El sainete de la ‘vacuna’ rusa

14 Sep

Cuando Putin anunció hace un mes el registro de una vacuna rusa contra el Covid-19 (Sputnik V), con aquel pomposo vídeo promocional y sin un solo científico a su lado, había sido testada únicamente en 76 personas. Repito, 76 personas, como de hecho se reconocía en la letra pequeña. Utilizando un símil ciclista, se anunció la llegada a meta faltando el último puerto de la etapa y con varios escapados por delante.

Rusia no ha ganado ninguna carrera porque no tiene ninguna vacuna lista, al menos no aún. Puede cambiarle el nombre pero no cambiar el hecho: lo único que tiene a día de hoy es un “candidato vacunal” que acaba de comenzar la fase III de ensayos clínicos, la última y más laboriosa, que implica a miles o a decenas de miles de voluntarios, y que varios laboratorios, entre chinos y occidentales, comenzaron semanas o meses antes.

Los procedimientos de ensayos clínicos son claros e iguales para todos, lo son desde hace décadas. Seguramente nadie muera por inocularse la ‘vacuna’ rusa, pero coger atajos tiene un precio, y en este caso será que ninguna de las agencias reguladoras de referencia internacional (EMEA y FDA) la tomará en serio. Porque si en algo se cimienta la confianza en la Medicina es en el rigor del procedimiento.

Trampas y atajos

Lo de hacer trampas para conseguir victorias propagandísticas no es nuevo en el Kremlin. Aún colea la trama de “dopaje de Estado” que se tejió para ganar contra todo pronóstico el medallero en ‘su’ Mundial de Atletismo (Moscú 2013) y ‘sus’ JJOO de Invierno (Sochi 2014). Gasolina para azuzar el orgullo patrio, la única ideología que vertebra el putinismo

En el caso del anuncio de la ‘vacuna’, además de la propaganda para consumo interno, entran en juego motivos económicos: publicidad para asegurarse precompras de gobiernos latinoamericanos más o menos afines, con poco dinero y mucha tirria a EEUU.

Podría darme igual el asunto, pero no me lo da, porque pagan justos por pecadores. Guardo mucho cariño a Rusia, un país con magníficos atletas y científicos, cuya reputación cae un poco más bajo con cada una de estas trampas y atajos de su Gobierno. Hay deportistas rusos limpios que llevan años vetados en competiciones internacionales y ahora el trabajo de científicos intachables será acogido con escepticismo en los congresos. Ellos pagan el pato y Putin recoge su medalla. Y cuando vengan las consecuencias se envolverá en la bandera, negará la mayor y echará la culpa a “Occidente”. Como siempre, porque si hay un procedimiento que sí respeta el Kremlin científicamente es la estrategia de comunicación de balones fuera.

Una noche con Rasputín

29 Jun

Restaurante Rasputín Madrid

Nada mejor para combatir la ola de calor que… Rusia, como concepto, el de los años que pasamos de nieve hasta las rodillas e inviernos interminables. Así las cosas, convocamos una incursión ‘por-los-viejos-tiempos’ en el centro de Madrid, reunión de exmoscovitas que arrancó en la sala Equis para ver Leto, la peli sobre los años mozos de Viktor Tsoi, leyenda de la música pop-rock rusa de los ochenta. Si no le conocéis, va siendo hora.

Eran casi las 22h cuando salimos y el termómetro marcaba 39. Siguiente parada el restaurante Rasputín, escondido en la calle Yeseros, uno de los rincones menos transitados de La Latina, lo cual también se agradece. Dice Yulia que la última vez que vino ya estaba a punto de cerrar, que imagino es el estado natural de un negocio de aspecto tan decadente. La decoración es como la sala de té de un aristócrata de la época tardo zarista. Descuidad los nuevos, no falta ni un tópico: matrioshkas, balalaikas y un busto tamaño natural del susodicho. Los manteles están bordados y un cascanueces de madera (por Tchaikovsky) decora la puerta del baño de chicos.

Masterchef ha convertido Madrid en una urbe de nuevos sibaritas, donde cualquier tertuliano se atreve a cuestionar el punto del pescado. Si sois de esos, Rasputín no es vuestro lugar. No se me entienda mal, la cocina es muy digna, una reproducción bastante fiel de la gastronomía rusa. Se trata más bien de una cuestión de partida: si aspiras a una experiencia culinaria sobresaliente, ningún restaurante ruski es tu lugar. Si por el contrario buscas simplemente una experiencia distinta, auténtica, sin duda funciona. En nuestro caso, dado nuestro pasado moscovita, fue más como un vagón en el espacio y tiempo, que nos teletransportó 5 años atrás y 4.500 kilómetros al noreste. “La mimosa del Azbuka era mi perdición”, recuerda Oba.


