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¿Por qué los rusos son tan malos al fútbol?

5 Jun

Russia fans hold up giant banner before Euro 2012 soccer match against Poland in WarsawEn unos días arranca el Mundial de fútbol, el primero que acoge Rusia en su historia, y algunas miradas se dirigen hacia su selección con una pregunta: ¿Cómo un país europeo de tanta población y con cierta tradición de fútbol ocupa el puesto 66 del ránking FIFA, por debajo de Honduras, Finlandia o Burkina Faso?

1) El deporte en Rusia está muy atomizado, a diferencia de en España, donde para bien y para mal el fútbol lo engulle todo, tanto a nivel mediático como en inversión pública y privada. Como herencia de tradición soviética, cuando los rusos se medían las colas con los americanos en el medallero, queda en el país una gran afición por los deportes olímpicos. Así, los dos principales periódicos deportivos, Sovietski Sport y Sport Express, igual te abren la portada con fútbol que con rítmica, patinaje, baloncesto, sincronizada o, por supuesto, hockey hielo, el otro gran deporte nacional. En España, en cambio, antes abren con un esguince de Ramos que con un oro europeo de Javier Fdez. La repercusión mediática trae aficionados y patrocinadores, es una ecuación conocida. Luego hacemos el ridículo cada cuatro años en los JJOO, echamos la culpa a “los políticos” y volvemos a casa con la conciencia tranquila.

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2) A Putin se la resbala el fútbol. Lo suyo son el hockey hielo, el judo y las artes marciales mixtas. Todos los años participa en partidos benéficos de hockey, con amiguetes oligarcas y jugadores retirados, la foto es un clásico de los memes. Asiste cuando se lo permite la agenda a combates de artes marciales mixtas y mantiene amistad con algunos de los gladiadores. Aunque su favorito es el judo, fue su deporte de juventud y no duda en enfundarse el kimono siempre que puede, si hasta grabó en su día un vídeo tutorial con llaves. Pero, ¿quién le ha visto dando una patada a un balón? Sólo asiste a partidos de fútbol cuando es absolutamente imprescindible por motivos de protocolo, para acompañar al presidente de la FIFA en el palco o similar. Y en un país con el poder tan centralizado en una persona como Rusia, que a esa persona no le guste el fútbol es un hándicap. Los derechos de televisión de la liga no valen nada y los estadios están medio vacíos, registran menos asistencia media que la segunda división alemana. Con una llamada de Putin a un par de oligarcas la cosa empezaría a carburar, pero no sucede. Las comparaciones son odiosas: los combates de una disciplina desconocida en medio mundo como las artes marciales mixtas se retransmiten en la tele pública en prime time y algunas de sus estrellas van en las listas a la Duma por el partido oficialista.

3) En media Rusia no se juega al fútbol. Suena fuerte pero es así, de los Urales hacia el Este, o sea, en Siberia, con una población de 40 millones, apenas saben lo que es un balón. Ninguna ciudad de esa vasta región, cinco veces el tamaño de la Unión Europea, acogerá partidos del Mundial. Por motivos climatológicos evidentes, allí mandan deportes indoor, sobre todo el hockey hielo y algunas disciplinas olímpicas de fuerza, como halterofilia o grecorromana. Si os interesa el tema, publiqué hace unos años un reportaje sobre el fútbol en Siberia.

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4) Los futbolistas rusos son unos losers, están aburguesados en su propia liga, sobreprotegidos por esa norma que exige cinco nacionales siempre sobre el césped. Jugando en su país ganan sueldos por encima de su valor real en el mercado internacional y por eso ninguno emigra, a ligas occidentales más competitivas donde medir su valía y crecer como jugador. Ese aburguesamiento se nota en el carácter sobre el césped, futbolistas de talento que empequeñecen ante la adversidad, incapaces de levantar un partido, lo contrario a italianos, españoles o argentinos, tan cancheros y aguerridos ellos. No es de extrañar que la última generación destacada del fútbol ruso fuese la de primeros noventa, la que tuvo que emigrar para ganarse el jornal durante la grave crisis a la caída de la URSS. No llegaron muy lejos como selección, pero muchos se asentaron en la burguesía de ligas de nivel como la española, pienso en Mostovoi (Vigo), Onopko (Oviedo y Rayo), Karpin (Real Sociedad), Lediakhov (Sporting), Salenko (Valencia) o Radchenko (Santander), entre otros.

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Las elecciones ‘seguras’, el triunfo de Putin

18 Mar

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Pasé cinco años en Moscú, la mayoría cubriendo información para medios españoles, y como corresponsal me esforzaba por escribir previas y análisis electorales la mar de sesudos. Me pagaban por ello, pero además me tomaba en serio lo que escribía: los sondeos de intención de voto, los programas electorales, etc.

