El ‘masaje’ de Oliver Stone

24 Jul

La película de Oliver Stone sobre Putin no es un largometraje al uso sino un collague a base de entrevistas grabadas entre 2015 y 2017, una miniserie de cuatro capítulos de una hora cada uno que he tenido la paciencia de fumarme este verano. Putin aparece prácticamente siempre flanqueado por un ejército de seguridad y por su jefe de prensa, Dimitri Peskov, el de los relojes de medio millón de euros, lo que impide la más mínima atmósfera de intimidad. Hace por mostrarse educado y cordial, le enseña el Kremlin a Stone como a un turista VIP, pero sus respuestas son las de siempre, básicamente porque las preguntas son amables, las propias de otro propagandista en nómina. Un masaje, como se dice en el argot periodístico.

La serie hará las delicias de los incondicionales del director, un monográfico de Putin en su papel favorito, antagonista de la errática política exterior estadounidense. La mayoría del metraje es la charla entre dos colegas de acuerdo en que EEUU es culpable de los males del planeta. La recomiendo a aquellos que hayan oído hablar mucho de Putin en la prensa, siempre como villano, pero no le hayan escuchado nunca a él directamente. Quizá hasta les convenza, o les libre de algún prejuicio atlantista, sino al menos escucharán chascarrillos de entre bambalinas de la política internacional.

Sucede que uno, más familiarizado con Rusia, como imagino a bastantes de los que frecuenten este rincón, espera más que un simple akelarre antiamericano de estas muchas horas de entrevista al nuevo zar. Y nada, ni una pregunta picante o incómoda, nada que implique autocrítica. Nada sobre el derrivo del avión de Malasian Airlines, ni sobre el dopaje de Estado, ni sobre los 15 millones de abuelas que (sobre)viven con pensiones de menos de 100 euros al mes. Todo al gusto de Putin: mejor hablar de lo que pasa en el mundo, que en casa lo que pasa es mucha corrupción y desigualdad.

Stone, empapado de ciberseguridad tras la película sobre Snowden, pierde casi un capítulo completo en preguntas muy técnicas sobre el tema, que a pocos interesan y que Putin regatea con evasivas y una medio sonrisa, como diciendo: “A ti te lo voy a contar”… En otro momento, el director pone a huevo al presi sacudirse su fama de homófobo, pero la cabra tira al monte… “Aquí no se discrimina a nadie, pero entenderá que debo proteger a los niños y evitar problemas demográficos”. Una argumentación con más agujeros que un queso gruyere que Stone ni se molesta en cuestionar con repreguntas. Zapatero a tus zapatos, será buen director pero como periodista/entrevistador no se ganaría el jornal.

A falta de cuestiones picantes sobre política, se echa en falta un toque Bertín Osborne, ese crear un ambiente acogedor y preguntar por algo más íntimo, por ejemplo, sus primeros escarceos amorosos, sus felices años en Dresde o su vida sentimental tras el divorcio. No por llenar páginas de prensa rosa sino para hacernos al menos una idea de la persona tras el personaje, humanizar al malo recurrente de la película en Occidente. Pero ni eso. De un tipo que escribió Scarface y creó a Gordon Gekko se puede esperar bastante más que este macromasaje por fascículos. Resumiendo, salvo que sean neófitos del putinismo, seguro que tienen cosas mejores en las que invertir cuatro horacas de su verano.

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Salir con un ruso, una experiencia vintage

5 May

flower_sales_tass_289497_b“Lo que más exporta Rusia no es petróleo ni armas sino la belleza de sus mujeres”, palabra de Iñaki Ortega, periodista de bandera y filósofo ocasional. Ellos, en cambio, son casi un tabú. En cinco años en el país conocí cientos y cientos de extranjeros con rusas, pero del caso opuesto podría contarlos con los dedos de una mano… y me sobrarían dedos. El choque cultural es de proporciones bíblicas, algo así como salir con tu abuelo, una cita del siglo XX.

