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El reencuentro

8 Nov

Te tiras semanas o hasta meses antes de dormir con tu pareja porque, claro, cariño, es “un paso importante”, “un acto de gran intimidad”. Pero resulta que dormimos constantemente junto a extraños en un avión, compartiendo con aparente normalidad 5 o 10 horas de absoluta intimidad, la mayoría de veces terminamos sin saber ni su nombre. Como el peluquero, que te soba la cabeza y analiza tu calvicie durante media hora al mes, o los compañeros de gimnasio, que ven tus huevos arrugados al salir de la ducha con más regularidad que tu novia. La intimidad es un mito urbano.

El vecino de asiento en el avión te ve roncar, sonarte las napias y pelearte con el pollo armado con un tenedor de plástico. Puede leer de soslayo tus mensajes de móvil y cotillear tus películas en la tablet, que cuando llega una escena de sexo uno trata de aparentar desinterés para no parecer un degenerado. 

No fue mi caso esta vez, que como justo se cumplía el centenario de la revolución me fumé un documental. En compañía de Trotsky amanecí en Moscú, tras una noche de aviones con escala en Lisboa. Rusia es una cerveza negra, el primer trago nunca sabe rico, de hecho sabe como el culo, pero si echas paciencia y algo de masoquismo acabas enganchado a ese sabor amargo.
Mi reencuentro con Rusia tras un año fue ese primer trago. En el aeropuerto internacional de Domodedovo, quiza el de mas tráfico del país que en medio año acoge el Mundial de fútbol, hay 7 máquinas y dos ventanillas donde comprar un billete del tren que te lleva a la ciudad. Bien, en ninguno funcionaba el pago con tarjeta, 0-9, goleada. Vuelvo a la terminal, caminando entre obras y en paralelo a la carretera, rechazando propuestas de taxistas tayikos a los que no presentaría a mi hermana. Paso el control de seguridad y me sablean en la única oficina de cambio de dinero. La tourné me llevaría el doble de tiempo si no conociese el aeropuerto o no hablase ruso, nada es fácil para el turista extranjero aquí. Regreso a la estación pero ya se ha ido el tren, media hora esperando, 3 bajo cero. ¿Veis a lo que me refiero? Es igual, justo está amaneciendo, el sol se cuela por la boina y me quedo embobado con la vista desde el tren de los decadentes suburbios medio nevados. Dios, adoro este jodido país.

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El ‘masaje’ de Oliver Stone

24 Jul

La película de Oliver Stone sobre Putin no es un largometraje al uso sino un collague a base de entrevistas grabadas entre 2015 y 2017, una miniserie de cuatro capítulos de una hora cada uno que he tenido la paciencia de fumarme este verano. Putin aparece prácticamente siempre flanqueado por un ejército de seguridad y por su jefe de prensa, Dimitri Peskov, el de los relojes de medio millón de euros, lo que impide la más mínima atmósfera de intimidad. Hace por mostrarse educado y cordial, le enseña el Kremlin a Stone como a un turista VIP, pero sus respuestas son las de siempre, básicamente porque las preguntas son amables, las propias de otro propagandista en nómina. Un masaje, como se dice en el argot periodístico.

La serie hará las delicias de los incondicionales del director, un monográfico de Putin en su papel favorito, antagonista de la errática política exterior estadounidense. La mayoría del metraje es la charla entre dos colegas de acuerdo en que EEUU es culpable de los males del planeta. La recomiendo a aquellos que hayan oído hablar mucho de Putin en la prensa, siempre como villano, pero no le hayan escuchado nunca a él directamente. Quizá hasta les convenza, o les libre de algún prejuicio atlantista, sino al menos escucharán chascarrillos de entre bambalinas de la política internacional.

Sucede que uno, más familiarizado con Rusia, como imagino a bastantes de los que frecuenten este rincón, espera más que un simple akelarre antiamericano de estas muchas horas de entrevista al nuevo zar. Y nada, ni una pregunta picante o incómoda, nada que implique autocrítica. Nada sobre el derrivo del avión de Malasian Airlines, ni sobre el dopaje de Estado, ni sobre los 15 millones de abuelas que (sobre)viven con pensiones de menos de 100 euros al mes. Todo al gusto de Putin: mejor hablar de lo que pasa en el mundo, que en casa lo que pasa es mucha corrupción y desigualdad.