Hoy desde la distancia entiendo un poco mejor el sainete que constituían y constituyen, y  del que yo con mis crónicas sesudas participaba involuntariamente. Si una palabra resume mi actitud hacia las presidenciales de este domingo es ‘pereza’. Siento un supino desinterés hacia esta pantomima cada X años para revestir puertas adentro de cierta legitimidad un sistema amañado en cada uno de sus engranajes. Un mal, dicho sea de paso, común a casi todas las repúblicas exsoviéticas, incluida Ucrania, por mucho que ahora presuma de europeísmo y los medios anglosajones cubran su información con tanta condescendencia. “Cuando la puerta de la democracia al fin se abrió, la gente corrió en dirección opuesta”. En Rusia votar se vota, se puede por tanto hablar de elecciones, lo que no se puede hablar es de democracia, un concepto ciertamente más amplio, con más requisitos que la mera papeleta y la urna.

Lo sé, España dista de ser una democracia perfecta, pero quien haya vivido en varios países y pueda comparar y reconocer el bosque más allá de los árboles, aunque su partido perdiese en las últimas elecciones, admitirá que cumple un mínimo homologable para considerarse una. Rusia en cambio incumple escrupulosamente todos los prefectos salvo el de votar, la foto, la charada. No puede haber democracia, por ejemplo, cuando mañana lunes a millones de funcionarios y soldados su jefe les pedirá una foto de la papeleta en la cabina a modo de prueba de haber votado al candidato oficialista. No puede haber democracia sin una mínima pluralidad informativa. ¿Se imaginan que TODOS los medios de comunicación españoles hablasen SIEMPRE bien de Rajoy, que cada telediario fuese una mamada, que no existiesen laSexta, TV3, eldiario, Público o Ara?

Tampoco puede haber democracia, por ejemplo, con tan descarada persecución judicial a los pocos opositores realmente críticos. A los otros, los domesticados, la mayoría, entre los que por cierto se cuentan los comunistas, se les conoce amablemente en los medios oficiales como “oposición patriótica”, se les conceden ciertas prebendas menores y hasta se les deja disentir a veces en cuestiones políticas intrascendentes. Ejemplo del nivel de esa ‘oposición patriótica’ es que uno de sus principales partidos, Rusia Justa, cuarto en las pasadas legislativas, ni se ha molestado en presentar candidato a estas presidenciales y ha pedido directamente el voto para Putin, porque “no hay nadie mejor”. Adorable, ¿verdad?

A efectos prácticos, tiene mucha más relevancia en el futuro político del país una reconfiguración de personal en el Kremlin, el entorno de Putin, los que cortan el bacalao y de entre los que saldrá ‘el sustituto’. Al final, el putinismo se ha convertido en una máquina casi perfecta que a través de los años, en base a movimientos empresariales y sobre todo a la aprobación de leyes que socavan sutilmente la democracia, ha eliminado todo elemento de riesgo para su perpetuación. Desde la ampliación de los años de mandato al control de las comunicaciones privadas por internet con la excusa de la seguridad. De modificaciones a medida de la ley electoral a reformas para ahogar financieramente a grupos empresariales o de comunicación no afines. Podríamos seguir un rato.

Leyes cuya aprobación pasó casi desapercibida en su día para un pueblo con tan escaso bagaje democrático como el ruso, o sea, sin una sociedad civil, temerosa del poder, y que se tramitaron sin apenas oposición, primero con la anestesia de años de vacas gordas en lo económico, con el brent en triple dígito, y después blandiendo la manida amenaza exterior. “Señor, la democracia está muy bien, pero sin elecciones es más segura”. Bien, Putin lo ha conseguido, ‘elecciones seguras’.

6 minutos de sol

16 Ene

sun2¿Y no echas de menos Rusia? Me lo han preguntado como 500 veces desde que volví a España y mi respuesta ha tenido 500 tonalidades de gris, supongo que según mi estado de ánimo. Echo de menos el sushi barato y los jachapuris. Echo de menos a mis compañeros de trabajo rusos, echo de menos a mis amigos españoles, mi familia allí, y las fiestas que organizábamos. Echo de menos el simbólico precio de la calefacción y la cadencia del metro de Moscú, ese sí que vuela.

