya a la vuelta de la esquina.

No hace falta ser economista para entender que Tartaristán es una de las regiones más acaudaladas del país y la de personalidad más marcada: es habitual escuchar tártaro por la calle, hay más banderas regionales que rusas, los carteles están en ambos idiomas y en las tiendas no ves ni un souvenir con la cara de Putin, que son el bestseller en la capital. A un españolito le pueden parecen cosas normales, con nuestra ensalada de separatismos, pero son rara avis en la Rusia de Putin, poco amigo de los nacionalismos dentro de casa y que ha hecho del patriotismo bandera.

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Kazán es la última parada de mi transiberiano antes de volver a Moscú, reconciliado con el país tras verlo al fin con algo de perspectiva. Un viaje ‘once-in-a-lifetime’ con el que, confieso, fantaseaba antes ni de saber que acabaría viviendo en Rusia. Algunos días después de mi regreso, mientras cierro estas líneas, se me vienen flashes de los paisajes de Oljón, y los templos budistas de Ulan-Udé, con esas colinas peladas hasta donde alcanza la vista, y en mi cabeza aún resuena el traqueteo del tren.

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Transiberiano IV: Ekaterimburgo

12 Ago

IMG_20160805_122803El tramo más largo de mi travesía son las 40 horacas entre Krasnoyarsk y Ekaterimburgo, que sin embargo empequeñecen al lado de mis vecinos de compartimento, Lena y su niño pequeño, que vienen de visitar a los abuelos en Irkutsk y se comen 4 días de tren ininterrumpido hacia Moscú. Se ahorran 150 euros por cabeza respecto al avión. En los andenes de todas las estaciones donde hace parada el tren hay abuelas vendiendo tomates, pepinos y piroshkis: panecillos rellenos de repollo o huevo duro con cebolla. Me bajo a media noche en una estación de nombre muy descriptivo, Taiga, para comprar un par de piroshkis y estirar las piernas, en pijama, que en el tren es el uniforme estándar. El de Lena es rosa, combinado con el equipo completo de abalorios dorados, porque una es rusa hasta en el tren.

Una confusión habitual es suponer que el transiberiano es un tren. No, es una línea de ferrocarril por la que circulan trenes de todo lustre y cometido. Muchos son de mercancías, carbón en un porcentaje alto. También hay un puñado de trenes turísticos, como el Rossiya 1 o el Golden Eagle, con decoración retro y precios astronómicos. Sin embargo, la inmensa mayoría de los trenes son antiguallas en las que viajan los rusos de provincias, cuyas ciudades no están conectadas por avión o éste resulta demasiado caro. Yo viajo en estos últimos, en segunda clase, kupé, que consiste en compartimentos de dos literas.

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“Anoche durmió en tu cama un joven que se enganchó una buena borrachera en el vagón bar”, relata Lena, aliviada al ver que no paso de una birra con la cena. En platzkart (tercera clase) estas cosas están a la orden del día, dice mientras se da golpecitos en el cuello con el dedo, gesto en Rusia del alcoholismo. “Una viaja en kupé con la esperanza de evitarlas, pero nunca sabes con quién compartes vagón…”, resopla. En realidad, en muchas rutas de largo recorrido hay vagones y compartimentos divididos por sexos, asumiendo que el vicio en Rusia es mayoritariamente cosa de hombres.

En los primeros trenes transiberianos, aquella atracción de feria para la nobleza europea de finales del XIX, además de biblioteca y pianista, había un vagón iglesia con sacerdote propio, hasta llegó a ponerse de moda casarse en el tren. Como imaginaréis, el vagón iglesia desapareció con los bolcheviques, pero en 2005, en el contexto del creciente poder de la iglesia ortodoxa desde que gobierna Putin, el patriarcado de Moscú y la compañía nacional de ferrocarriles (RZD) firmaron un convenio para recuperar parcialmente la tradición.

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En estas he dejado atrás Siberia y llegado a Ekaterimburgo, capital de los montes Urales y frontera de facto entre Europa y Asia, título que comparte entre otras con Estambul.  Visito el monolito que marca el lugar, a 15 kms de la ciudad, y donde es tradición beber champán, una copa en cada continente. Hace un calor del carajo y, aunque son solo las 11 de la mañana, me pimplo media botella en modo Fanta limón. Es mi homenaje a Boris Yeltsin, hijo ilustre de Ekaterimburgo, al frente del país en los noventa y conocido bebedor. Era buen presidente de 9 a 12 de la mañana, leí en una biografía, después resultaba imposible tener una reunión seria porque ya iba trompa.