Stone, empapado de ciberseguridad tras la película sobre Snowden, pierde casi un capítulo completo en preguntas muy técnicas sobre el tema, que a pocos interesan y que Putin regatea con evasivas y una medio sonrisa, como diciendo: “A ti te lo voy a contar”… En otro momento, el director pone a huevo al presi sacudirse su fama de homófobo, pero la cabra tira al monte… “Aquí no se discrimina a nadie, pero entenderá que debo proteger a los niños y evitar problemas demográficos”. Una argumentación con más agujeros que un queso gruyere que Stone ni se molesta en cuestionar con repreguntas. Zapatero a tus zapatos, será buen director pero como periodista/entrevistador no se ganaría el jornal.

A falta de cuestiones picantes sobre política, se echa en falta un toque Bertín Osborne, ese crear un ambiente acogedor y preguntar por algo más íntimo, por ejemplo, sus primeros escarceos amorosos, sus felices años en Dresde o su vida sentimental tras el divorcio. No por llenar páginas de prensa rosa sino para hacernos al menos una idea de la persona tras el personaje, humanizar al malo recurrente de la película en Occidente. Pero ni eso. De un tipo que escribió Scarface y creó a Gordon Gekko se puede esperar bastante más que este macromasaje por fascículos. Resumiendo, salvo que sean neófitos del putinismo, seguro que tienen cosas mejores en las que invertir cuatro horacas de su verano.

Amor al primer email

2 Ene

natavolodinailoveyouNo es un timo nuevo, ya no hay factor sorpresa. Por haber hay hasta una base de datos online de scammers, “defraudadoras del amor”, perfiles fraudulentos de supuestas chicas rusas solteras (entiéndase ‘rusas’ en el sentido amplio de ex URSS), que son en realidad actrices profesionales contratadas por agencias maliciosas. Hay cientos de perfiles en esa lista negra, cada uno acompañado de fotos y del relato en primera persona de uno o varios occidentales estafados. Quedan muchas aún por destapar y otras que siguen ejerciendo tras mudar de nombre y peluca. Asombra que con tanta información disponible y precedentes, señales de cuidado peligro, la gente siga picando, de hecho en España llegan a mis oídos casos relativamente cercanos.

Acuden a mí como al oráculo, por aquello de haber vivido en Rusia, y no sé ni qué cara poner cuando me lo cuentan, embriagados de ilusión, sobre todo al enseñarme la foto en el fondo de pantallas del móvil. “¿Es guapa, verdad?”. Demasiado, y ese es el problema, Antonio. Impresiona comprobar lo crédulos que se vuelven solterones, viudos y divorciados, incluidos de cierta clase social y nivel de educación, cuando se trata de amor y/o tienen los huevos llenos.

Es la credulidad del que necesita reafirmarse, por ejemplo pavoneándose con una chica guapa, y se piensa que existen los atajos. La credulidad del desconocimiento, de quien no ha puesto nunca un pie al otro lado del antiguo muro y no sabe que ya quedó atrás la crisis que siguió a la caída de la URSS, cuando Rusia pasó del segundo al tercer mundo en cuestión de meses. El país ha vuelto al segundo mundo, primero si hablamos de Moscú, Piter o Kazán. A las rusas jóvenes, guapas y que hablan idiomas no les faltan hoy pretendientes locales dignos, no cuela encontrarlas en webs de contactos (no incluyo Tinder, que limita el área geográfica), enamoradas al primer email de un loser occidental 20-30 años mayor. Se llama sentido común.