Conozco a una occidental con puestazo, afincada en Rusia, que un buen día se cansó de salir con europeos, que según cruzan el telón de acero gastan una vida de alcoba digna de Julio Iglesias. Se liberó de complejos y le dio una oportunidad a un ruso. Salieron un par de veces y a la tercera Serguei le invitó a cenar a casa. Abrió la puerta y ayudó gentilmente a la dama a quitarse el abrigo, todo iba viento en popa… hasta que abrió la boca. “La cocina está al fondo, yo esperaré aquí”, dijo y se sentó en el sofá, a ver la tele con los pies en la mesa mientras esperaba la cena. Eso un ruso educado y de capital. No hubo cuarta cita.

Conocí en Rusia a unas cuantas occidentales, bien guapas pero resignadas a la soltería mientras viviesen allí. Recuerdo especialmente a Valeri, una francesa en sus treintaytantos. “Es muy guapa, ¿sabes?”, me dijeron antes de conocerla. “¿Y no tiene pareja?”, pregunté. “No”. Pues no será tan guapa, pensé inocente para mis adentros. ¡Ja! Resultó que Valeri no era guapa, era guapísima, una mujer de bandera, con muchísima clase, el tipo de chica por la que harían fila en cualquier garito de Madrid. “Estoy harta de los europeos mujeriegos y los rusos no son una opción”, me explicó. Había desistido de buscar, era feliz con su trabajazo y un grupillo de amigas a modo de familia. Algún día regresaría a Francia, con los bolsillos llenos y un currículum de impresión, e igual se la seguirían rifando.

La escasez de parejas chica occidental-chico ruso se debe, no solo al desinterés de ellas, sino al recelo de ellos, intimidados en general por el discurso de igualdad de género. La Rusia de Putin es una sociedad muy conservadora, presume de unos valores de familia y pareja similares a los del franquismo en España, por eso decía lo de salir con tu abuelo. Lo cual no quita para que una cita con un ruso pueda también tener su encanto, en función de lo que priorices. Te recoge en casa y te lleva a la puerta, siempre paga, te abre la puerta y carga la maleta, te regala flores sin motivo aparente y se pegará con cualquiera por ti, literalmente. Un John Wayne.

Conviene además desmontar el mito urbano de que los rusos son feos, no se sostiene si tienen los mismos genes que ellas, tan guapas. El asunto es que, mientras las rusas gastan horas y fortunas en su imagen, sea en ropa, gimnasio, dietas, peluquería o maquillaje, ellos son lo contrario. “He conocido a rusos con un aspecto digno de Dostoievski, en serio, con barba de varios años y que desconocen la existencia del desodorante”, relata Carmen, una veterana madrileña en Moscú. No son generalidad, pero doy fe de que existen, sobre todo en el mundo académico y bohemio, la antigua ‘inteligentsia’.

Los rusos se cuidan poco porque generalmente no necesitan de su aspecto para encontrar una mujer guapa. No diré que no ayude, pero no es un factor clave. Primero, la rusa concede menos importancia que la española a los abdominales, da prioridad a que el hombre sea respetado, seguro de sí mismo y tenga dinero. Además, hay más mujeres que hombres en el ‘mercado’, un desequilibrio dado por ese cierto porcentaje de ellos fuera del sistema, alcoholizados, yonkis, etc, un problema que se acentúa según te alejas de las grandes urbes. Hay zonas del país donde el triunfo sigue siendo encontrar a un muchacho decente, aseado y con todos los dientes. Conocí a bastantes rusas de provincias a las que cualquier moscovita, como el de los pies encima de la mesa, les parecía un Richard Gere comparado con los mozos de su pueblo. Como todo, es cuestión de perspectiva.

La degeneración del 8 de marzo

13 Mar

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El chico se levantó ingenioso, el 8 de marzo quedaba a la vuelta de la esquina y le propuso a su novia regalarle flores, no el propio día 8 sino el 9, que son más baratas y con el mismo dinero podría regalarle un ramo mucho más grande. La sola propuesta a punto estuvo de costarle la relación, porque “no se trata de las flores en sí, bobo, sino de poder enseñarlas”, no ser menos que la compañera de oficina, presumir en Instagram, que todos conozcan lo querida y espléndida que eres. Pese a las flores, el 8 de marzo en Rusia no puede ni siquiera considerarse un segundo San Valentín, pues no tiene la excusa del amor, es simple postureo vacío, agasajar porque sí.