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Me acerco al modernísimo museo interactivo que se ha abierto para repasar su figura, bastante complaciente, por cierto, ni una sola vez se menciona la palabra alcohol y se pasa por alto el ‘detallito’ de que vendiese el país a un puñado de oligarcas de su club de tenis. Los años 90, los de Yeltsin, se recuerdan también en Rusia por las guerras de clanes mafiosos. Los puntos más calientes eran Samara, el sur de Moscú y Ekaterimburgo, donde una agencia local ofrece hoy una excursión de lo más freak, por cementerios de la ciudad para visitar las ostentosas tumbas de los capos que murieron en aquellos años.

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Durante las décadas de URSS la ciudad de Ekaterimburgo se llamó Sverdlovsk, en honor a la mano derecha de Lenin, quien supuestamente ordenó la muerte del zar y su familia. El triunfo de la Revolución dio paso a la guerra civil y para julio del 18 el ejército blanco se acercaba a Ekaterimburgo, donde la familia del zar se encontraba presa en la casa del ingeniero local Ipatiev. Ante el temor a que su liberación supusiera un vuelco moral en la contienda, de buena noche se los acribilló a tiros en el sótano. Para que no se supiese del asesinato de los niños, que hubiese resultado impopular incluso en las filas propias, se quemaron los cuerpos de todos y se enterraron en una mina 15 kilómetros al norte de Ekaterimburgo, donde se levanta hoy un monasterio de iglesias de madera, Ganina Yama. “Cada 17 de julio, coincidiendo con el aniversario, hay una peregrinación desde el centro de la ciudad , esos lirios blancos marcan el lugar”, me cuenta Maxim en voz baja, como para no perturbar la paz del lugar.

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El último de los Romanov, fanático religioso y con la sangrienta represión de 1905 en su currículum, fue canonizado en 1981 junto a su familia por la Iglesia ortodoxa (desde el exilio) y en 1997 enterrado con honores en San Petersburgo. Sobre el lugar de su ejecución en Ekaterimburgo, la casa de Ipatiev, derruida hace años, se ha erigido en su memoria una formidable catedral de estilo bizantino y generosa en adornos de oro. Paradójicamente, a escasos 300 metros, en una avenida principal y frente a la Ópera, se mantiene una enorme estatua en honor a Sverdlovsk, el que supuestamente ordenó su muerte y que aún da nombre a la región. Recordé entonces el símil que había escuchado en Siberia, que la historia de Rusia es cómo una tarta, cuyas capas no se anulan sino que sencillamente se superponen.

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Transiberiano III: Krasnoyarsk

9 Ago

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El tramo de Irkutsk a Krasnoyarsk es mi verdadera primera hostia de tren, 20 horas del tirón, para las que me pertrecho con literatura, dos bocatas y algunas películas en la tablet, que cargo antes de partir porque dentro de los compartimentos no hay enchufes, solo dos por pasillo y están cotizadísimos. Cruzo la estación de Palavino, ‘mitad’ en ruso, que se encuentra exactamente en la mitad del recorrido transiberiano original, equidistante entre Moscú y Vladivostok. Es una estación menor, el tren no hace siquiera parada, pero consigo tirarle una foto en movimiento, en algo hay que entretenerse.

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Comparto vagón con Marina, que trabaja en la compañía eléctrica nacional y regresa a Krasnoyarsk tras su viaje mensual de trabajo a Chita, famoso destino carcelario, dos días de ida y otros dos de vuelta en el tren. Me explica que quedan muchísimos pueblos de Siberia sin suministro eléctrico regular y que los planes para ampliar la red se han congelado por la crisis económica.

Krasnoyarsk, una de las ciudades más viejas de Siberia (1628), es conocida entre otras cosas por la electricidad, en concreto por su presa en el río Yenisei, la quinta mayor del mundo, de 124 metros de altura y erigida en los años sesenta, orgullo entonces de la ingeniería sovietica. 25.000 personas trabajaron en su construcción, para cuyas familias se levantó una pequeña ciudad contigua, en estándares por encima de la media de la URSS pero que hoy está dejada de la mano de dios, solo viven pescadores y pensionistas.