Lo primero es eliminar el amor de la ecuación, no se encuentra ni a botepronto ni en catálogos de agencia y foros online, esos simplemente ponen en relación dos mercados con desequilibrios complementarios entre sí. Por eso, y por muy descarnado que suene, la mejor vacuna contra los timos es aplicar una mínima lógica comercial, percentiles, esa clasificación de 1 a 100 que define el ‘valor de mercado’ de una persona en función de belleza, edad, formación, simpatía, herencia, salario presente y futuro estimado, etc. Al final en todos lados la mayoría de parejas se forman entre percentiles similares y, aunque el de un españolito suba unos puntos extrapolado a Rusia, un solterón nunca será un Richard Gere, ni allí ni en la China Popular. No conectado por Skype desde Wisconsin, Getafe o Cochabamba, entrado en los 40-50, lleno de inseguridades, sin hablar ruso y apenas inglés. Lo que sí será es un bizcocho para los scammers.

Hace falta ser inocente para creer que una rusa de percentil digamos 75-80 en su país, que se ha tirado una hora alisándose el pelo y maquillándose como una puerta antes de ponerse ante la webcam, va a pirriarse por tí gracias a tu carisma chateando en pijama. El relato gana verosimilitud protagonizado por divorciadas, madres solteras o rusas de belleza media o media-baja, percentiles inferiores pero que igual tampoco garantizan nada. Conozco de primera mano la historia de un solterón de Kansas que se plantó en la Ucrania de provincias a conocer a su amor virtual, el pobre cruzó medio mundo cargado de juguetes para el niño de ella, un bellezón divorciado, personaje ficticio creado por una agencia. Los juguetes los dejó en un orfanato y las penas las estaba purgando con vodka cuando le conocí. Otro corazón roto a la base de datos.

Mis rincones de Moscú

29 Sep

20160929_135625-1Hace unos días me preguntaron por mi rincón favorito de la ciudad. Me quedé un momento callado, lo pensé y no supe qué responder, lo cual no es una opción aceptable si estás tratando de impresionar a una chica. Entre tartamudeos improvisé una cursilada del tipo “el estanque de Chistie Prudy”, que no me entendáis mal, está la mar de cuco, en mitad de un boulevard céntrico, pero lo dije solo por amarrar, defensa de cinco. Ya en casa y con menos presión, me puse a pensar en mi verdadera alineación de lugares con encanto, que me traigan algún recuerdo y queden fuera de las rutas turísticas manidas.

Cerca del metro Tretyakovskaya, en la calle Bolshaya Ordinka, hay escondido un convento de monjas con un patio interior bien chulo, Santa Marta y María, de entrada libre. Las señoras se sientan a pasar la tarde leyendo al sol, estudiantes de pintura hacen sus primeros pinitos y de tanto en cuanto cruza una beata a la carrera, que se le queman las galletas. Un oasis en uno de los distritos con más ambiente de la ciudad y con el honor de ser, junto a Taganka y Kitai Gorod, el único con calles estrechas y casas bajas, el Moscú de antes, un respiro de las grises y mastodónticas avenidas soviéticas.

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No lejos del convento queda la plaza de Novokuznetskaya, atravesada por una de las líneas de tranvía más veteranas de Moscú y donde suele tocar un cuarteto de jazz a poco que respeta el tiempo. El nivel medio de los músicos callejeros de la capital es primoroso, los pobres lidian con la policía, que se cobra una mordida diaria de entre 500 y 1.000 rublos (7-14€), y con el frío, claro. Tengo clavada la imagen de un guitarrista sacándole plumas al ‘Entre dos aguas’ de Paco de Lucía… con guantes porque había 5 bajo cero.

En la plaza hay también un pequeño jardín, donde en verano pone el Baga Bar su terraza de sofás tipo puff, que se espatarra uno la mar de a gusto con un gintonic. El garito funciona 24h y en mi última visita, entre semana, coincidí con una pareja de género ficción: una rubia oxigenada y un francés amanerado, que llevaba con correa a su mascota, “un gato africano”, o sea, un guepardo. Tengo debilidad, lo confieso, por los ambientes de fauna novelesca, reflejo del espíritu ruso, hortera pero genuino.

Foto de Gonzalo WanchaMe gusta también la plaza de Mayakovskaya, en honor a un poeta futurista soviético que estaba como una regadera. Tras una larga remodelación, ha quedado como una amplia zona peatonal, hasta columpios para adultos tiene (la foto es de Gonzalo Wancha). La plaza está coronada por el hotel Pekín, con el TimeOut en la planta 15, quizá la mejor terraza del centro, y bajo tierra esconde la estación de metro más bonita y con más historia de la capital.