A esto ha quedado reducida la celebración del Día Internacional de la Mujer en la crecientemente conservadora Rusia de Putin, a una bacanal de la industria de las flores con ellas como sujeto pasivo. La Iglesia Ortodoxa, con una importante ascendencia en las instituciones, la rechaza de plano por su origen socialista. “Es una fiesta feminista que no tiene nada en común con la tradición de mujer rusa, diosa de su hogar y madre devota”, explica Svetlana, esposa de un pope ortodoxo.

Según la estadística, los rusos gastan unos 500 millones de euros en regalos este día. No hay rastro del sentido reivindicativo de igualdad con el que nació la jornada hace un siglo, ni a pesar de las 14.000 mujeres que murieron por violencia doméstica el último año que el Kremlin se atrevió a hacer pública la cifra (2008). Por comparar, en España murieron 44 el año pasado, y ya nos parecen muchas. Paradójicamente, Rusia es uno de los primeros países del mundo que incorporó a la mujer al trabajo y le concedió derecho a voto, de hecho, fue el primero que institucionalizó el Día Internacional de la Mujer en el calendario, en 1917, a renglón seguido de la revolución, en la que jugaron un papel destacado las trabajadoras textiles de Petrogrado.

Y si el 8 de marzo es el Día de la Mujer, el 23 de febrero es el del Defensor de la Patria, que nació con un carácter militar, como casi todas las festividades en Rusia, pero se ha terminado convirtiendo en una celebración puramente civil: el Día del Hombre. Las agentes de tráfico visten ese día de minifalda (¡en febrero!) y paran a los camioneros para desearles una feliz jornada. Entrañable.

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Más que Guerra Fría, ‘Paz Fría’

1 Mar

Moscow celebrates 74th anniversary of 7 November 1941 Red Square ParadeMe puse camisa por primera vez en 2017 y me planté en una conferencia de 4 horas en inglés sobre relaciones Rusia-Occidente, la nueva Guerra Fría, algo ligerito en horario de desayuno. “Sí, de Crónicas Rusas vengo”, y me tenían asiento reservado, rodeado de investigadores sesudos, corresponsales y diplomáticos. Mirad lo que habéis conseguido, que acabe escribiendo en el blog sobre cosas serias… “Sí, se puede hablar de nueva Guerra Fría, pero de baja intensidad, sin la contraposición de sistemas antagónicos de entonces y sin riesgo real de una colisión nuclear, a pesar de cierta retórica para consumo interno”, reflexiona el joven Iván Timofeev, primer ponente.

El motivo que mueve a Moscú ya no es ideológico, dice, sino derrocar el orden liderado por Occidente resultante de la primera Guerra Fría, o como poco un nuevo equilibrio de seguridad en el patio de atrás, digo espacio ex-soviético. “Apoyando opciones antisistema en Occidente, sean de izquierdas o derechas, o al mismo Trump, que es un verso suelto, el Kremlin alienta una división cuyo fruto deseado sería establecer lazos bilaterales país-país en condiciones más ventajosas”. O sea, el divide y vencerás de toda la vida.

¿Cómo hemos llegado a este revival? “Por desconfianza o prejuicios, mientras se integraba a otros países del bloque al caer la URSS, a Rusia se la continuó viendo como enemigo y se falló en invitarla a una estructura paneuropea de seguridad”. A diferencia de la primera ‘contienda’, sigue Timofeev, ahora hay una importante asimetría económica y militar entre bandos. La URSS era la segunda economía del mundo, hoy el PIB ruso es inferior al italiano, que tiene menos de la mitad de población. Rusia no solo está menos desarrollada industrialmente que Occidente, también hay actores en Oriente que le están pasando por la derecha.

Pero la economía no lo es todo, al menos a orillas del Volga… ¿Sanciones? “El pueblo ruso puede soportar esta y bastante peores situaciones económicas sin cuestionarse el poder político, algo que no se entiende desde Occidente, porque se relativiza la crisis de los años noventa, cuyo recuerdo está todavía muy presente”, contesta Vladislav Inozemtsev, segundo ponente, miembro prototípico de la inteligentsia rusa, sabio, desaliñado y poco elocuente. “El capitalismo se introdujo de forma salvaje; el desgobierno, el caos y la mafia de aquellos años trajeron un descrédito para la recién llegada democracia, gestando un sentimiento de rencor que Putin ha sabido capitalizar”.