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La presa de Krasnoyarsk es la imagen del billete de 10 rublos, cuyo valor es tan ínfimo (13 céntimos de euro) que el Banco Central baraja retirarlo de la circulación, pues apenas cubre el costo de su impresión. El mismo diseño correspondió en su día al billete de 10.000 rublos, durante la hiperinflación que siguió a la caída de la URSS. Después, en el 95, todo el papel moneda se volvió a imprimir con tres ceros menos. El billete es una de las fotos socorridas de la ciudad, de un millón de habitantes, agradable pero nada turística. La idea de parar en Krasnoyarsk fue a ciegas, por el motivo puramente logístico de hacer un alto en el camino para evitar los casi tres días seguidos de tren entre Irkutsk y Ekaterimburgo.

Paso la mañana en el reclamo principal de la zona, el parque nacional de Stolby (‘pilar’ en ruso), en cuyo territorio, del que sólo se puede visitar una pequeña parte, se calcula viven 50 osos. “Nunca he visto uno, con lo que hay que tener cuidado aquí es con las garrapatas”, me advierte mi guía, Anatoli, que tiene un seguro médico específico anti-garrapatas para él y toda su familia. Se registran entre 3.000 y 4.000 picaduras cada fin de semana en la región en temporada alta, de abril a junio, sobre todo entre la gente de las dachas, casas de campo.

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El parque nacional es virgen en todos los sentidos, los únicos carteles son de ‘cuidado garrapatas’, ni un mal sendero o barandilla, do it yourself. Terminaré el día con las piernas rojas, llenas de arañazos de los matorrales y arbustos, porque como buen novato acudí en pantalones cortos. Anatoli, te dije que no soy alpinista, de hecho le tengo ‘respeto’ a las alturas: ¡¿cómo coño esperas que suba esa pared de 10 metros?! “Ah, sí, no me había dado cuenta, ven por aquí, que es más fácil”. Pared vertical de 5 metros, desfiladero: “Te agarras aquí, te apoyas en ese saliente y luego me das la mano, no es tanto como parece, pero mejor no mires abajo”.

En los inicios de la URSS el culto al líder llegó al alpinismo y se renombraron hasta las montañas, el techo de la unión lo marcaban el pico Lenin, 7.134 metros, y el pico Stalin, 7.495 m, ambos en Tayikistán. En Stolby no hay secretarios generales, pero uno de los picos del parque lleva el nombre de  los hermanos Abalakov, dos alpinistas locales que abrieron varias de las rutas más exigentes. Mediada la II Guerra Mundial fueron reclutados por el Ejército Rojo para liderar un cuerpo especializado en combate en montaña, los alemanes ya contaban con uno y estaban dando sopas con hondas a los rusos en el Cáucaso.

De camino a tierra firme, con la adrenalina aún por las nubes, tomamos un modernísimo telesilla que desentona con lo destartalado del parque. Es “obra social” de Norilsk Nikel (NN), aclara Anatoli, una empresa-ciudad en el norte de la región, es decir, en el Ártico, a la que mi amigo Ricardo ha dedicado uno de sus siempre recomendables documentales. NN es también patrocinador, entre otros, del CSKA de Moscú, el club más rico del baloncesto europeo y vigente campeón continental.

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Pero el ‘deporte’ por excelencia en Siberia es la pesca, que no será olímpico pero aquí da a muchos para (sobre)vivir. El escritor soviético Víktor Astafyev residió la mayoría de su vida en Krasnoyarsk y se abrió camino en el régimen pese a una infancia difícil por ser hijo de kulaks, campesinos con propiedades, los que pagaron el pato de la colectivización. Sus textos, que se estudian en el instituto, han quedado como el retrato de la vida humilde en Siberia. Antes de regresar a Krasnoyarsk visito el mirador del Zar Pez, el título de la novela más célebre de Astafiev y el lugar con más encanto de la zona, en una colina contigua al Yenisey, con vistas a la ciudad y coronado por la estatua de un enorme esturión, el del caviar negro, el zar del río pues.

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Transiberiano II: Irkutsk / Baikal

3 Ago

El recorrido de Ulán-Udé a Irkutsk es de lo mas bonito de todo el transiberiano, el tren rodea el Baikal y corre unos 300kms en paralelo al lago. Fue, por cierto, el tramo con diferencia más caro y difícil de construir, una pesadilla por su holografía escarpada, de montañas de roca maciza en vertical sobre el lago. Hicieron falta más de 50 túneles para abrir paso y se trajeron ingenieros de Italia porque los rusos no sabían ni por dónde empezar. De hecho, por las prisas de la guerra con Japón, el transiberiano se abrió antes de concluir este tramo, con los trenes cruzando el lago en ferry y rompehielos, hasta se probó a tender en invierno vía férrea provisional sobre el Baikal. El hielo, sin embargo, cedió al peso del primer convoy militar y los tanques terminaron en el fondo del lago más profundo del planeta, 1.629 metros.

