Una noche en la ópera

24 Abr

Swan-Lake-Bolshoi-Theatre-Moscow-henri-bresson-1954Ni para la oficina me pongo camisa, no creáis, pero para el ballet-ópera no dudo en desempolvar, ya no la camisa, sino hasta la americana. No porque lo exija la etiqueta, no al menos en Rusia (el Bolshoi define su dress code como “muy democrático” = todo menos pantalones cortos) sino para sentirme participe de la otra función, la social. He ido cinco veces en Moscú y reconozco que casi tanto como de la representación disfruto del evento que la rodea, del pavoneo. La cafetería bulle en los entreactos, se disparan los decibelios y se crea durante unos minutos un ambiente eléctrico y genuino.

No faltan acaloradas discusiones sobre el montaje del director entre eruditos de coderas y cuello vuelto. Pero también hay galanes, dos botones de camisa desaborchados, con inquietudes mucho más mundanas, tirando fichas a bellezas vestidas de promoción con una copa de Moet en la mano. Puedes cruzarte con hípsters en vaqueros y abuelas engalanadas. No falla tampoco algún expatriado descifrando con torpeza el programa y embobado con la lámpara de araña, entre los que lógicamente me cuento. En fin de semana el ambiente es más familiar, ves renacuajos correteando y niñas imitando a Odette, el cisne blanco del lago.

El espectador de ópera y ballet en España pertenece en general a una endogámica elite de cincuentones de clase acomodada, de los que conducen Volvo. En Rusia, sin perjuicio de calidad, es en cambio un evento más democrático, la afición salpica a muchas más capas sociales. Cuestión de tradición. Ayuda que, como hay feroz competencia y los artistas cobran cuatro perras, la calidad es alta y los precios asequibles. Por comparar: un asiento decente para la Ópera de Madrid no baja de 80/90 euros, mientras en el Stanislavski (segundo mejor recinto de Moscú) son unos 20 euros. Todo hijo de vecino puede permitirse una noche en la ópera, lógica aplicable a cualquier evento público, excepción de los conciertos de artistas internacionales, que visitan la ciudad a cuentagotas y en los que hacen el agosto las aves de rapiña del mundillo del espectáculo local. Una rapiña que en el caso del teatro sólo alcanza al Bolshoi.

Antiguamente una cuadrilla de abuelas compraba todas las entradas de la temporada el mismo día que salían a la venta (fecha que era secreto de estado), un taco generoso que revendían después en los alrededores a turistas y nuevos ricos. Las abuelas eran sólo peones, claro, el último eslabón de una cadena de comisiones y favores en cuya cúspide se situaba la taquillera jefe del Bolshoi, de la que se solía decir que era una de las personas más influyentes de Moscú. Hoy sigue funcionando la mafia, pero de forma menos visible. Internet ha restado poder a la taquillera jefe en favor de ‘agencias’ online de reventa. Todo redunda en el precio de la entrada, ya de por sí cara en el caso del Bolshoi, el de verdad, claro, no esas compañías que se apropian el apellido y recorren la España de provincias.

Conocí en navidad, por cierto, a un bailarín de una de esas compañías, fue en un antro del centro de Moscú, de camareras que lo han visto todo y un vodka barato de cuyo nombre no quiero acordarme. Bajito pero bien parecido, vestía el divo un traje que le quedaba grande y un ridículo sombrero de copa. Reconocí que había pasado ya casi todas las etapas de la noche cuando se acercó a nuestra mesa a mendigar una última ronda. Me narró en un ininteligible ruskinglis sus desventuras por Mallorca y se arrancó con un baile ‘español’ que acabó por los suelos. Se levantó con aire digno y nos confesó que “si no eres titular en el Bolshoi o el Marinski, es una pérdida de dinero seguir en Rusia”, a lo que lógicamente contestamos invitándole a ese último trago.

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3 comentarios to “Una noche en la ópera”

  1. sergio abril 25, 2015 a 7:37 am #

    bueno, pero que obra fuiste a ver ? ami las entradas me parecieron carisimas y tampoco estaba tan cerca de los actores…

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