Transiberiano IV: Ekaterimburgo

12 Ago

IMG_20160805_122803El tramo más largo de mi travesía son las 40 horacas entre Krasnoyarsk y Ekaterimburgo, que sin embargo empequeñecen al lado de mis vecinos de compartimento, Lena y su niño pequeño, que vienen de visitar a los abuelos en Irkutsk y se comen 4 días de tren ininterrumpido hacia Moscú. Se ahorran 150 euros por cabeza respecto al avión. En los andenes de todas las estaciones donde hace parada el tren hay abuelas vendiendo tomates, pepinos y piroshkis: panecillos rellenos de repollo o huevo duro con cebolla. Me bajo a media noche en una estación de nombre muy descriptivo, Taiga, para comprar un par de piroshkis y estirar las piernas, en pijama, que en el tren es el uniforme estándar. El de Lena es rosa, combinado con el equipo completo de abalorios dorados, porque una es rusa hasta en el tren.

Una confusión habitual es suponer que el transiberiano es un tren. No, es una línea de ferrocarril por la que circulan trenes de todo lustre y cometido. Muchos son de mercancías, carbón en un porcentaje alto. También hay un puñado de trenes turísticos, como el Rossiya 1 o el Golden Eagle, con decoración retro y precios astronómicos. Sin embargo, la inmensa mayoría de los trenes son antiguallas en las que viajan los rusos de provincias, cuyas ciudades no están conectadas por avión o éste resulta demasiado caro. Yo viajo en estos últimos, en segunda clase, kupé, que consiste en compartimentos de dos literas.

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“Anoche durmió en tu cama un joven que se enganchó una buena borrachera en el vagón bar”, relata Lena, aliviada al ver que no paso de una birra con la cena. En platzkart (tercera clase) estas cosas están a la orden del día, dice mientras se da golpecitos en el cuello con el dedo, gesto en Rusia del alcoholismo. “Una viaja en kupé con la esperanza de evitarlas, pero nunca sabes con quién compartes vagón…”, resopla. En realidad, en muchas rutas de largo recorrido hay vagones y compartimentos divididos por sexos, asumiendo que el vicio en Rusia es mayoritariamente cosa de hombres.

En los primeros trenes transiberianos, aquella atracción de feria para la nobleza europea de finales del XIX, además de biblioteca y pianista, había un vagón iglesia con sacerdote propio, hasta llegó a ponerse de moda casarse en el tren. Como imaginaréis, el vagón iglesia desapareció con los bolcheviques, pero en 2005, en el contexto del creciente poder de la iglesia ortodoxa desde que gobierna Putin, el patriarcado de Moscú y la compañía nacional de ferrocarriles (RZD) firmaron un convenio para recuperar parcialmente la tradición.

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En estas he dejado atrás Siberia y llegado a Ekaterimburgo, capital de los montes Urales y frontera de facto entre Europa y Asia, título que comparte entre otras con Estambul.  Visito el monolito que marca el lugar, a 15 kms de la ciudad, y donde es tradición beber champán, una copa en cada continente. Hace un calor del carajo y, aunque son solo las 11 de la mañana, me pimplo media botella en modo Fanta limón. Es mi homenaje a Boris Yeltsin, hijo ilustre de Ekaterimburgo, al frente del país en los noventa y conocido bebedor. Era buen presidente de 9 a 12 de la mañana, leí en una biografía, después resultaba imposible tener una reunión seria porque ya iba trompa.

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Me acerco al modernísimo museo interactivo que se ha abierto para repasar su figura, bastante complaciente, por cierto, ni una sola vez se menciona la palabra alcohol y se pasa por alto el ‘detallito’ de que vendiese el país a un puñado de oligarcas de su club de tenis. Los años 90, los de Yeltsin, se recuerdan también en Rusia por las guerras de clanes mafiosos. Los puntos más calientes eran Samara, el sur de Moscú y Ekaterimburgo, donde una agencia local ofrece hoy una excursión de lo más freak, por cementerios de la ciudad para visitar las ostentosas tumbas de los capos que murieron en aquellos años.

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Durante las décadas de URSS la ciudad de Ekaterimburgo se llamó Sverdlovsk, en honor a la mano derecha de Lenin, quien supuestamente ordenó la muerte del zar y su familia. El triunfo de la Revolución dio paso a la guerra civil y para julio del 18 el ejército blanco se acercaba a Ekaterimburgo, donde la familia del zar se encontraba presa en la casa del ingeniero local Ipatiev. Ante el temor a que su liberación supusiera un vuelco moral en la contienda, de buena noche se los acribilló a tiros en el sótano. Para que no se supiese del asesinato de los niños, que hubiese resultado impopular incluso en las filas propias, se quemaron los cuerpos de todos y se enterraron en una mina 15 kilómetros al norte de Ekaterimburgo, donde se levanta hoy un monasterio de iglesias de madera, Ganina Yama. “Cada 17 de julio, coincidiendo con el aniversario, hay una peregrinación desde el centro de la ciudad , esos lirios blancos marcan el lugar”, me cuenta Maxim en voz baja, como para no perturbar la paz del lugar.

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El último de los Romanov, fanático religioso y con la sangrienta represión de 1905 en su currículum, fue canonizado en 1981 junto a su familia por la Iglesia ortodoxa (desde el exilio) y en 1997 enterrado con honores en San Petersburgo. Sobre el lugar de su ejecución en Ekaterimburgo, la casa de Ipatiev, derruida hace años, se ha erigido en su memoria una formidable catedral de estilo bizantino y generosa en adornos de oro. Paradójicamente, a escasos 300 metros, en una avenida principal y frente a la Ópera, se mantiene una enorme estatua en honor a Sverdlovsk, el que supuestamente ordenó su muerte y que aún da nombre a la región. Recordé entonces el símil que había escuchado en Siberia, que la historia de Rusia es cómo una tarta, cuyas capas no se anulan sino que sencillamente se superponen.

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Una respuesta to “Transiberiano IV: Ekaterimburgo”

  1. Roberto Rivero agosto 12, 2016 a 8:21 pm #

    Muy interesante el famoso Transiberiano espero hacerlo algun dia aunque sea un tramo no sera por supuesto Moscu Bladivostok pero algun tramo hare.

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