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Salir con un ruso, una experiencia vintage

5 May

flower_sales_tass_289497_b“Lo que más exporta Rusia no es petróleo ni armas sino la belleza de sus mujeres”, palabra de Iñaki Ortega, periodista de bandera y filósofo ocasional. Ellos, en cambio, son casi un tabú. En cinco años en el país conocí cientos y cientos de extranjeros con rusas, pero del caso opuesto podría contarlos con los dedos de una mano… y me sobrarían dedos. El choque cultural es de proporciones bíblicas, algo así como salir con tu abuelo, una cita del siglo XX.

Conozco a una occidental con puestazo, afincada en Rusia, que un buen día se cansó de salir con europeos, que según cruzan el telón de acero gastan una vida de alcoba digna de Julio Iglesias. Se liberó de complejos y le dio una oportunidad a un ruso. Salieron un par de veces y a la tercera Serguei le invitó a cenar a casa. Abrió la puerta y ayudó gentilmente a la dama a quitarse el abrigo, todo iba viento en popa… hasta que abrió la boca. “La cocina está al fondo, yo esperaré aquí”, dijo y se sentó en el sofá, a ver la tele con los pies en la mesa mientras esperaba la cena. Eso un ruso educado y de capital. No hubo cuarta cita.

Conocí en Rusia a unas cuantas occidentales, bien guapas pero resignadas a la soltería mientras viviesen allí. Recuerdo especialmente a Valeri, una francesa en sus treintaytantos. “Es muy guapa, ¿sabes?”, me dijeron antes de conocerla. “¿Y no tiene pareja?”, pregunté. “No”. Pues no será tan guapa, pensé inocente para mis adentros. ¡Ja! Resultó que Valeri no era guapa, era guapísima, una mujer de bandera, con muchísima clase, el tipo de chica por la que harían fila en cualquier garito de Madrid. “Estoy harta de los europeos mujeriegos y los rusos no son una opción”, me explicó. Había desistido de buscar, era feliz con su trabajazo y un grupillo de amigas a modo de familia. Algún día regresaría a Francia, con los bolsillos llenos y un currículum de impresión, e igual se la seguirían rifando.

La escasez de parejas chica occidental-chico ruso se debe, no solo al desinterés de ellas, sino al recelo de ellos, intimidados en general por el discurso de igualdad de género. La Rusia de Putin es una sociedad muy conservadora, presume de unos valores de familia y pareja similares a los del franquismo en España, por eso decía lo de salir con tu abuelo. Lo cual no quita para que una cita con un ruso pueda también tener su encanto, en función de lo que priorices. Te recoge en casa y te lleva a la puerta, siempre paga, te abre la puerta y carga la maleta, te regala flores sin motivo aparente y se pegará con cualquiera por ti, literalmente. Un John Wayne.

Conviene además desmontar el mito urbano de que los rusos son feos, no se sostiene si tienen los mismos genes que ellas, tan guapas. El asunto es que, mientras las rusas gastan horas y fortunas en su imagen, sea en ropa, gimnasio, dietas, peluquería o maquillaje, ellos son lo contrario. “He conocido a rusos con un aspecto digno de Dostoievski, en serio, con barba de varios años y que desconocen la existencia del desodorante”, relata Carmen, una veterana madrileña en Moscú. No son generalidad, pero doy fe de que existen, sobre todo en el mundo académico y bohemio, la antigua ‘inteligentsia’.

Los rusos se cuidan poco porque generalmente no necesitan de su aspecto para encontrar una mujer guapa. No diré que no ayude, pero no es un factor clave. Primero, la rusa concede menos importancia que la española a los abdominales, da prioridad a que el hombre sea respetado, seguro de sí mismo y tenga dinero. Además, hay más mujeres que hombres en el ‘mercado’, un desequilibrio dado por ese cierto porcentaje de ellos fuera del sistema, alcoholizados, yonkis, etc, un problema que se acentúa según te alejas de las grandes urbes. Hay zonas del país donde el triunfo sigue siendo encontrar a un muchacho decente, aseado y con todos los dientes. Conocí a bastantes rusas de provincias a las que cualquier moscovita, como el de los pies encima de la mesa, les parecía un Richard Gere comparado con los mozos de su pueblo. Como todo, es cuestión de perspectiva.