Tampoco eso convierte a Rusia en especial, contesta Ulrich Beck, investigador del Instituto Elcano, anfitrión de la conferencia, no es ni el primer ni el último país europeo resentido en algún momento histórico por haber perdido el status de potencia, “pregunten sino a España, Gran Bretaña o Portugal”. Como los actuales líderes rusos crecieron en la URSS, sigue, tienen ese complejo muy marcado, un mensaje que se está transmitiendo a nuevas generaciones, repetido machaconamente en los medios, el patriotismo, la grandeza de Rusia…”Más que una guerra es una Paz Fría, pero va a ser larga, estamos ante la nueva normalidad en las relaciones Moscú-Occidente”.

Normalidad, en todo caso, condicionada al pie con que se levante Trump. “No sabemos cuál será su siguiente tuit, pero la Unión Europea no puede tratar con Rusia por si sola, debido al factor nuclear, sería fácil de chantajear e intimidar militarmente”. Según Jeffery Mankoff, ponente estadounidese, Trump se va a reprimir en sus movimientos hacia Rusia hasta que se aclaren sus supuestas conexiones y las de su equipo con Moscú. De lo que no cabe duda, sentencia, es de la afinidad ideológica y hasta admiración del entorno de Trump hacia Putin, “hacia su régimen eminentemente cristiano, conservador y nacionalista”.

Un pedazo de Rusia en Madrid

12 Ene

20170112_155803 (1).jpgSolo hay que ojear TripAdvisor para entender que no hay muchos restaurantes rusos en Madrid. Uno de los pocos, ‘Las noches de Moscú’, en pleno Malasaña, remontó el vuelo tras protagonizar un episodio de Chicote, Pesadilla en la Cocina. Lo que ni Trip Advisor ni Chicote saben, aunque sea voxpopuli entre la comunidad eslava local, es que la mejor comida rusa de la capital se encuentra en el barrio obrero de Hortaleza, en la catedral ortodoxa de Santa María Magdalena. Se inauguró en 2013, coronada por cinco cúpulas de cebolla doradas, que representan a Jesús y a los cuatro evangelistas. Los domingos se reúne la parroquia, rusos y ucranianos en perfecta comunión, un evento familiar al que los feligreses llevan platos de cocina tradicional preparados en casa: vlinis, olivié, kotlet, borsch, pelmeni… En realidad la mayoría en Madrid son ucranianos, inmigración laboral, poco que ver con el perfil de las parroquias de costa (Torrevieja, Mallorca, etc), donde abundan emprendedores, jubilados y vividores, rusos principalmente.

Según el INE, hay unos 60.000 empadronados en España, pero solo 5.000 en la provincia de Madrid, que “no ejerce para los rusos la misma atracción que otras capitales europeas, como Londres o París”, explica Andréi, prelado de la Iglesia Ortodoxa rusa en España. Tiene 33 aunque aparenta ciertamente más, por aspecto y también por sabiduría. Su apariencia es impresionante, con la barba frondosa que se supone a los popes y cerca de dos metros de altura, enfundados en hábito negro (rason). Prefiere escuchar y cuando habla lo hace despacio, no da puntada sin hilo. Además de templo religioso, la basílica acoge una escuela de ruso, tanto para adultos como para niños, adoptados en su mayoría. El recinto hace también las veces de vivienda de Andrei, donde reside con su esposa porque, sí, los popes rusos pueden casarse, una de las diferencias entre la iglesia ortodoxa y la católica, ambas cristianas.

Pese a su cargo, le conozco principalmente como amigo de mi padre, ateo convencido, una de las amistades más singulares e improbables que se pueda imaginar. Pero es que Andréi no es un cura corriente. Aunque ahora regente una basílica de cúpulas relucientes, en los 13 años que lleva ya en España no ha rehuido nunca el ‘trabajo sucio’. Le conocen en Meco, Navalcarnero o Estremera, donde todas las semanas acude a dar servicio religioso a reclusos ortodoxos, principalmente chicos de los recados de mafias de Europa oriental. Trata a todos los fieles por igual, ese precepto que se supone a toda iglesia pero tan pocas veces se cumple. En una de esas prisiones, la de Soto del Real, fue donde conoció a mi padre, que organiza en el mismo horario talleres culturales para los internos. Después van juntos a tomar chocolate con churros en un bar del pueblo, donde cotillean sobre el módulo 3, el de “los reclusos chungos”, ante la atónita mirada del camarero.