Parte de ese tramo, la orilla occidental, cayó en deshuso con un nuevo recorrido y ahora se puede visitar en un tren turístico, el Circumbaikal. Echas el día entero con paradas para visitar las vías, puentes y túneles originales, ademas de algún poblado de pescadores, donde los domingueros rusos compran profusamemte pescado ahumado (omul), apreciado como aperitivo y cuyo olor en el vagón se convierte al cabo de horas en una experiencia olfativa religiosa.

Despues de la impresión ‘Doctor en Alaska’ que me dejó Ulán-Udé, fue algo bajón llegar a Irkutsk y ver un Shokoladnitsa. Uno viaja a Siberia en busca de naturaleza virgen y a la segunda parada ya tiene delegaciones de la cadena de restaurantes por excelencia de Moscú. Irkutsk está bañada por el Angará, una fuerza de la naturaleza, el único río que nace en el Baikal, por lo demás es una ciudad rusa grande pero relativamente corriente, con su memorial de ‘La Victoria’ y su estatua a Lenin, aunque la más grande es la que dedicó el pueblo al zar Alejandro III, el responsable del proyecto transiberiano, clave en el desarrollo de Irkutsk como centro de comercio con China. Hoy, por cierto, muchos jóvenes de la región estudian chino, que es un dolor de muelas pero asegura un futuro en el comercio o la industria turística, que es de lo que vive en buena medida la gente aquí.

De las dos grandes catedrales de Irkutsk, la de Kazán fue dinamitada en la época de Stalin y la de la Epifanía, la más bonita y que sí sobrevivió, funcionó durante 35 años como obrador de una panadería. A la ciudad le desluce un poco el humo, oficialmente debido a incendios forestales, aunque entre los lugareños abundan teorías de toda índole. No ves mas alla de 300 metros y, aunque esté soleado, tu figura no hace sombra, una sensación que sólo había conocido con la polución de Pekin. Al parecer el humo se ha convertido ya en parte del paisaje los últimos veranos.

En Rusia el ecologismo es entre contradictorio y de pega. En Moscú no se conoce la palabra reciclaje, los coches de marcas nacionales son fábricas de humo sobre ruedas y en Siberia hay enormes extensiones de terreno agujereado como un queso gruyere, los yacimientos de petróleo veteranos. Es la misma Rusia que lidera campañas para salvar al tigre del Amur y a las focas árticas. El Baikal, que contiene un 20% del agua dulce del planeta, es por suerte el referente de la errática conciencia ecológica rusa. Por dos veces se tumbó un proyecto de Gazprom para tender un gasoducto bajo el lago.

Me reconcilio con la Siberia salvaje en Oljon, isla en medio del Baikal que visito durante tres días, más grande que Ibiza o Menorca y apenas 1.500 habitantes. Los coches aquí no tienen GPS sino brújula, ninguna carretera o calle está asfaltada y tampoco hay agua corriente. Esto último, chicas, significa que el retrete es una caseta en el patio con un agujero en la tierra. A la vieja usanza, vaya.

Oljon es epicentro mundial del chamanismo, antigua filosofía pagana de la que me pone al día Natasha, una rusa de los Urales que se autoexilió hace 3 años a la isla. Igual que los budistas en Buriatia, los chamanes fueron perseguidos tras el triunfo de la Revolución.

El ferry a Oljon, que es gratuito, básicamente no funciona en invierno porque el lago está helado, lo que deja solo una manera de llegar a la isla, en coche por el hielo. La ruta oficial es de 4 kilometros y tiene señales de tráfico en forma de estacas, pero los lugareños prefieren otra, directa a Khuzhir, la capital de la isla, más rápida porque son mas kilómetros de hielo (13) y menos de la carretera de baches y piedras que cruza la isla de norte a sur. Los conductores, al parecer, siguen sencillamente el surco que dejan los coches anteriores en el hielo. Ya, pregunto a Natasha, pero alguien tiene que ser el valiente que abra camino el primero, ¿no? “Ese es Serguei, nuestro ‘maestro del hielo’, lo reconoce por el aspecto y el sonido, todos los vecinos esperan cada año a que abra la ruta directa”. El tal Serguei, una especie de John Rambo local ya en sus cincuenta, conduce con la ventanilla bajada pese al frio porque, si el hielo se quiebra y el coche se hunde, “que alguna vez ha pasado”, la puerta se traba y la ventana es la única salida.