Todo lo pedimos para compartir, regado con Baltika 7, la cerveza ruski de referencia. Abrimos fuego con una ensalada Olivié (lo que en España llamamos “ensaladilla rusa”), que tenía salmón a cascoporro y algo de caviar encima para decorar y justificar precio. Está buena, pero nada que no hayáis probado antes, un salir al empate. Si habéis leído hasta aquí es porque habéis venido a jugar: hacedme caso, dejaos embaucar y pedid la ensalada de remolacha y arenque marinado, ya me daréis las gracias.

Había 7 mesas ocupadas un viernes noche, la mitad del local, atendidas por un rapaz bien majo, con greñas y acento gallego. De fondo suena música clásica de piano y nuestras vecinas de mesa, el comando Farmatint, se habían pasado pronto al vodka… Ya vienen los segundos: cuatro variedades de blinnis, la versión rusa de los crepés franceses, a saber, caviar negro, salmón, guiso de setas y huevas de salmón. Rico, aunque lo mejor fueron los pelmeni siberianos, pasta rellena de una farsa de ternera macerada, un plato tradicional y humilde pero 100% ruski.

Cerramos la velada con tarta Napoleón, un crep relleno de requesón caliente y cuarto de litro de vodka, presentado como dios manda, en una jarrita helada y con pepinillos marinados para acompañar, aunque no aparezcan en la foto. Y con el vodka, claro, se desató la nostalgia: “¿Os acordáis? Después de una cena así solíamos dar un paseo para bajar la comida. Cruzábamos la Plaza Roja y nos tirábamos fotos de posturero, tenemos un montón”.

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Viaje a Georgia II: en los fogones de Tbilisi

14 Ago

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Uno de los grandes descubrimientos de nuestros años en Rusia fue la cocina, no la rusa, bastante de batalla, sino la georgiana, la más popular en Moscú de entre las de antiguas repúblicas soviéticas pero todavía una gran desconocida en España. En Madrid, por ejemplo, sólo hay dos restaurantes que sirvan comida georgiana, uno en Chueca, con una carta limitadísima, y otro en Ópera, mejor de calidad pero a notable sobreprecio.

Al plantear un viaje a Georgia, para qué negarlo, la gastronomía era una motivación, y fue así como surgió la idea de una clase de cocina. Tras un rato de buceo en Trip Advisor y Google dimos con el contacto de Natasha, una georgiana de mediana edad que ofrece clase/cena en su casa a las afueras de la capital Tbilisi por unos 25 euros/persona. Y, ojo, habla varios idiomas, entre ellos un español bastante digno, suficiente como para dar la clase y que aprendió por su cuenta con unos libros que nos enseñó, de esos manuales soviéticos de 500 páginas sin una sola ilustración.

Te recibe en el salón de su casa, que no se ha redecorado desde tiempos de Doctor Zhivago, con un piscolabis de vino, frutos secos, embutido y cinco tipos de queso georgiano, advierto, saladísimos en su mayoría. Es el paso previo a la cocina, a meterse en harina, literalmente, porque lo primero es preparar la masa para el jachapuri, un pan horneado con queso (y huevo en algunas versiones), y los jinkalis, dumplings caucásicos rellenos de carne generosamente especiada y que hacen las delicias de nuestro amigo Joaquín. Son los dos platos estrella de la cocina tradicional georgiana, baratos, altamente calóricos y ante todo riquísimos.

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El rabito del jinkali

Nikita Jruschev, al poco de subir al poder en la URSS a la muerte de Stalin (1953), hizo una visita oficial a la república de Georgia, donde ofrecieron un gran banquete en su honor, con los platos típicos, entre ellos, lógicamente los jinkalis, que se comen de una manera peculiar que le explicaron al secretario general. A saber:
paso 1: agarrar por el rabito, darle la vuelta, morder un borde de la parte ancha y sorber el jugo que ha soltado la carne al hervir, procurando que no caiga al plato
paso 2: comer el jinkali
paso 3: desechar el rabito del jinkali, la parte por donde se agarra, que es sólo masa, como el que deja los bordes de la pizza

Resulta que era la posguerra, en muchas zonas de la URSS aún se pasaba necesidad y para más inri Jruschev, todo un carácter, era ucraniano, ya se sabe, el granero de Europa, así que tenía especial sensibilidad hacia el desperdicio de harina de trigo. Echó cuentas mentales: 3 millones la población de Georgia y digamos 100 jinkalis por cabeza al año (tirando por lo bajo), estamos hablando de unos 300 millones de rabitos de jinkali desperdiciados anualmente.