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Amor al primer email

2 Ene

natavolodinailoveyouNo es un timo nuevo, ya no hay factor sorpresa. Por haber hay hasta una base de datos online de scammers, “defraudadoras del amor”, perfiles fraudulentos de supuestas chicas rusas solteras (entiéndase ‘rusas’ en el sentido amplio de ex URSS), que son en realidad actrices profesionales contratadas por agencias maliciosas. Hay cientos de perfiles en esa lista negra, cada uno acompañado de fotos y del relato en primera persona de uno o varios occidentales estafados. Quedan muchas aún por destapar y otras que siguen ejerciendo tras mudar de nombre y peluca. Asombra que con tanta información disponible y precedentes, señales de cuidado peligro, la gente siga picando, de hecho en España llegan a mis oídos casos relativamente cercanos.

Acuden a mí como al oráculo, por aquello de haber vivido en Rusia, y no sé ni qué cara poner cuando me lo cuentan, embriagados de ilusión, sobre todo al enseñarme la foto en el fondo de pantallas del móvil. “¿Es guapa, verdad?”. Demasiado, y ese es el problema, Antonio. Impresiona comprobar lo crédulos que se vuelven solterones, viudos y divorciados, incluidos de cierta clase social y nivel de educación, cuando se trata de amor y/o tienen los huevos llenos.

Es la credulidad del que necesita reafirmarse, por ejemplo pavoneándose con una chica guapa, y se piensa que existen los atajos. La credulidad del desconocimiento, de quien no ha puesto nunca un pie al otro lado del antiguo muro y no sabe que ya quedó atrás la crisis que siguió a la caída de la URSS, cuando Rusia pasó del segundo al tercer mundo en cuestión de meses. El país ha vuelto al segundo mundo, primero si hablamos de Moscú, Piter o Kazán. A las rusas jóvenes, guapas y que hablan idiomas no les faltan hoy pretendientes locales dignos, no cuela encontrarlas en webs de contactos (no incluyo Tinder, que limita el área geográfica), enamoradas al primer email de un loser occidental 20-30 años mayor. Se llama sentido común.

Lo primero es eliminar el amor de la ecuación, no se encuentra ni a botepronto ni en catálogos de agencia y foros online, esos simplemente ponen en relación dos mercados con desequilibrios complementarios entre sí. Por eso, y por muy descarnado que suene, la mejor vacuna contra los timos es aplicar una mínima lógica comercial, percentiles, esa clasificación de 1 a 100 que define el ‘valor de mercado’ de una persona en función de belleza, edad, formación, simpatía, herencia, salario presente y futuro estimado, etc. Al final en todos lados la mayoría de parejas se forman entre percentiles similares y, aunque el de un españolito suba unos puntos extrapolado a Rusia, un solterón nunca será un Richard Gere, ni allí ni en la China Popular. No conectado por Skype desde Wisconsin, Getafe o Cochabamba, entrado en los 40-50, lleno de inseguridades, sin hablar ruso y apenas inglés. Lo que sí será es un bizcocho para los scammers.

Hace falta ser inocente para creer que una rusa de percentil digamos 75-80 en su país, que se ha tirado una hora alisándose el pelo y maquillándose como una puerta antes de ponerse ante la webcam, va a pirriarse por tí gracias a tu carisma chateando en pijama. El relato gana verosimilitud protagonizado por divorciadas, madres solteras o rusas de belleza media o media-baja, percentiles inferiores pero que igual tampoco garantizan nada. Conozco de primera mano la historia de un solterón de Kansas que se plantó en la Ucrania de provincias a conocer a su amor virtual, el pobre cruzó medio mundo cargado de juguetes para el niño de ella, un bellezón divorciado, personaje ficticio creado por una agencia. Los juguetes los dejó en un orfanato y las penas las estaba purgando con vodka cuando le conocí. Otro corazón roto a la base de datos.