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20160929_160443.jpgAunque si un sitio me hace tilín, ése es Vorobyobi Gori. No por el mirador, con su ambiente casposo mezcla de chinos y bodas. La mayoría se pierde la mejor foto, que no es a la ciudad sino a lo que queda detrás, el edificio de la Universidad Estatal con los jardines y fuentes en primer plano, y ese paseo de la fama con bustos de célebres científicos que allí estudiaron. Seguro que os suenan Pavlov, el del perrito, o Mendeleiev, el de la tabla periódica. El Vorobyovi Gori que me gusta está abajo, a la orilla del río, donde hace meandro. Hay gente sin estar colapsado, porque pese a ser relativamente céntrico en realidad queda apartado de la civilización. No hay un solo edificio de viviendas en dos kilómetros a la redonda, así que quien acude es porque realmente le apetece, como el que sale los jueves.

img_20160911_091204Lo digo en comparación con el vecino parque Gorky, otrora yonkódromo, hoy convertido en meca del postureo recreacional, además de saturado. No es que necesite al vecino paseando al perro en chanclas y calcetines, pero tampoco quiero sentirme underdressed en un parque con menos de una camisa. En Vorobiovy Gori, en cambio, igual tienes mocitas tomando el sol en tumbonas que abuelos mazaos paseando a pecho descubierto y ritmo marcial. En el embarcadero hacen parada los barquitos que cruzan el río, los baratos, con clientes de cerveza de lata y sin Instagram. Y por la arboleda encuentras instalaciones deportivas abandonadas, de tiempos de la URSS, y a domingueros haciendo barbacoa a escondidas. La verdadera Rusia al fin y al cabo.

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Foto de Ana Naumova

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Elecciones a la rusa

16 Sep

oe-2016El domingo hay elecciones en Rusia y una moscovita de clase acomodada, titulada universitaria, me admitió ayer que solo conoce a dos de los cuatro partidos en el Parlamento, Duma. “El de Putin, porque gobierna, y el de Zhirinovsky, por sus payasadas”. De los otros dos partidos no sabe ni el color político ni el nombre de su líder. Zhirinovsky, el de las payasadas, dijo hace algunos años lo siguiente de Condoleezza Rice, jefa de Exteriores estadounidense: “Es una puta negra que necesita una buena polla. Que nos la envíen aquí, una división de nuestro ejército la hará feliz una noche en un barracón, hasta que se ahogue en esperma ruso y le salga por las orejas”. El partido que lidera, LDPR, obtuvo un 9% de votos en las últimas elecciones y espera al menos repetir resultado el domingo.

Rusia, eso sí, ha superado ya la marranada de empapelar las calles durante la campaña, esa guerra tan española y trasnochada de ‘la tiene más grande quien más carteles pegue’… aunque no sirvan para nada. Un clásico que sí permanece son las inauguraciones de mobiliario urbano y obra pública en los días previos a los comicios, ya saben, para que los candidatos del partido en el poder se tiren la foto. Moscú luce hoy radiante tras todo el verano polvoriento por obras, hay nuevas zonas peatonales en el centro y una segunda línea circular de metro.

Tengo marcado a fuego un reportaje en la televisión estatal, en las noticias de hora punta. La típica pieza de previa sobre cómo se viven las elecciones en distintos sectores, y ese día tocó el ejército. Un joven soldado reconoció abiertamente y sin circunloquios que votan lo que les dictan sus superiores, “nosotros no estamos preparados para tomar una decisión así”. Para manejar lanzaderas de misiles intercontinentales imaginamos que sí están preparados… La cuestión no es baladí si tenemos en cuenta que el ejército ruso tiene un millón de soldados en activo y otros dos millones en reserva. En realidad, lo que me sorprendió no fue la afirmación del pobre muchacho, sino que el editor del canal estatal lo sacase en antena y ni se molestase en elegir otro testimonio. ¿Tan asumido y enraizado está el fraude electoral?