La degeneración del 8 de marzo

13 Mar

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El chico se levantó ingenioso, el 8 de marzo quedaba a la vuelta de la esquina y le propuso a su novia regalarle flores, no el propio día 8 sino el 9, que son más baratas y con el mismo dinero podría regalarle un ramo mucho más grande. La sola propuesta a punto estuvo de costarle la relación, porque “no se trata de las flores en sí, bobo, sino de poder enseñarlas”, no ser menos que la compañera de oficina, presumir en Instagram, que todos conozcan lo querida y espléndida que eres. Pese a las flores, el 8 de marzo en Rusia no puede ni siquiera considerarse un segundo San Valentín, pues no tiene la excusa del amor, es simple postureo vacío, agasajar porque sí.

A esto ha quedado reducida la celebración del Día Internacional de la Mujer en la crecientemente conservadora Rusia de Putin, a una bacanal de la industria de las flores con ellas como sujeto pasivo. La Iglesia Ortodoxa, con una importante ascendencia en las instituciones, la rechaza de plano por su origen socialista. “Es una fiesta feminista que no tiene nada en común con la tradición de mujer rusa, diosa de su hogar y madre devota”, explica Svetlana, esposa de un pope ortodoxo.

Según la estadística, los rusos gastan unos 500 millones de euros en regalos este día. No hay rastro del sentido reivindicativo de igualdad con el que nació la jornada hace un siglo, ni a pesar de las 14.000 mujeres que murieron por violencia doméstica el último año que el Kremlin se atrevió a hacer pública la cifra (2008). Por comparar, en España murieron 44 el año pasado, y ya nos parecen muchas. Paradójicamente, Rusia es uno de los primeros países del mundo que incorporó a la mujer al trabajo y le concedió derecho a voto, de hecho, fue el primero que institucionalizó el Día Internacional de la Mujer en el calendario, en 1917, a renglón seguido de la revolución, en la que jugaron un papel destacado las trabajadoras textiles de Petrogrado.

Y si el 8 de marzo es el Día de la Mujer, el 23 de febrero es el del Defensor de la Patria, que nació con un carácter militar, como casi todas las festividades en Rusia, pero se ha terminado convirtiendo en una celebración puramente civil: el Día del Hombre. Las agentes de tráfico visten ese día de minifalda (¡en febrero!) y paran a los camioneros para desearles una feliz jornada. Entrañable.

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Un pedazo de Rusia en Madrid

12 Ene

20170112_155803 (1).jpgSolo hay que ojear TripAdvisor para entender que no hay muchos restaurantes rusos en Madrid. Uno de los pocos, ‘Las noches de Moscú’, en pleno Malasaña, remontó el vuelo tras protagonizar un episodio de Chicote, Pesadilla en la Cocina. Lo que ni Trip Advisor ni Chicote saben, aunque sea voxpopuli entre la comunidad eslava local, es que la mejor comida rusa de la capital se encuentra en el barrio obrero de Hortaleza, en la catedral ortodoxa de Santa María Magdalena. Se inauguró en 2013, coronada por cinco cúpulas de cebolla doradas, que representan a Jesús y a los cuatro evangelistas. Los domingos se reúne la parroquia, rusos y ucranianos en perfecta comunión, un evento familiar al que los feligreses llevan platos de cocina tradicional preparados en casa: vlinis, olivié, kotlet, borsch, pelmeni… En realidad la mayoría en Madrid son ucranianos, inmigración laboral, poco que ver con el perfil de las parroquias de costa (Torrevieja, Mallorca, etc), donde abundan emprendedores, jubilados y vividores, rusos principalmente.