Pero Serguei no es la única leyenda local. En una zona casi deshabitada a orillas del Baikal, frente a la isla, vive una pareja de ermitaños que desde hace años se dedica a la caza de osos (oficialmente ilegal)  y no de cualquier manera sino en plan Di Caprio, armados únicamente con un machete. Tienes que dejar que el animal se acerque lo suficiente, relata Natasha, y asestarle un tajo certero justo antes de su zarpazo. Otro día en la oficina.

“Ves esas ventanas azules tan bonitas? Son de estilo lituano”, continúa. En el norte de la isla hubo una prisión del gulag desde los años treinta, 1.300 prisioneros politicos de toda la URSS trabajaban en una fábrica de conservas de pescado. Cuando la prisión cerró en 1953, a la muerte de Stalin, muchos reclusos se quedaron a vivir en el sur de la isla como hombres libres, entre ellos algunos lituanos. “En realidad no era la peor de las prisiones, mandaban a gente con condenas de pocos años y delitos menores, un poema irreverente en el periódico local, un chiste inapropiado, cosas así…”. Visito el lugar al día siguiente y lo cierto es que la antigua prisión está junto a una radiante playa de arena de agua cristalina, una de las muchas de la isla, que junto a las colinas, las vacas y los acantilados componen el paisaje de Oljon, la mejor parada de mi viaje, un regalo para los sentidos.

Transiberiano I: Buriatia / Ulán-Udé

30 Jul

“Hace años se me rompió un tubo del coche y la gasolina se congeló. Hacía 40 bajo cero fuera y por entonces no había teléfonos móviles”. Y qué hiciste? “Pues esperar a que pasase alguien, qué vas a hacer?”. Pavel, mi primer conductor en Siberia, lo contaba con naturalidad. Le brillaban los dientes de oro al sonreír pero, si lo pensáis bien, pudo perfectamente haber muerto de frio en la carretera aquella noche de no haber pasado nadie. Mientras me lleva del aeropuerto a la ciudad le suena el movil, ‘Bajo el Mar’. Sí, un curtido conductor de la taiga con La Sirenita como tono de móvil.

Mi transiberiano es, por motivos logísticos, una versión recortada, no llega a Vladivostok, y además inversa, es decir, de Este a Oeste, por eso la primera parada es Ulán-Udé, la ciudad más oriental de mi ruta. Tengo por delante tres semanas y unas 110 horas de tren hasta Moscú, que os relato aquí por fascículos.

Entre nosotros, mi primera impresión de Siberia fue: menudo agujero. Ulán-Udé tiene medio millón de habitantes y menos calles asfaltadas que mi pueblo. Es una inmensidad de casitas prefabricadas de madera (que conserva bien el calor y es más barata que el ladrillo) con un centro de edificios soviéticos de media altura (jrushovkas) y un enorme busto de Lenin como principal atracción. “El más grande del mundo, lo acreditó el libro Guinness”, presume Pavel. Ocho metros de altura y 42 toneladas de cabezón, que el líder norcoreano Kim Jong Il acudió ex profeso a “reverenciar” en 2011, en uno de sus rarísimos viajes al extranjero.

Mi hostalito, más majo que las pesetas, está  precisamente en la calle Lenin, entre la plaza de los Soviets y la de la Revolución, y es que la somera des-sovietizacion del mobiliario urbano de Moscú y Piter no ha llegado a Siberia. “Así es en la provincia profunda”, me dice por whatsapp un moscovita. Lo soviético se mezcla aquí con la nueva Rusia de Putin. Sus consignas patrióticas copan los principales espacios publicitarios y marquesinas de la ciudad, carteles en los que no se especifica la entidad anunciante. “Rusia debe ser fuerte y permanecer unida”, VV Putin.