Según una encuesta reciente, más de la mitad de los rusos asume que efectivamente habrá fraude en las elecciones del domingo y uno de cada cuatro vendería su voto por un billete de 5.000 rublos (70 euros). La cuestión alcanza sus picos entre el funcionariado, especialmente de provincias. Una práctica habitual es la de jefes que exigen a sus empleados tirarse una foto con el móvil, a modo de prueba, depositando el voto en la urna con la papeleta del partido oficialista. Una exigencia que en algunos casos no se limita al funcionario sino que aplica a toda su familia, esposa e hijos en edad de votar. La fiesta de la democracia, vaya.

¿Quién echa de menos la URSS?

1 Sep

Soviet-Union-in-late-50s-15-1024x676Se cumplen 25 años de la caída de la URSS, acontecimiento pivotal en la historia del siglo XX y del que, reconozcámoslo, los españolitos de a pie apenas tenemos una somera idea. El aniversario exacto es el 25 de diciembre, cuando Gorbachov disolvió oficialmente la URSS. Para escarbar un poco en el asunto me he puesto en manos de la mejor, la premio Nobel Svetlana Alexievich, que se ha molestado en escuchar a los grandes olvidados de esta historia, los rusos de a pie que vivieron en primera persona la URSS y su disolución, el tránsito al capitalismo. Sus desventuras y reflexiones me interesan más que las lecciones de los historiadores occidentales, desde la distancia geográfica y el prejuicio ideológico, que sospecho abundarán en diciembre cuando se cumpla el aniversario. He sacado algunas frases del libro de Alexievich, de los testimonios que ella recogió y, como veréis, opiniones hay de todos los colores, ya cada uno saque sus conclusiones…

– Toda la vida estuvimos construyendo el socialismo y ahora dicen por la radio que el socialismo terminó. Pero, ¿qué hay de nosotros? Porque nosotros seguimos aquí

– Hoy he comprado tres diarios y cada uno cuenta su verdad. ¿Dónde está la verdad verdadera? Antes uno leía el Pravda de buena mañana y ya lo tenía todo claro

– “Me voy contigo”, le respondí sin siquiera preguntarle adónde. Y así nos fuimos juntos a Siberia, “¡A construir el comunismo!”. La campaña de ‘conquista de las tierras vírgenes’. El viaje en tren duró siete días y no dejamos de cantar himnos comunistas. Al llegar la nieve tenía la altura de un hombre y el escorbuto pronto se cebó con nosotros… Y ahora… Bah, Todo fue inútil, nuestros esfuerzos en balde. Es duro reconocerlo y vivir con ello

– Comunista es aquel que ha leído a Marx, anticomunista es aquel que lo ha entendido

– Bastaba que tuvieras dos vacas y dos caballos para que te consideraran un kulak, campesino enriquecido. Se los llevaron a todos a Siberia y los arrojaron en medio de la taiga

– Vivíamos en un país del tercer mundo lleno de misiles

– Cuando llegó el capitalismo, la inteligentsia se empobreció de manera vergonzosa. Te encogía el corazón ver en los comedores sociales la fila de ancianos de apariencia sofisticada

– Papá tenía dos títulos universitarios. El día que nos dieron talones para comprar calcetines se echó a llorar: “Es el fin de la URSS”

– Nos tirábamos horas haciendo cola para comprar pollos azulados, pero teníamos una patria

– Hubo piruetas alucinantes, con estos ojos vi a comunistas ‘honestos’ convertirse de un día para otro en creyentes ortodoxos y liberales. Deberían morderse la lengua antes de insultar lo que fuimos

– Nadie quiere una Rusia fuerte, con comunismo o sin él. Nos miran como un almacén de petróleo y gas, y nosotros se lo cambiamos por bragas

– En casa todos eran comunistas, mi madre me cantaba himnos revolucionarios en vez de nanas, y ahora se los canta a sus nietos. A veces la escucho y le pregunto si se ha vuelto loca, me responde que no conoce otras canciones

