El otro día de la victoria

25 May

20160525_102007En todas las grandes ciudades hay gente que no llega, Moscú no es excepción. Aquí dominan los borrachillos en los parques y alrededores de estaciones, pero principalmente las abuelas, refugiadas de la climatología en pasos subterráneos y a cuyas míseras pensiones de 90 euros ya me he referido en otras ocasiones. Ellas son con diferencia el eslabón más desfavorecido. Si llevo monedas encima procuro echar una mano. Con la crisis económica, como en todos lados, se amplía el número y perfil de los que piden en las calles. Era 9 de mayo, Día de la Victoria, Moscú estaba engalanada, los tanques habían desfilado hacía un rato y riadas de gente inundaban los alrededores del Parque Gorki. La orgía anual rusa del patriotismo y la exaltación militar. Junto a la puerta del parque, en el puente de Crimea, se me acercó un ruso eslavo de mediana edad, el eslabón favorecido.

Vestía una americana barata y tenía el rostro sudoroso, algo desencajado, aunque no hacía falta escucharle hablar demasiado para entender que era una persona educada y con estudios. Insistió en enseñarme unos bocetos de tanques y aviones rusos que guardaba en una carpeta de plástico que llevaba encima. Míralos bien, ¿qué te parecen, cuál te gusta más? “Bueno, es que no me interesan demasiado las armas”, contesté. Cuando me delató el acento extranjero, empezó a hablarme en un inglés bastante pulido, rara avis por estas latitudes. No entendía bien qué pretendía el señor, imaginé que sería una encuesta. Tras ojear la carpeta rápidamente y con desinterés le dije que tenía que irme, entonces se confesó.

Era profesor de idiomas pero había perdido su trabajo por la crisis. A falta de otra cosa, se dedicó esa mañana a dibujar a boli las armas del desfile para vender después los bocetos y sacarse algo. “Llevo aquí dos horas y nadie se para”. Era evidente que nunca se había visto en otra igual, que tenía más horas de biblioteca que de calle. Me pidió que eligiese uno de sus dibujos y le ayudase con 50 rublos, unos 70 céntimos de euro. Le dí todo lo que llevaba encima en metálico, que lamentablemente no era mucho, menos de 10 euros. Me daba igual el dibujo, claro, pero elegí uno al azar, pensé que le haría un feo si no me llevase ninguno. Es el que ilustra estas líneas, lo guardo como recordatorio.

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