Según el INE, hay unos 60.000 empadronados en España, pero solo 5.000 en la provincia de Madrid, que “no ejerce para los rusos la misma atracción que otras capitales europeas, como Londres o París”, explica Andréi, prelado de la Iglesia Ortodoxa rusa en España. Tiene 33 aunque aparenta ciertamente más, por aspecto y también por sabiduría. Su apariencia es impresionante, con la barba frondosa que se supone a los popes y cerca de dos metros de altura, enfundados en hábito negro (rason). Prefiere escuchar y cuando habla lo hace despacio, no da puntada sin hilo. Además de templo religioso, la basílica acoge una escuela de ruso, tanto para adultos como para niños, adoptados en su mayoría. El recinto hace también las veces de vivienda de Andrei, donde reside con su esposa porque, sí, los popes rusos pueden casarse, una de las diferencias entre la iglesia ortodoxa y la católica, ambas cristianas.

Pese a su cargo, le conozco principalmente como amigo de mi padre, ateo convencido, una de las amistades más singulares e improbables que se pueda imaginar. Pero es que Andréi no es un cura corriente. Aunque ahora regente una basílica de cúpulas relucientes, en los 13 años que lleva ya en España no ha rehuido nunca el ‘trabajo sucio’. Le conocen en Meco, Navalcarnero o Estremera, donde todas las semanas acude a dar servicio religioso a reclusos ortodoxos, principalmente chicos de los recados de mafias de Europa oriental. Trata a todos los fieles por igual, ese precepto que se supone a toda iglesia pero tan pocas veces se cumple. En una de esas prisiones, la de Soto del Real, fue donde conoció a mi padre, que organiza en el mismo horario talleres culturales para los internos. Después van juntos a tomar chocolate con churros en un bar del pueblo, donde cotillean sobre el módulo 3, el de “los reclusos chungos”, ante la atónita mirada del camarero.

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Rescoldos de la Guerra Fría

13 Sep

20160908_125704En la taquilla donde compro la entrada se venden también suvenires, en su mayoría de Stalin, que mandó construir el búnker en 1950 porque su antiguo refugio antiaéreo no servía para la era nuclear. “Su padre fue un zapatero alcoholizado que levantaba la mano en casa. Él ganó la II Guerra Mundial y convirtió a la URSS en una potencia nuclear, sin embargo, ya veis, algunos le acusan ahora de una supuesta represión sangrienta”, alecciona el guía, que viste uniforme militar y al que suponemos un demócrata convencido.

El museo, donde la entrada para extranjeros cuesta el doble (30 euracos), está “orientado a educar a la juventud en el patriotismo”, según reza la web oficial. Se calcula que solo en Moscú haya unos 200 búnkeres nucleares, conectados por una red de metro secundaria. La mayoría estaría todavía en activo, por lo que su existencia y ubicación sigue siendo secreto de Estado, pese a que la guerra fría terminó hace cuarto de siglo. El de Taganka, a solo 2,5kms del Kremlin, no es secreto porque quedó obsoleto y en 2006 fue vendido por 1,7mill€ a una empresa privada, que además del museo montó un restaurante-karaoke (¡!).

La entrada, a través de una casa de calculada apariencia corriente, tiene muros de 10 metros de ancho y la primera estancia es una sala de descontaminación nuclear. El búnker en sí se encuentra a 65 metros de profundidad, el equivalente a un edificio de 18 pisos, que toca bajar y subir a pie. “El ascensor está reservado a los discapacitados”, explica el simpático guía, joven y sano, que sube y baja por supuesto en ascensor. Todo muy soviético. Aunque Stalin nunca llegó a ver construido su búnker, pues murió tres años antes, el museo le ha dedicado una de las estancias, con un maniquí sentado en su mesa de trabajo. “Tenía un sofá en el despacho para echarse la siesta y una mesa con un tablero de ajedrez. Le gustaba jugar con sus agentes de seguridad, que debían dejarse ganar siempre”, relata el demócrata.

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En la construcción del lugar se empleó a los mejores obreros del metro de Moscú, bajo una estricta cláusula de confidencialidad. El recinto consiste en 7.000 metros cuadrados divididos en 4 secciones (mando, comunicación, dormitorios y suministro), en forma de cilindros de acero de 9 metros de diámetro. Por seguridad y paranoia, la mayoría de los empleados desconocían el verdadero tamaño del búnker, su estructura y funcionamiento, y su labor se limitaba a responder al teléfono y presionar el botón rojo o negro. Los invitados ocasionales llegaban y salían con los ojos vendados para mantener en secreto la ubicación.