– Nuestra fe era sincera, aunque ingenua. Creímos que abandonaríamos los grises edificios que levantó Jrushev, que en la calle nos esperaban los autobuses que nos llevarían a la democracia

–  La gente se hartó de las banderas rojas, los falsos oropeles y las reuniones del Komsomol, el socialismo tomaba a la gente por idiota

– Un país de tornillos que sufren y tuercas que los aprietan

– En otro tiempo nos enseñaban que no había más dios que Lenin y Marx. Las iglesias fueron convertidas en almacenes de grano y remolacha. Ahora le gente ha vuelto a creer en dios, porque ya no hay otra esperanza

– Sasha se pasó 30 años trabajando en una fábrica de muebles, allí le creció joroba. En la fábrica se sentía en familia y precisamente de ella llegó su ataúd cuando murió. Uno de los caros: brillantes por fuera y forrado de terciopelo por dentro. Hoy en día esos ataúdes solo entierran a gánsteres y bandidos

– De Lenin andan diciendo que era un desertor alemán y que la revolución fue obra de una pandilla de marineros borrachos, cuando dicen esas cosas me tapo los oídos. Viví toda mi vida segura de haber nacido en el país más hermoso del mundo

– En viejo Arbat vimos a un anciano sentado sobre un ladrillo, tocando en el acordeón nuestras canciones más queridas, vestía una casaca con todas las condecoraciones recibidas a lo largo de su vida. Estaba rodeado de turistas, le daban palmadas en la espalda, se les notaba alegres, satisfechos. ¿Cómo no iban a estarlo? Tantos años temiéndonos y ahora…

– Me gustaba vivir en un imperio, la URSS dictaba su voluntad a muchos países del mundo

– Pegué un grito y llamé a un policía: “¡Mire esto!”. Pero el policía se limitó a repetir lo mismo que el vendedor: “son recuerdos del totalitarismo, solo perseguimos a quienes comercian con drogas y pornografía”. Pero, ¿acaso vender el carnet del partido por 10 dólares no es un acto de pornografía?

– Viéndolo desde la distancia, estoy convencida: éramos niños pobres e ingenuos, pero ni lo sabíamos entonces, ni teníamos envidia de nadie. Puede que aquello fuera una cárcel, pero me sentía más a gusto en aquella cárcel de lo que me siento ahora

– Cada uno de los millones de verdugos se consolaba diciéndose a sí mismo que no era él, que era el sistema

– Veo en televisión que volvemos a estar divididos entre ricos y pobres, quienes se hinchan a caviar y quienes no pueden ni comprar pan. Pronto estarán proclamando la grandeza de Stalin…

– Se beben cualquier cosa que arda, ya no quedan campesinos en las aldeas, se han muerto todos. Los dos o tres abstemios que suele haber por aldea se han ido a Moscú, las únicas que no se rinden son las mujeres, gracias a ellas todavía hay huertos produciendo algo

– La abuela se pasó toda la vida con miedo, esperando una hambruna o un arresto, por eso guardaba tanta comida y me repetía que mantuviese la boca cerrada

– A la puerta del campo de trabajos forzados de Solovki colgaba un lema bolchevique: “Con puño de hierro conduciremos a la humanidad hacia la felicidad”

– Nuestros padres crecieron en el país que ganó la IIGM, nosotros en el que perdió la guerra fría

– El Estado soviético vivió siempre en alerta desde su creación, no fue concebido para funcionar en tiempos de paz

– Los secretarios generales habían sido hombres salidos de la guerra, pero Gorbachov era esencialmente un civil, un producto de la facultad de filosofía. Mientras EEUU nos llamaba ‘imperio del mal’, nuestro comandante en jefe hablaba como un monje budista: “el planeta es la casa de todos”.

– Gorbachov profesaba un tierno amor por su esposa, un amor que no tenía nada de soviético. Yeltsin, en cambio, de buena mañana ya estaba pidiendo que le subiesen pepinillos y cien gramos de vodka. ¡Eso es lo que hacemos los rusos!

– Gorbachov cedió el poder sin derramar ni una gota de sangre, Yeltsin en cambio sacó los tanques a la calle y organizó una carnicería. Hay algo inconsciente en la mentalidad de este país que pide a gritos un zar

¿Por qué los rusos evitan veranear en Rusia?