No echo en cambio de menos el face control ni la antipatía de las camareras de Arbat. No echo de menos, de hecho me da mucha pereza, el patriotismo belicoso y la creciente hostilidad hacia el occidental, al fin y al cabo yo era uno, inoculado desde hace ya cuatro años a los rusos en cada informativo. Tampoco echo de menos la burocracia en bucle, la octava prueba de Asterix, como recordé al leer las penurias de mi querido amigo Edgar. Y desde luego no echo de menos el clima, esos inviernos eternos, el chapapote afeando las calles hasta bien entrado abril y la escasez de sol.

Recuerdo que Amaya Valdemoro me contó que en Samara se le congelaban las pestañas en los cinco minutos de casa al pabellón, pero que igual fue feliz, a diferencia de en Moscú… “Porque entre la polución y el mal tiempo apenas veía el sol, era deprimente”. Hoy leo que Moscú tuvo en diciembre sólo 6 minutos de sol. Pensadlo bien, el mes tiene 44.640 minutos y sólo vieron el sol durante 6. En España se levanta el día medio encapotado y ya nos ponemos melancólicos. 6 minutos, lo que dura la Rapsodia Bohemia, después la oscuridad.

No todo es propaganda

21 Nov

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Si algo está poniendo de relieve la muy artificial e inflada polémica por la supuesta injerencia rusa en Cataluña es el enorme desconocimiento sobre Rusia que hay en España. Se ha resucitado la Unión Soviética y elevado a ciberterrorista a un mero calzonazos. El último patinazo lo protagoniza eldiario.es, un medio sin sección de internacional propia, metido en camisa de once varas en su esfuerzo por interpretar el mundo sin quitarse la boina de la política nacional, en este caso por desprestigiar a la competencia, El País, suponemos que por considerarlo poco de izquierdas. Y qué mejor que asociándolo con Rusia, un malo de consenso.

“El Kremlin pagó a El País y a otros medios por distribuir propaganda rusa hasta 2016”, reza el titular del eldiario.es, en referencia al suplemento Rusia Hoy (del proyecto RBTH, Russia Beyond the Headlines), que naciese en la apacible etapa Medvedev fruto de un convenio entre Rossiskaya Gazeta y el diario de Prisa.

Meter a Rusia Hoy (RBTH) en el mismo saco de propaganda que Sputnik y RT sólo porque tuviese financiación estatal es un lugar común, propio de quien apenas ha ojeado la publicación y lo ha hecho desde el prejuicio, tratando de amoldar la realidad a su idea de artículo. Si el redactor, que por cierto no se atreve a firmar la pieza, conociese mínimamente el suplemento RBTH sabría que, a diferencia de Sputnik y sobre todo RT, no tenía por objetivo azotar a Occidente sino exactamente lo contrario, acercar y explicar Rusia en Occidente.

Y precisamente por eso, por ser un verso suelto, pagó el pato de la reconfiguración que hizo Putin de los medios estatales en diciembre 2013, al poco de regresar a la presidencia, “no necesito periodistas sino patriotas”, sufriendo un tajo de presupuesto de alrededor del 75%, que lógicamente dejó el proyecto moribundo. Una fuente anónima explica a eldiario.es que el recorte se debió a la crisis económica, un argumento fácilmente refutable, pues RT y Sputnik mantuvieron y hasta aumentaron presupuesto en esa reconfiguración, y sobre todo por una mera cuestión cronológica: en 2013 la economía rusa no estaba aún en crisis. Ese año creció al 1.8% del PIB, las sanciones no llegaron hasta mayo de 2014 y la caída del precio del petróleo sucedió en el último trimestre también de 2014.

Los contenidos de RBTH eran los propios de una revista de divulgación, sin apenas política, centrado en turismo, cultura, historia o ciencia. Sirva de ejemplo su última portada, con la que se ilustra la pieza de eldiario, dedicada a ‘Paseos extremos por San Petersburgo’. Yo mismo tuve la suerte de colaborar durante una temporada con RBTH, encargado de temas deportivos, una etapa que recuerdo con gran cariño, especialmente una serie de reportajes sobre leyendas del deporte soviético. He pasado en mi carrera ya por muchos medios de comunicación, casi todos españoles, y nunca he trabajado tan a gusto como en RBTH, nunca me habían dado tanto espacio y libertad, una oportunidad para contar historias. Entrevisté a niños de la guerra, a conocidos deportistas, a empresarios, a músicos y hasta a un cura.

RBTH fue un magnífico lugar donde hacer periodismo, y lo fue en buena medida por los dos redactores jefe al mando a los que tuve la suerte de tratar. Una es Darya, que ahora vive en California, tras estudiar un máster en la Universidad de Stanford, y el otro es David, que hoy colabora de forma gratuita en Madrid como intérprete para familias socilitantes de asilo procedentes de países de la antigua URSS. Extraño destino para cabecillas de la “propaganda rusa”, ¿no creen?

