Pon una Sharapova en tu vida

18 Abr

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Asumámoslo, el español medio sabe bastante poco de Rusia. Tengo familiares lejanos que se perdieron el capítulo de la caída de la URSS y alguna navidad me han preguntado que cómo se vive en el comunismo, “sin propiedad privada”. Aún más extendido está el mito urbano de que Rusia es un maná de pueblerinas desesperadas por un pasaporte occidental. Si alguna vez lo fue, debió ser en lo peor de los noventa, cuando todo el que pudo puso pies en polvorosa. Con ese desconocimiento y la frustración de quien no se come un colín hacen su negocio las agencias de Sharapovas.

Picas en un spam y empiezas a intercambiar emails, que ella escribe a diario en un calculado español macarrónico, “mis sentimientos a tí crecen cada día”. Y como le crecen los sentimientos, empieza a enviarte fotos en las que sale potente pero sin pasarse, con sonrisa inocente porque, claro, si pones cara de actriz porno a las primeras de cambio hasta Manolo sospecha. Ella no es así, le gusta cocinar y quiere tener familia.

Cuando el primo se huele el pastel pasamos a la fase ‘teléfono rojo’. Irina le llama para disipar dudas: “Ahora que escucho tu voz, me muero de ganas de conocerte por fin en persona… pero me falta un poco de dinero para billete”. ¡Bingo! Al otro lado de la línea hay una rusa de Torrelodones leyendo un guión pautado, la cantidad es siempre unos cientos de euros, tampoco hay que pasarse, que la avaricia rompe el saco. “Ahora depende de tí, Manolo”. No te preocupes, Irina, puedo ir a visitarte yo. “¡No!, aquí hace demasiado frío y en mi pueblo no haber hoteles”. ¿Puedo al menos llamarte yo alguna vez? “Solo hay el teléfono de la vecina, no tengo esmarfón”. Ya, y las fotos de lolita te las sacas con la kodak de tus padres…

La historia de Manolo puede sonar exagerada, pero lo único inventado son los nombres. Me la han contado esta misma tarde de primera mano y está todavía en marcha. Una amiga común intenta convencerle de que es un timo y de que no le envíe ese dinero “para el billete”. Pero hay preguntas que tienen mala respuesta: “¿Por qué tiene que ser mentira, acaso una chica guapa no puede enamorarse de mí?”.

La mayoría después del timo esconde la cabeza bajo tierra, pero conozco también el caso de uno que, despechado, pidió incluso consejo legal para recuperar sus 500 euros, que es casi lo que costaba una hora del abogado. “Imagínate, no sabía qué decirle al pobrecico”. Estas líneas no buscan desanimar a nadie, hay agencias honestas y ejemplos gloriosos, pero más vale pecar de desconfiado, que los 500 euros se acaban olvidando pero los corazones rotos tardan en cicatrizar.

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