Díselo con flores

3 Mar

Background of flowers as Russia flagA un joven que regala flores en España en el siglo XXI le pueden fácilmente tachar de trasnochado y pretencioso. Uno en Rusia puede parecer tacaño y poco caballeroso por lo contrario, por no regalarlas. Son una religión, su belleza efímera casa con el carácter impulsivo de la gente. Yo soy español y no soy excepción, no tengo ni idea de flores, lo admito. Las pocas veces en mi vida que he pisado una floristería he hecho siempre el ridículo, tartamudeando cuando me preguntan lo que quiero. Sería injusto culpar al idioma, porque tampoco en castellano sabría nombrar más de cinco tipos. Acabo siempre comprando rosas, que en ruso se llaman igual (роза) y aunque sean las más caras uno nunca se equivoca (salvo que lleve número par, que son para los muertos). Decir que no tengo costumbre de regalar flores sería quedarse corto, por eso en Rusia siento cierta presión social. Al menos en estos tres años he aprendido lo básico, que 8 de marzo, 14 de febrero, aniversario y cumpleaños son el mínimo calendarizado para pasar el corte, a partir de ahí, según vengan dadas: igual compran perdones que decoran despedidas o reencuentros.

Uno piensa en Rusia y antes se le viene a la cabeza la infinita tundra nevada que campos de tulipanes. Por eso, por el clima, la producción nacional apenas cubre un 3% de la demanda, convirtiendo al país en uno de los principales importadores del mundo, 900 millones de euros anuales de flores procedentes de rincones tan variopintos como Holanda, Kenia o Colombia. Es un negocio formidable. Si en España hay un bar en cada esquina, en Rusia son salones de manicura y floristerías. Por ejemplo, cada parada del metro de Moscú (y hay 200) tiene al menos un puesto, que en muchos casos abre 24 horas, para asistir a rezagados y crápulas, y por aquello de la caducidad de la mercancía. Dani, un amigo chileno, conoció a su novia rusa por internet. Sólo se habían visto por Skype cuando ella rompió el cerdito de los ahorros y se plantó en Santiago. Pero claro, esperaba flores a su llegada al aeropuerto, ¡¿qué menos?! Dani acabó en el único puesto de flores que conocía en la ciudad, el del cementerio. El vendedor escrutó su pintilla de novato enamorado y preguntó retóricamente: “No son para un muerto, ¿verdad?”.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s