Junto al centro de mando había un despacho reservado a Yuri Levitan, cuyos partes radiofónicos durante la IIGM sostuvieron la moral soviética, tanto, que Hitler le proclamó objetivo nº1 de la campaña rusa, por delante incluso de Stalin. Con el tiempo se convirtió en la voz del régimen, reservada para los grandes anuncios, como la muerte de Stalin o el primer viaje del hombre al espacio, unas alocuciones que comenzaban invariablemente con el célebre “Vnimanye, gavarit Moskvá” = “Atención, habla Moscú”.

El búnker tenía almacenadas 20 toneladas de víveres, pensadas para acoger al estado mayor (3.000 personas) durante 30 días, que es “lo que se calculaba llevaría ganar la guerra nuclear a los americanos”. En realidad solo entró en servicio una vez, en la crisis de los misiles de Cuba, 1962. Funcionó a pleno rendimiento durante 10 días y aquí se tomó la decisión de recular en la instalación de misiles en la isla. En el centro de mando están expuestos cuatro modelos de misiles nucleares a escala, el primero de ellos, el R-7 Semiorka, fue diseñado por Karalióv, el genio de la cosmonáutica soviética, y “podía alcanzar EEUU en 33 minutos”. Rusia llegó a tener hasta 360 de sus misiles más potentes, los Topol, “suficientes para destruir todo rastro de vida en América, desde Argentina hasta Alaska”, presume el guía. “Hoy quedan solo 78”. Reconfortante, ¿verdad?

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Transiberiano V: Kazán

20 Ago

20160820_144906Fue la única vez en todo el viaje que me topé con policías dentro del tren. Abrieron la puerta del compartimento y nos pillaron con dos litronas de cerveza. “¡Sabéis que no se puede beber aquí!”. Por un momento se hizo el silencio. “Tranquilo, que lo dicen de broma”, me aclara Sasha, en inglés para que no lo entiendan los agentes. “¿De dónde es tu amigo?” – “De España”, responde mientras pongo cara de no entender ruso ni haber roto un plato en mi vida. “Pues cuídale bien, pero no hagáis mucha bulla, que vuestros vecinos parece que van a dormir”. Se cierra la puerta. Conocí a Sasha y a su novia Marina en el tren de noche Ekaterimburgo-Kazán y a los 15 minutos ya se había quedado pequeña la mesilla: pescado ahumado, pastel de carne, patatas fritas con la cara de Messi y cerveza, mucha cerveza.

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No es que me invitasen, es que les hubiese ofendido de no unirme. Los rusos pueden ser cortantes de entrada, pero no es difícil romper el hielo, entonces son espléndidos, en seguida te abren las puertas de su casa, rasgos que se acentúan en el microcosmos de un vagón de tren. Tienes que venir a visitarnos a ‘Mari-El’, me retan. “¿Mari qué? Mi madre se llama Maribel…”. Nunca subestiméis la geografía rusa. En casi cinco años en el país nunca había oído mentar el lugar y solo entendí el nombre cuando me lo escribieron en un papel. Mari-El, que en serio así se llama, tiene rango de república, de las que en Rusia hay 22. Son regiones con un estatus especial, se reconoce a un grupo étnico, se permite un idioma cooficial y cierto grado de autonomía, aunque igual el que manda se dicta a dedo desde Moscú.

En la primera parada larga del trayecto me bajo a repostar cerveza para todos, que no hay que ser gorrón, pero no encontré abueletes con la fresquera y al ser más de las 23h los puestecillos de la estación ya no vendían alcohol. “Prueba en el vagón bar”, me ilustra un revisor. El vagón bar resulta todo lo decadente que había imaginado: luces de colores parpadeando y ni un alma, salvo una camarera entrada en los cuarenta con un escote incomprensible. “Vuelve cuando quieras, majo”. Terminé la noche someramente achispado y convencido de visitar a la tal Mari-El más pronto que tarde.