Aquí las creencias se mezclan como capas de una tarta. OM MANÍ PADRE HUM, reza un enorme mosaico en una colina junto a la carretera. Es un mantra budista sobre la compasión, estamos en el camino que conduce a Ivolginsky, a 30kms de Ulán-Udé, capital del budismo en Rusia. Porque sí, en Rusia hay budismo, de hecho tiene estatus de  religión oficial en ésta, la República de Buriatia, vecina de Mongolia, de un tamaño como Alemania y una población de apenas un millón de habitantes.

Un 60% son eslavos (‘rusos’ los dicen) y un 30% buriatios, de ojos rasgados y nómadas hasta que triunfó la revolución soviética. Durante los primeros años de estalinismo muchos monjes budistas huyeron a otros países o terminaron en el gulag. El templo de Ivolginsky se levantó a partir de 1946, cuando se suavizó un poco la persecución a las religiones. Como las construcciones son recientes, de madera y en los vivos colores propios del budismo, están a mitad de camino entre el nirvana y ‘los chinos de abajo’.

“Rezamos por él todas las mañanas, está ya muy mayor”, dice una devota local junto a un póster del Dalai Lama de tiempos de Maricastaña. Los budistas rusos le reconocen como autoridad suprema del budismo, pero hace 25 años que no pisa el país. Rusia es ahora amigo político de China y, por aquello de la titularidad del Tíbet, Moscú nombró al Lama persona non grata para complacer a Pekin. También hay una autoridad nacional del budismo en Rusia, jambo, que reside oficialmente en Ivolginsky con otros monjes, “pero en realidad vive en un casoplón en las afueras y conduce un coche alemán”, relata resignada la devota.

De Ulan Ude me pone la sensacion ‘doctor en Alaska’ de ser uno de los poquísimos  extranjeros de la ciudad y desde luego de los pocos turistas occidentales. La gente es modesta pero sin dobleces, alejada de ese ansia moscovita de aparentar dinero, y la ciudad tiene ritmo de pueblo pese a su tamaño no desdeñable. Alucinan por cierto de que un español decida voluntariamente pasar parte de sus vacaciones en Buriatia.

“Nunca en mi vida había salido por la noche hasta que fui a Novosibirsk. Allí, bueno, me convertí en lo que soy ahora”. Como imaginaréis, Dimitri me cayó bien en seguida. Tiene 27 años, marcado aspecto mongol y 3 trabajos. Por una parte, hace ocasionalmente de conductor, que es como le conocí. Aunque no entiende una palabra (ni yo), se sabe de memoria la letra de Danza Kuduro, que me repitió varias veces en el coche, a todo trapo y con la ventanilla bajada mientras surcaba una hermosísima y bacheadísima carretera de la taiga. Su segundo curro es un negociete, a pachas con un amigo, de importación al por menor de bagatelas de imitación chinas que revende en Buriatia. Una idea de pelotazo ya manida entre los jóvenes de la zona y que no le saca de pobre.

Al poco de conocernos me enseñó en el movil un vídeo de su amigo Michel, al parecer ex campeón del mundo de boxeo, un cubano que vive en Ulán-Udé, lo cual en principio no tiene ningún sentido, pero resulta que Buriatia, igual que otras repúblicas de Asia Central, tiene en común con Cuba una larga tradición en boxeo y lucha grecorromana.

El tercer ‘trabajo’ de Dimitri fue el que me llamó la atención: organiza en Ulán-Udé ciclos de coaching para enseñar a los pueblerinos a ligar. “Las más guapas son las mestizas, con rasgos buratios pero los ojos menos rasgados, como las eslavas”, me ilustra Dimitri, que desistió del amor después de que le plantasen en puertas del altar. Un rasgo peculiar de los buratios es el pelo, al parecer extremadamente resistente, por motivos geneticos y la costumbre al frío. El asunto se convierte en negocio, vi docenas de anuncios y carteles por la ciudad de ‘Pelo, compro caro’. Hay ferias al por mayor los fines de semana y si lo tienes largo y natural (sin teñir) puedes sacarte un pellizco.