¿Injerencia o histeria?

17 Nov

img_jcalvet_20171113-182733_imagenes_lv_propias_putin-kRmB-U432862300344fwB-992x558@LaVanguardia-WebEl jueves pasado visité la sede central de la agencia de noticias Sputnik en Moscú, donde guardo varios amigos, cuya principal labor pasa por traducir teletipos de la edición rusa, en gran medida sobre industria armamentística. Si esperan un post de investigación sobre los maquiavélicos propagandistas del Kremlin, pueden ir cambiando de canal. Con todo lo hipócrita que resulta la posición rusa respecto a los separatismos en Occidente, esta novela tiene más de Los Serrano que de Le Carré.

En Sputnik había indignación con las sucesivas piezas de El País sobre la “injerencia” rusa en Cataluña. “Mira, ¿te lo puedes creer?”. El País mete a Sputnik en el saco de la “maquinaria de ciberguerra”, junto a Julian Asange, community manager de la Generalitat, al canal Russia Today, con 10 veces más presupuesto y de línea ciertamente más dura, y a los (ro)bots, cuentas fake en redes sociales que multiplican el alcance de noticias al gusto del Kremlin, algunas de ellas falsas, como todo en Twitter, dicho sea de paso.

El País, cuyas informaciones han derivado en un cruce de acusaciones Madrid-Moscú de lo más tonto, pone como ejemplo de la “injerencia” de Sputnik un artículo en la web titulado “España se resquebraja, Mallorca también quiere la independencia”. La polémica ha traído cola hasta en Baleares. Sin embargo, uno que lea la pieza entenderá que el titular no se corresponde con el cuerpo de la noticia sino que busca tráfico fácil, eso que los yankees llaman clickbait y que han adoptado también la mayoría de medios digitales españoles, para mayor gloria de OKdiario.

La pieza de la discordia, me explican, la firma un redactor latinoamericano de la modestísima radio del grupo, en cuya edición en español trabajan sólo 4 personas y cuya labor no supervisa nadie desde que la cadena cayese en desgracia en diciembre 2013, cuando Putin reconfiguró los medios estatales. El redactor en cuestión, me cuentan, “está casado con una catalana indepe, que se ve que le ha lavado el cerebro”. Y fue así, sin la menor intriga palaciega, como se corrió la cortina y supimos que la “ciberguerra” de Sputnik no era más que el caso aislado de un calzonazos.

Salir con un ruso, una experiencia vintage

5 May

flower_sales_tass_289497_b“Lo que más exporta Rusia no es petróleo ni armas sino la belleza de sus mujeres”, palabra de Iñaki Ortega, periodista de bandera y filósofo ocasional. Ellos, en cambio, son casi un tabú. En cinco años en el país conocí cientos y cientos de extranjeros con rusas, pero del caso opuesto podría contarlos con los dedos de una mano… y me sobrarían dedos. El choque cultural es de proporciones bíblicas, algo así como salir con tu abuelo, una cita del siglo XX.

Conozco a una occidental con puestazo, afincada en Rusia, que un buen día se cansó de salir con europeos, que según cruzan el telón de acero gastan una vida de alcoba digna de Julio Iglesias. Se liberó de complejos y le dio una oportunidad a un ruso. Salieron un par de veces y a la tercera Serguei le invitó a cenar a casa. Abrió la puerta y ayudó gentilmente a la dama a quitarse el abrigo, todo iba viento en popa… hasta que abrió la boca. “La cocina está al fondo, yo esperaré aquí”, dijo y se sentó en el sofá, a ver la tele con los pies en la mesa mientras esperaba la cena. Eso un ruso educado y de capital. No hubo cuarta cita.

Conocí en Rusia a unas cuantas occidentales, bien guapas pero resignadas a la soltería mientras viviesen allí. Recuerdo especialmente a Valeri, una francesa en sus treintaytantos. “Es muy guapa, ¿sabes?”, me dijeron antes de conocerla. “¿Y no tiene pareja?”, pregunté. “No”. Pues no será tan guapa, pensé inocente para mis adentros. ¡Ja! Resultó que Valeri no era guapa, era guapísima, una mujer de bandera, con muchísima clase, el tipo de chica por la que harían fila en cualquier garito de Madrid. “Estoy harta de los europeos mujeriegos y los rusos no son una opción”, me explicó. Había desistido de buscar, era feliz con su trabajazo y un grupillo de amigas a modo de familia. Algún día regresaría a Francia, con los bolsillos llenos y un currículum de impresión, e igual se la seguirían rifando.