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Amanezco en Kazán, capital de una de esas 22 repúblicas rusas, una de las dos únicas que conocía antes de este viaje, la de Tartaristán. La otra es Chechenia, por la guerra. En Tartaristán también hubo guerra, hace más tiempo, pero vaya que si la hubo, de aquí le viene a Iván el apodo de ‘El Terrible’. Tras un largo asedio y no dejar piedra sobre piedra, logró en 1552 conquistar la ciudad, capital del Kanato, una importante región musulmana a orillas del Volga. Para conmemorar aquella victoria, por cierto, se levantó la catedral más famosa de Rusia sino del mundo, la de San Basilio en la Plaza Roja, la de las cúpulas de colores. Hoy musulmanes y eslavos conviven en una armonía aparentemente ejemplar, los velos de unas con las minifaldas de las otras. De hecho, el símbolo de la ciudad no es ninguna iglesia sino una enorme mezquita dentro del Kremlin, con forma de nave espacial, terminada en 2005 y nombrada en honor a un clérigo que murió en ese asedio de 1552, cuando los rusos echaron abajo el templo original.

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Recorro al atardecer la calle Bauman, conocida como “el Arbat de Kazán”, una apelativo que ya me he aprendido durante el viaje, pues lo utilizan casi todas las ciudades de Rusia para dar importancia a su principal vía peatonal. La de Kazán tiene menos museos y menos gente que la de Moscú, pero también menos restaurantes de cadenas y está renovada con gusto, igual que todo el centro de la ciudad, el efecto imagino de acoger el verano pasado los mundiales de natación y con el de fútbol ya a la vuelta de la esquina.

No hace falta ser economista para entender que Tartaristán es una de las regiones más acaudaladas del país y la de personalidad más marcada: es habitual escuchar tártaro por la calle, hay más banderas regionales que rusas, los carteles están en ambos idiomas y en las tiendas no ves ni un souvenir con la cara de Putin, que son el bestseller en la capital. A un españolito le pueden parecen cosas normales, con nuestra ensalada de separatismos, pero son rara avis en la Rusia de Putin, poco amigo de los nacionalismos dentro de casa y que ha hecho del patriotismo bandera.

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Kazán es la última parada de mi transiberiano antes de volver a Moscú, reconciliado con el país tras verlo al fin con algo de perspectiva. Un viaje ‘once-in-a-lifetime’ con el que, confieso, fantaseaba antes ni de saber que acabaría viviendo en Rusia. Algunos días después de mi regreso, mientras cierro estas líneas, se me vienen flashes de los paisajes de Oljón, y los templos budistas de Ulan-Udé, con esas colinas peladas hasta donde alcanza la vista, y en mi cabeza aún resuena el traqueteo del tren.

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Transiberiano IV: Ekaterimburgo

12 Ago

IMG_20160805_122803El tramo más largo de mi travesía son las 40 horacas entre Krasnoyarsk y Ekaterimburgo, que sin embargo empequeñecen al lado de mis vecinos de compartimento, Lena y su niño pequeño, que vienen de visitar a los abuelos en Irkutsk y se comen 4 días de tren ininterrumpido hacia Moscú. Se ahorran 150 euros por cabeza respecto al avión. En los andenes de todas las estaciones donde hace parada el tren hay abuelas vendiendo tomates, pepinos y piroshkis: panecillos rellenos de repollo o huevo duro con cebolla. Me bajo a media noche en una estación de nombre muy descriptivo, Taiga, para comprar un par de piroshkis y estirar las piernas, en pijama, que en el tren es el uniforme estándar. El de Lena es rosa, combinado con el equipo completo de abalorios dorados, porque una es rusa hasta en el tren.

Una confusión habitual es suponer que el transiberiano es un tren. No, es una línea de ferrocarril por la que circulan trenes de todo lustre y cometido. Muchos son de mercancías, carbón en un porcentaje alto. También hay un puñado de trenes turísticos, como el Rossiya 1 o el Golden Eagle, con decoración retro y precios astronómicos. Sin embargo, la inmensa mayoría de los trenes son antiguallas en las que viajan los rusos de provincias, cuyas ciudades no están conectadas por avión o éste resulta demasiado caro. Yo viajo en estos últimos, en segunda clase, kupé, que consiste en compartimentos de dos literas.