Los cursillos para ligar que organiza Dimitri incluyen teoría por las mañanas, deberes para casa y por supuesto práctica. En realidad no es él quien imparte cátedra, sino un “experto” que acude ex profeso desde Moscú. La broma, que dura 10 días, cuesta el sueldo de mes y medio y se apunta gente de todas las edades. “A veces tenemos menores de edad, pero a esos les exigimos consentimiento paterno”. Además de dar las clases teóricas, ‘el experto de Moscú’ sale con los alumnos por la noche, les observa y corrige. El éxito no está garantizado con el precio de la matrícula, pero parece que su porcentaje es alto, “como del 80%, al fin y al cabo estamos en Rusia…”

Una vida en el elektrichka

23 Sep

La verdadera Rusia se mueve sobre raíles y en vagones de escaso lustre. De que el tren es el transporte nacional da fe el millón de empleados (942.808) de la compañía estatal, RZD. Por comparar, Renfe tiene 13.800. Básicamente hay dos tipos de trenes de pasajeros en Rusia. Están los de largo recorrido, con sus tres categorías (liuks, kupé y platzkart) y el vagón-bar como epicentro social. De estos os hablaré cuando cumpla mi promesa de no abandonar Rusia sin ‘hacer el transiberiano’. Y están los elektrichka, equivalentes a nuestros cercanías. En los días laborables son el transporte de los que 1) viven lo suficientemente lejos de la ciudad como para no tener un metro cerca pero 2) igualmente trabajan en el centro y 3) no se pueden permitir coche. En España uno puede cruzarse en un cercanías con tipos trajeados leyendo informes en el ipad. En Rusia no, nadie coge a diario un elektrichka si tiene alternativa, así que sus pasajeros son clase media-baja y baja. En fin de semana el pasaje es más variopinto, es el transporte a la dacha (casa de campo). Ya se sabe que en Rusia todo el mundo tiene una (será por terreno en este país) y el coche no es siempre una alternativa viable, dados los atascos para salir de la ciudad y el estado de las carreteras en las zonas rurales. En estos trenes no hay vagones por categorías, los asientos están sin numerar y los billetes son baratos. Por ejemplo, el recorrido de 70 kms a Abramtsevo cuesta 2,3€, mientras que en Cercanías Madrid, los 20 kms de Chamartín a Colmenar Viejo salen por 2,5€. A pesar de los precios populares, es habitual ver grupos numerosos de gente que pasan todo el trayecto corriendo de vagón en vagón escapando del revisor. Los chavales lo hacen por la adrenalina, pero no todo son chavales… Y es que el precio de la vida (reflejo de los sueldos) cae dramáticamente cada kilómetro que te alejas de la capital. En Rostov Veliki, una de las joyas del llamado Anillo de Oro, a 150kms de Moscú, un té en la cafetería de la estación cuesta 8 rublos, unos 16 céntimos de euros al cambio. En la capital, en la cadena más popular de cafeterías, Schokoladnitsa, tienen 15 tipos de té y todos cuestan lo mismo, 230 rublos, unos 4.8 euros al cambio. Es decir, 30 veces más caro.

Pero volvamos al vagón del elektrichka, nuestro protagonista hoy. Avanza lentísimo porque para en cada villa, lo que a su vez le convierte en el transporte perfecto para descubrir y tomar el pulso a la Rusia auténtica, la rural y la de provincias. En fin de semana te cruzas con abuelos que vuelven de la dacha, haciendo crucigramas junto al cesto con la cosecha.  Precisamente en un elektrichka de regreso de la dacha se conocían Katya y Gosha, los protagonistas de la imprescindible ‘Moscú no cree en lágrimas’. Hoy en día la fauna se compone también de hombres de mediana edad enfundados en chupas de cuero bebiendo latas de medio litro de cerveza. Hay un flujo constante de vendedores y músicos ambulantes. Los primeros ofrecen baratijas de todo a 100 y equipamiento para la dacha. Lo mejor es su performance en cada vagón, a la vieja usanza, recitando de memoria las bondades de su mercancía, con entonación y todo: tijeras de podar, aislamiento para ventanas, helicópteros teledirigidos y orgasmatrones. Por cierto, que en tiempos de la URSS los elektrichka se convertían de noche en ‘el tren del amor’, es decir, en picadero recurrente. Tiene sentido. Ningún joven disponía de coche (había listas de espera de años), mientras que los hoteles quedaban descartados por precio y burocracia. Los trenes, en cambio, eran baratos y al fin y al cabo son un lugar techado y caliente (importante en Rusia), cuyos vagones van desiertos a última hora y te aseguras intimidad con una pequeña propina al revisor, como explicaba Félix Bayón, en ‘La vieja Rusia de Gorbachov’. Piénsenlo, muchas de las babushkas que hoy cargan manzanas y setas a su regreso de la dacha perdieron la virginidad en esos vagones. Toda una vida en el elektrichka.