La fiebre del taxi en Moscú

2 Feb

taxi
Como soy un poco de pueblo y he visto demasiadas películas, siempre pensé que la gente que se mueve por la ciudad en taxi debía ser importante. Resulta que no. Yo mismo me muevo por Moscú en taxi desde que el rublo está por los suelos y he descubierto las aplicaciones de móvil, en concreto la de Yandex, hermana de Uber. El metro lo dejo para evitar atascos en hora punta. “Te has vuelto un señorito”, dice mi madre, podría seguir yendo en metro, invirtiendo algo más de tiempo y algo menos de dinero.

Pero el precio es tentador, la bajada de bandera y los 10 primeros minutos, que me sirven para llegar a buena parte de los destinos, tienen tarifa fija de 200 rublos, 2,4 euros al cambio, lo que cuesta de media un billete de metro en las capitales de la Europa occidental. Además, gracias a la tecnología, de un tiempo a esta parte me ahorro ese momento incómodo de regatear el precio, en el que siempre salía perdiendo porque, da igual que hables mejor o peor el ruso, tienes acento y aspecto de extranjero occidental, un primo.

Un porcentaje significativo de los taxistas de la ciudad proceden de la república exsoviética de Tayikistán y lamentablemente están acostumbrados a que los moscovitas les traten con desprecio o como poco les ninguneen. Son musulmanes, bajitos, morenos y de ojos medio achinados. Una cuestión de racismo/clasismo a la que ya me referí en alguna entrada previa. Se saben el callejero de la ciudad peor que yo, uno me reconoció que sin GPS no sabría llegar ni a la Plaza Roja.

Personalmente, soy fan de los taxistas tayikos, por mi experiencia son gente humilde y abierta. Además con ellos no me corto, me suelto a hablar porque no me avergüenzo de dar patadas al diccionario ruso, igual las dan ellos. Así que, entre patada y patada, enseguida hacemos migas. Sobre todo preguntan, al fin y al cabo un español es un alienígena para ellos, del mismo modo que ellos lo son para cualquier españolito medio. ¿Acaso sabríais situar su país en el mapa o nombrar su capital? No corráis a Wikipedia, ya os lo digo: está al norte de Afganistán, la capital se llama Dusambé y un porcentaje enorme de su PIB depende de remesas que llegan de los que trabajan en Rusia, buena parte como ilegales.

También hay muchos taxistas rusos de provincias, menos moscovitas te puedes encontrar de todo. Cuando les digo que soy español es habitual que saquen el tema recurrente del fútbol, el Madrid y el Barca, que me da bastante pereza. Prefiero escuchar sus batallitas, tomar la temperatura a vecinos de Moscú con los que difícilmente cruzaría sino palabra. Me hablan de cómo está afectando la crisis, de cocina, clima o viajes. Suelo mentir sobre mi profesión para que no se corten al hablar, porque en el ideario popular en estas latitudes un periodista extranjero equivale a poco menos que un espía. Un taxista de Krasnodar, padre de familia y apasionado de la literatura americana, me confesó que estaba escribiendo un libro de relatos. Aunque para padre, un tayiko más majo que las pesetas que insistió en presentarme a sus hijas.

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