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“Anoche durmió en tu cama un joven que se enganchó una buena borrachera en el vagón bar”, relata Lena, aliviada al ver que no paso de una birra con la cena. En platzkart (tercera clase) estas cosas están a la orden del día, dice mientras se da golpecitos en el cuello con el dedo, gesto en Rusia del alcoholismo. “Una viaja en kupé con la esperanza de evitarlas, pero nunca sabes con quién compartes vagón…”, resopla. En realidad, en muchas rutas de largo recorrido hay vagones y compartimentos divididos por sexos, asumiendo que el vicio en Rusia es mayoritariamente cosa de hombres.

En los primeros trenes transiberianos, aquella atracción de feria para la nobleza europea de finales del XIX, además de biblioteca y pianista, había un vagón iglesia con sacerdote propio, hasta llegó a ponerse de moda casarse en el tren. Como imaginaréis, el vagón iglesia desapareció con los bolcheviques, pero en 2005, en el contexto del creciente poder de la iglesia ortodoxa desde que gobierna Putin, el patriarcado de Moscú y la compañía nacional de ferrocarriles (RZD) firmaron un convenio para recuperar parcialmente la tradición.

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En estas he dejado atrás Siberia y llegado a Ekaterimburgo, capital de los montes Urales y frontera de facto entre Europa y Asia, título que comparte entre otras con Estambul.  Visito el monolito que marca el lugar, a 15 kms de la ciudad, y donde es tradición beber champán, una copa en cada continente. Hace un calor del carajo y, aunque son solo las 11 de la mañana, me pimplo media botella en modo Fanta limón. Es mi homenaje a Boris Yeltsin, hijo ilustre de Ekaterimburgo, al frente del país en los noventa y conocido bebedor. Era buen presidente de 9 a 12 de la mañana, leí en una biografía, después resultaba imposible tener una reunión seria porque ya iba trompa.

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Me acerco al modernísimo museo interactivo que se ha abierto para repasar su figura, bastante complaciente, por cierto, ni una sola vez se menciona la palabra alcohol y se pasa por alto el ‘detallito’ de que vendiese el país a un puñado de oligarcas de su club de tenis. Los años 90, los de Yeltsin, se recuerdan también en Rusia por las guerras de clanes mafiosos. Los puntos más calientes eran Samara, el sur de Moscú y Ekaterimburgo, donde una agencia local ofrece hoy una excursión de lo más freak, por cementerios de la ciudad para visitar las ostentosas tumbas de los capos que murieron en aquellos años.

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Durante las décadas de URSS la ciudad de Ekaterimburgo se llamó Sverdlovsk, en honor a la mano derecha de Lenin, quien supuestamente ordenó la muerte del zar y su familia. El triunfo de la Revolución dio paso a la guerra civil y para julio del 18 el ejército blanco se acercaba a Ekaterimburgo, donde la familia del zar se encontraba presa en la casa del ingeniero local Ipatiev. Ante el temor a que su liberación supusiera un vuelco moral en la contienda, de buena noche se los acribilló a tiros en el sótano. Para que no se supiese del asesinato de los niños, que hubiese resultado impopular incluso en las filas propias, se quemaron los cuerpos de todos y se enterraron en una mina 15 kilómetros al norte de Ekaterimburgo, donde se levanta hoy un monasterio de iglesias de madera, Ganina Yama. “Cada 17 de julio, coincidiendo con el aniversario, hay una peregrinación desde el centro de la ciudad , esos lirios blancos marcan el lugar”, me cuenta Maxim en voz baja, como para no perturbar la paz del lugar.

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El último de los Romanov, fanático religioso y con la sangrienta represión de 1905 en su currículum, fue canonizado en 1981 junto a su familia por la Iglesia ortodoxa (desde el exilio) y en 1997 enterrado con honores en San Petersburgo. Sobre el lugar de su ejecución en Ekaterimburgo, la casa de Ipatiev, derruida hace años, se ha erigido en su memoria una formidable catedral de estilo bizantino y generosa en adornos de oro. Paradójicamente, a escasos 300 metros, en una avenida principal y frente a la Ópera, se mantiene una enorme estatua en honor a Sverdlovsk, el que supuestamente ordenó su muerte y que aún da nombre a la región. Recordé entonces el símil que había escuchado en Siberia, que la historia de Rusia es cómo una tarta, cuyas capas no se anulan sino que sencillamente se superponen.

