La noche de Moscú

8 Dic

 

imag0360“¿Lleva usted armas encima?”. Mi primer impulso fue el sarcasmo, citar a Will Munny, de ‘Sin Perdón’, pero deduje que al gorila de 2×2 y chupa de cuero que custodiaba la entrada no le contrataron por su sentido del humor. Era un simple restaurante, no creáis, porque la primera parada en la noche aquí suele ser llenar el buche y regarlo generosamente. Na zdorovie. De hecho, según te van cayendo los años, la fiesta en Rusia empieza y termina en el propio restaurante, eso sí, con karaoke de pop nacional carroza y perdiendo las formas versallescas.

Tampoco es raro cruzarse por el centro con grupitos de niñas bien que salen el fin de semana a cenar sushi barato, beber mojitos poco cargados y fumar cachimba, lo que lamentablemente no suele acabar en desfase.

Pero hablemos de garitos, de pecado. Si no portas armas no es problema entrar, sobre todo cuando llevas, como es mi caso, las tres palabras mágicas tatuadas en la frente: extranjero, occidental y pagafantas. Una de las zonas de marcha de la capital con un face control supuestamente más estricto es el Octubre Rojo que, además del submarino Sean Connery, es una antigua fábrica de chocolate sobre la isla que corta el río Moscova. Una manzana con garitos de copas caras, tacón alto, decoración cuidada y mucho postureo.

Abundan chicas a la caza del bisnesmén, con acento en la segunda E, ese que sale con americana y aparca el cochazo en la puerta para que se vea. No es raro, al contrario que en España, que haya númerus clausus de muchachas sin pareja que pueden entrar, para equilibrar la clientela y porque son además las que menos consumen. Recuerdo que mi primera profesora de ruso, treintaypocos, abstemia y en su opinión a punto de pasársele el arroz, me pidió que le acompañase un día a ‘la isla’, quería pescar algún príncipe azul italiano y si iba sola no le dejarían pasar.

Una vez repetí con dos amigos en playeras y pantalones cortos, eso sí, hablando español muy fuerte en la cola para que al puerta no se le escapase desde 10 metros antes que éramos occidentales. Al llegarnos el turno, el gorila nos escrutó muy seriamente, pero al fin sonrió: “¿Del Real o del Barca?”.

Más que para ir de farra con amigos, el Octubre Rojo es de ‘se mira pero no se toca’, aunque puestos a mirar, además de la fauna, tampoco tiene desperdicio por ejemplo la terraza de Strelka en verano, sus vistas al río y la catedral bien valen el precio de la copa, que es un rejonazo.

La noche de Moscú es heterogénea e inabarcable. Después de cuatro años sigo siendo un rookie, conozco solo la punta del iceberg, así que estas líneas no son un cuadro sino un boceto. Tampoco es que lleve la vida del Gran Gatsby, pero siempre hay alumnos aventajados. Me crucé en cierta ocasión en Propaganda, ese antro comodín, con un joven fotógrafo danés, de pelo alborotado y pose de artista maldito, acompañado por una rusa de bandera. ¿Y a tí qué se te ha perdido en Moscú? “Llevo dos años captando el alma rusa”. ¿Pero hablas al menos algo del idioma? “Ni una palabra”. No era difícil hacerse una idea del tipo de almas que estaba captando…

Aquí también hay, como imagino que en casi cualquier capital del mundo, garitos de música latina donde hacen el agosto clientes caribeños, auténticos y presuntos. Hay antros, faltaría más, en los que juventud desaliñada bebe alcohol barato, allí decrece el porcentaje de expatriados y tacones altos, se bebe más cerveza que cocteles y solo tienen vodka nacional. El epicentro podría considerarse el céntrico barrio de Kitai Gorod, justo al Este de la Plaza Roja, aunque mi preferido no está allí, el Mishka, cuya terraza de verano, quiero decir cuatro luces de colores y una barra en un patio interior, es el delorean a tu año erasmus.

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En la noche de Moscú necesitas alguien que te lleve las primeras veces, pues muchos de los mejores garitos no están a la vista. Por ejemplo el Time Out, en un piso 13, no tiene ningún cartel o señal, cero, necesitas conocer el minúsculo ascensor escondido tras una columna en el hall del muy soviético hotel Pekín. Al bar Mendeleiev, “cócteles de autor” (¿?), se accede por la trastienda de un infecto establecimiento de tallarines 24h.

Una diferencia de esta noche respecto a la de España es el papel fundamental de las fiestas en las casas. Tampoco es casualidad, la ciudad y las distancias son enormes, aquí vive más gente que entre Andalucía y las Castillas juntas, lo que complica la logística. Además el clima da para menos vida nocturna de calle, no invita a flirtear en la puerta de los bares y hacer botellón en los parques. Se juntan en cambio varias parejas y amigos en un piso, compran vodka y zakuski (comida ligera para engañar el hambre que da el alcohol), se ponen hasta arriba, arreglan el mundo y desparraman. Las mejores noches de fiesta las he pasado en casas de particulares, principalmente Marquina-Vakursheva, las Colinas de Yakimanka, cuyo face control no podría ser más democrático. Parafraseando a Gambardella, los trenecitos en sus fiestas “son los mejores de la ciudad porque no van a ningún sitio”.

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2 comentarios to “La noche de Moscú”

  1. sergio diciembre 8, 2015 a 6:21 pm #

    ja, ja….como siempre, estupendo ! yo me acuerdo la ultima vez que fui a Moscu que visitaba las terrazas de los aticos de los hoteles (chicas espectaculares y diseño de lo ultimo)….con rejonada incluida, como bien tu decias en tu articulo….

  2. jmanuelbernabeu enero 13, 2016 a 3:51 pm #

    Interesante artículo. Cuatro años en Moscú no son nada.

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