24 Jun

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La inmensidad de Rusia está muy bien para fardar de mapa y encontrar petróleo en algún rincón recóndito, pero de ahí a un mínimo interés por descubrirlo va un trecho. La cordillera de Altai, la península de Kamchatka, el lago Baikal… “Qué obsesión tenéis los occidentales con Siberia, ¿pero qué se me ha perdido a mí allí?”, me espetó mi profesora de ruso, aficionada a esquiar en los Alpes, como gusta de presumir en su cuenta de Facebook. Lo mejor que ha respondido un ruso a mi idea de hacer el transiberiano, es decir, descubrir su país, es si no me da miedo. Se ve que no escuchó a papá, cuando dijo en abril que “Siberia es más seguro que París”.

De los moscovitas que conozco apenas la mitad ha visitado alguna vez San Petersburgo, que está a tiro de piedra y es de las ciudades más bonitas de Europa, y prácticamente ninguno ha puesto nunca un pie en Kazán, tercera urbe del país. Durante las décadas de Unión Soviética los rusos no podían viajar fuera del bloque comunista y, ahora que sí pueden, veranear en su país les parece ‘de poco prestigio’. Patriotas proclamados hay muchos, otra cosa es volver a la oficina tras las vacaciones y tener que reconocer que en realidad te quedaste en Rusia. “¿Qué van a pensar mis seguidores de Instagram?”

Una agente de viajes del extrarradio de Moscú me cuenta que el presupuesto medio para viajar este verano son 50.000 rublos, aproximadamente el sueldo de un mes, que al cambio de 2013 eran 1.250 euros, pero hoy se quedan en 670. Los rusos cuando viajan no son de escatimar y con esos 670 no alcanza ya para alardes en destinos europeos, ni soñar con Francia o Italia, si acaso Bulgaria, Chipre o un apartahotel en Lloret de Mar. Si le sumamos que se han caído este año de la ecuación Egipto y Turquía, los dos países que más rusos recibían, para muchos las opciones se reducen a quedarse en casa, ir a la dacha o veranear en el país.

El gobierno viene desde hace un par de años promocionando el turismo de costa interno con descaro y cierta torpeza, a poder ser destino a Sochi, ciudad fetiche del presidente y el mayor despilfarro de la historia olímpica, o a la península de Crimea, por darle alguna utilidad, porque desde la anexión es un pozo sin fondo de gastos. Así, los escaparates de las agencias de viajes de Moscú los copan carteles con gangas a destinos nacionales, especialmente Crimea, a donde el Estado costea buena parte del precio del vuelo.

Sin embargo, si se trata de posicionarse como turismo de playa, Rusia tiene malas cartas y prejuicios heredados. Según una encuesta de diciembre, y para disgusto del Kremlin, dos de cada tres rusos no conciben que Crimea pueda sustituir a Turquía y Egipto como destino, debido a la “falta de infraestructura” y “escasa amabilidad del servicio”.

En las playas, que son de rocas, no hay salvavidas, duchas o chiringuitos, los cajeros automáticos básicamente no funcionan y “los camareros son tan antipáticos como en Moscú”, me enumeraba una amiga. A falta de otros ingredientes, a los funcionarios se les ‘sugiere’ veranear dentro del país y a los miembros de los cuerpos de seguridad directamente se les prohíbe salir al extranjero, ya se sabe, no les vaya a seducir la CIA de viaje por Occidente. Los ministros, por aquello de predicar con el ejemplo, se fotografían públicamente haciendo kayak en la Rusia profunda, aunque luego tengan casoplón en la Costa Azul. La cifra de visitantes a Crimea sigue muy por debajo del último año que perteneció a Ucrania, cuando la península era tristemente conocida como “destino de mineros borrachos”. Y a la desesperada llegan las ideas de bombero, como cuando el presidente regional, otrora traficante de cigarrillos, propuso regalar parcelas a estrellas de cine “para convertir la península en un nuevo Beverly Hills”… Aún espera la primera llamada.