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Una noche en la ópera

24 Abr

Swan-Lake-Bolshoi-Theatre-Moscow-henri-bresson-1954Ni para la oficina me pongo camisa, no creáis, pero para el ballet-ópera no dudo en desempolvar, ya no la camisa, sino hasta la americana. No porque lo exija la etiqueta, no al menos en Rusia (el Bolshoi define su dress code como “muy democrático” = todo menos pantalones cortos) sino para sentirme participe de la otra función, la social. He ido cinco veces en Moscú y reconozco que casi tanto como de la representación disfruto del evento que la rodea, del pavoneo. La cafetería bulle en los entreactos, se disparan los decibelios y se crea durante unos minutos un ambiente eléctrico y genuino.

No faltan acaloradas discusiones sobre el montaje del director entre eruditos de coderas y cuello vuelto. Pero también hay galanes, dos botones de camisa desaborchados, con inquietudes mucho más mundanas, tirando fichas a bellezas vestidas de promoción con una copa de Moet en la mano. Puedes cruzarte con hípsters en vaqueros y abuelas engalanadas. No falla tampoco algún expatriado descifrando con torpeza el programa y embobado con la lámpara de araña, entre los que lógicamente me cuento. En fin de semana el ambiente es más familiar, ves renacuajos correteando y niñas imitando a Odette, el cisne blanco del lago.

El espectador de ópera y ballet en España pertenece en general a una endogámica elite de cincuentones de clase acomodada, de los que conducen Volvo. En Rusia, sin perjuicio de calidad, es en cambio un evento más democrático, la afición salpica a muchas más capas sociales. Cuestión de tradición. Ayuda que, como hay feroz competencia y los artistas cobran cuatro perras, la calidad es alta y los precios asequibles. Por comparar: un asiento decente para la Ópera de Madrid no baja de 80/90 euros, mientras en el Stanislavski (segundo mejor recinto de Moscú) son unos 20 euros. Todo hijo de vecino puede permitirse una noche en la ópera, lógica aplicable a cualquier evento público, excepción de los conciertos de artistas internacionales, que visitan la ciudad a cuentagotas y en los que hacen el agosto las aves de rapiña del mundillo del espectáculo local. Una rapiña que en el caso del teatro sólo alcanza al Bolshoi.

Antiguamente una cuadrilla de abuelas compraba todas las entradas de la temporada el mismo día que salían a la venta (fecha que era secreto de estado), un taco generoso que revendían después en los alrededores a turistas y nuevos ricos. Las abuelas eran sólo peones, claro, el último eslabón de una cadena de comisiones y favores en cuya cúspide se situaba la taquillera jefe del Bolshoi, de la que se solía decir que era una de las personas más influyentes de Moscú. Hoy sigue funcionando la mafia, pero de forma menos visible. Internet ha restado poder a la taquillera jefe en favor de ‘agencias’ online de reventa. Todo redunda en el precio de la entrada, ya de por sí cara en el caso del Bolshoi, el de verdad, claro, no esas compañías que se apropian el apellido y recorren la España de provincias.

Conocí en navidad, por cierto, a un bailarín de una de esas compañías, fue en un antro del centro de Moscú, de camareras que lo han visto todo y un vodka barato de cuyo nombre no quiero acordarme. Bajito pero bien parecido, vestía el divo un traje que le quedaba grande y un ridículo sombrero de copa. Reconocí que había pasado ya casi todas las etapas de la noche cuando se acercó a nuestra mesa a mendigar una última ronda. Me narró en un ininteligible ruskinglis sus desventuras por Mallorca y se arrancó con un baile ‘español’ que acabó por los suelos. Se levantó con aire digno y nos confesó que “si no eres titular en el Bolshoi o el Marinski, es una pérdida de dinero seguir en Rusia”, a lo que lógicamente contestamos invitándole a ese último trago.