La escasez de parejas chica occidental-chico ruso se debe, no solo al desinterés de ellas, sino al recelo de ellos, intimidados en general por el discurso de igualdad de género. La Rusia de Putin es una sociedad muy conservadora, presume de unos valores de familia y pareja similares a los del franquismo en España, por eso decía lo de salir con tu abuelo. Lo cual no quita para que una cita con un ruso pueda también tener su encanto, en función de lo que priorices. Te recoge en casa y te lleva a la puerta, siempre paga, te abre la puerta y carga la maleta, te regala flores sin motivo aparente y se pegará con cualquiera por ti, literalmente. Un John Wayne.

Conviene además desmontar el mito urbano de que los rusos son feos, no se sostiene si tienen los mismos genes que ellas, tan guapas. El asunto es que, mientras las rusas gastan horas y fortunas en su imagen, sea en ropa, gimnasio, dietas, peluquería o maquillaje, ellos son lo contrario. “He conocido a rusos con un aspecto digno de Dostoievski, en serio, con barba de varios años y que desconocen la existencia del desodorante”, relata Carmen, una veterana madrileña en Moscú. No son generalidad, pero doy fe de que existen, sobre todo en el mundo académico y bohemio, la antigua ‘inteligentsia’.

Los rusos se cuidan poco porque generalmente no necesitan de su aspecto para encontrar una mujer guapa. No diré que no ayude, pero no es un factor clave. Primero, la rusa concede menos importancia que la española a los abdominales, da prioridad a que el hombre sea respetado, seguro de sí mismo y tenga dinero. Además, hay más mujeres que hombres en el ‘mercado’, un desequilibrio dado por ese cierto porcentaje de ellos fuera del sistema, alcoholizados, yonkis, etc, un problema que se acentúa según te alejas de las grandes urbes. Hay zonas del país donde el triunfo sigue siendo encontrar a un muchacho decente, aseado y con todos los dientes. Conocí a bastantes rusas de provincias a las que cualquier moscovita, como el de los pies encima de la mesa, les parecía un Richard Gere comparado con los mozos de su pueblo. Como todo, es cuestión de perspectiva.

La degeneración del 8 de marzo

13 Mar

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El chico se levantó ingenioso, el 8 de marzo quedaba a la vuelta de la esquina y le propuso a su novia regalarle flores, no el propio día 8 sino el 9, que son más baratas y con el mismo dinero podría regalarle un ramo mucho más grande. La sola propuesta a punto estuvo de costarle la relación, porque “no se trata de las flores en sí, bobo, sino de poder enseñarlas”, no ser menos que la compañera de oficina, presumir en Instagram, que todos conozcan lo querida y espléndida que eres. Pese a las flores, el 8 de marzo en Rusia no puede ni siquiera considerarse un segundo San Valentín, pues no tiene la excusa del amor, es simple postureo vacío, agasajar porque sí.

A esto ha quedado reducida la celebración del Día Internacional de la Mujer en la crecientemente conservadora Rusia de Putin, a una bacanal de la industria de las flores con ellas como sujeto pasivo. La Iglesia Ortodoxa, con una importante ascendencia en las instituciones, la rechaza de plano por su origen socialista. “Es una fiesta feminista que no tiene nada en común con la tradición de mujer rusa, diosa de su hogar y madre devota”, explica Svetlana, esposa de un pope ortodoxo.

Según la estadística, los rusos gastan unos 500 millones de euros en regalos este día. No hay rastro del sentido reivindicativo de igualdad con el que nació la jornada hace un siglo, ni a pesar de las 14.000 mujeres que murieron por violencia doméstica el último año que el Kremlin se atrevió a hacer pública la cifra (2008). Por comparar, en España murieron 44 el año pasado, y ya nos parecen muchas. Paradójicamente, Rusia es uno de los primeros países del mundo que incorporó a la mujer al trabajo y le concedió derecho a voto, de hecho, fue el primero que institucionalizó el Día Internacional de la Mujer en el calendario, en 1917, a renglón seguido de la revolución, en la que jugaron un papel destacado las trabajadoras textiles de Petrogrado.

Y si el 8 de marzo es el Día de la Mujer, el 23 de febrero es el del Defensor de la Patria, que nació con un carácter militar, como casi todas las festividades en Rusia, pero se ha terminado convirtiendo en una celebración puramente civil: el Día del Hombre. Las agentes de tráfico visten ese día de minifalda (¡en febrero!) y paran a los camioneros para desearles una feliz jornada. Entrañable.

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