Mis rincones de Moscú

29 Sep

20160929_135625-1Hace unos días me preguntaron por mi rincón favorito de la ciudad. Me quedé un momento callado, lo pensé y no supe qué responder, lo cual no es una opción aceptable si estás tratando de impresionar a una chica. Entre tartamudeos improvisé una cursilada del tipo “el estanque de Chistie Prudy”, que no me entendáis mal, está la mar de cuco, en mitad de un boulevard céntrico, pero lo dije solo por amarrar, defensa de cinco. Ya en casa y con menos presión, me puse a pensar en mi verdadera alineación de lugares con encanto, que me traigan algún recuerdo y queden fuera de las rutas turísticas manidas.

Cerca del metro Tretyakovskaya, en la calle Bolshaya Ordinka, hay escondido un convento de monjas con un patio interior bien chulo, Santa Marta y María, de entrada libre. Las señoras se sientan a pasar la tarde leyendo al sol, estudiantes de pintura hacen sus primeros pinitos y de tanto en cuanto cruza una beata a la carrera, que se le queman las galletas. Un oasis en uno de los distritos con más ambiente de la ciudad y con el honor de ser, junto a Taganka y Kitai Gorod, el único con calles estrechas y casas bajas, el Moscú de antes, un respiro de las grises y mastodónticas avenidas soviéticas.

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No lejos del convento queda la plaza de Novokuznetskaya, atravesada por una de las líneas de tranvía más veteranas de Moscú y donde suele tocar un cuarteto de jazz a poco que respeta el tiempo. El nivel medio de los músicos callejeros de la capital es primoroso, los pobres lidian con la policía, que se cobra una mordida diaria de entre 500 y 1.000 rublos (7-14€), y con el frío, claro. Tengo clavada la imagen de un guitarrista sacándole plumas al ‘Entre dos aguas’ de Paco de Lucía… con guantes porque había 5 bajo cero.

En la plaza hay también un pequeño jardín, donde en verano pone el Baga Bar su terraza de sofás tipo puff, que se espatarra uno la mar de a gusto con un gintonic. El garito funciona 24h y en mi última visita, entre semana, coincidí con una pareja de género ficción: una rubia oxigenada y un francés amanerado, que llevaba con correa a su mascota, “un gato africano”, o sea, un guepardo. Tengo debilidad, lo confieso, por los ambientes de fauna novelesca, reflejo del espíritu ruso, hortera pero genuino.

Foto de Gonzalo WanchaMe gusta también la plaza de Mayakovskaya, en honor a un poeta futurista soviético que estaba como una regadera. Tras una larga remodelación, ha quedado como una amplia zona peatonal, hasta columpios para adultos tiene (la foto es de Gonzalo Wancha). La plaza está coronada por el hotel Pekín, con el TimeOut en la planta 15, quizá la mejor terraza del centro, y bajo tierra esconde la estación de metro más bonita y con más historia de la capital.

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20160929_160443.jpgAunque si un sitio me hace tilín, ése es Vorobyobi Gori. No por el mirador, con su ambiente casposo mezcla de chinos y bodas. La mayoría se pierde la mejor foto, que no es a la ciudad sino a lo que queda detrás, el edificio de la Universidad Estatal con los jardines y fuentes en primer plano, y ese paseo de la fama con bustos de célebres científicos que allí estudiaron. Seguro que os suenan Pavlov, el del perrito, o Mendeleiev, el de la tabla periódica. El Vorobyovi Gori que me gusta está abajo, a la orilla del río, donde hace meandro. Hay gente sin estar colapsado, porque pese a ser relativamente céntrico en realidad queda apartado de la civilización. No hay un solo edificio de viviendas en dos kilómetros a la redonda, así que quien acude es porque realmente le apetece, como el que sale los jueves.

img_20160911_091204Lo digo en comparación con el vecino parque Gorky, otrora yonkódromo, hoy convertido en meca del postureo recreacional, además de saturado. No es que necesite al vecino paseando al perro en chanclas y calcetines, pero tampoco quiero sentirme underdressed en un parque con menos de una camisa. En Vorobiovy Gori, en cambio, igual tienes mocitas tomando el sol en tumbonas que abuelos mazaos paseando a pecho descubierto y ritmo marcial. En el embarcadero hacen parada los barquitos que cruzan el río, los baratos, con clientes de cerveza de lata y sin Instagram. Y por la arboleda encuentras instalaciones deportivas abandonadas, de tiempos de la URSS, y a domingueros haciendo barbacoa a escondidas. La verdadera Rusia al fin y al cabo.

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Foto de Ana Naumova

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