Jruschev terminó la cena y se levantó en silencio, al volver a Moscú ordenó un veto casi total a la exportación de harina de trigo a Georgia. “¿Ves este saco de harina (5kgs)?”, pregunta retórica Natasha. “Durante años fue una quimera, había que hacer cola en el supermercado durante horas para conseguir un poco de harina de baja calidad”.

Hoy los rabitos de los jinkalis se vuelven a desechar en Georgia, en el caso de Natasha los echa a los gatos que pueblan su hermoso jardín, donde crecen frutales y tiene una mesa para cenar al atardecer con los alumnos lo que han cocinado. Y creédme, es muchísimo, para un regimiento, como mandan los cánones en Georgia cuando hay invitados. Además de 15 jinkalis, cocinamos 3 jachapuris, una veintena de ruletki (cilindros de berenjena asada rellena de crema de nuez) y como plato principal pollo asado en salsa de mora, y recordad que hubo piscolabis previo. No comimos ni un tercio, ya no podíamos ver más comida cuando Natasha soltó: “Tranquilos, chicos, los jinkalis que han sobrado os los preparo para llevar en un tupper, así los desayunáis mañana frititos”… Desayunamos un café con leche y dos galletas.

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Viaje a Georgia I: Svanetia, las montañas de Mamuka

3 Ago

Vaca en la carretera de Mestia a Ushguli, en Georgia
“Aquí hasta 2005 no había turismo”. ¿Y a qué os dedicabais? “Pues a criar vacas y sembrar patatas”, nos explica Mamuka sobre su ciudad, Mestia, un remoto asentamiento de la región montañosa de Svanetia. Fue la parada más genuina de nuestros 11 días de viaje por carretera en Georgia, incluidas 30 horas al volante, la mayoría con Oba de piloto, que a mí me acojonan los desfiladeros. Llegar a Mestia cuesta unas cuatro horas de sinuosa (y por momentos pedregosa) carretera de montaña partiendo de Kutaisi, segunda ciudad del país por población, donde hicimos noche.

La única alternativa es un vuelo desde la capital, Tblisi, en una compañía local (Vanilla Sky) que opera una avioneta de 30 pasajeros y cuyos horarios varían según el pronóstico del tiempo y los permisos aeroportuarios, resultando los segundos bastante más cambiantes. Finalmente entendimos que, si queríamos ir a Svanetia, debíamos llegar por nuestra cuenta.

Carretera de Mestia a Ushguli

La carretera de Mestia a Ushguli. ¿Te gusta conducir?

Conseguí el número de Mamuka preguntando en una de las dos únicas tiendas de souvenirs de Mestia. No chapurrea ni una palabra de inglés, así que nos manejamos en ruso. ¿Y cuánta gente vive en la comarca? “Ni idea, aquí hablamos en número de familias y cabezas de ganado. En el valle habrá unas 400 familias, y cada una tiene unas 30 vacas”, relata en un alto en el camino. Llegar a Mestia ya fue un reto, por eso buscamos a un conductor para una excursión de día desde allí hasta Ushguli, el pueblo más alto del país, a 2.100 metros. Los 46 kilómetros de recorrido llevan dos horas y media en coche, sólo ida, así que os podéis imaginar el safari.

“¿Tan jodida es la carretera?”, pregunté alarmado, tras ver a Mamuka santiguarse al paso por una ermita al comienzo del camino. “No, tranquilo, es en Tusheti donde hay que ir con cuidado”, dijo en referencia a la otra región remota del país, en el noreste. Juzguen ustedes. El aspecto de Mamuka (el nombre es ideal, ¿verdad?) no puede ser más rudo a primera vista, casi metro noventa y unos 120 kilos, fumando a cada parada y con una cabeza del tamaño de un balón de basket. Pero bajo esa fachada descubrimos a lo largo del día a un tipo afable, con amigos en cada poblado y hasta bizcochón, padre de tres (“todas niñas”), que acaparan su perfil de Facebook. Sí, hasta este rincón ha llegado Zuckerberg.

Desde Ushguli, con el pico Sjara

Con el mítico Mamuka y el pico Sjara de fondo.

Su furgoneta 4×4 es bien vieja pero la tiene impecable. Subimos a unos holandeses para cruzarles un río, les dejamos en la otra orilla y al par de minutos Mamuká paró el coche sin motivo aparente. ¿Qué pasa? Los holandeses habían manchado con sus botas húmedas el suelo del coche y no podía seguir hasta limpiarlo. First things first.

“¿Veis ese pueblo? Pues hace unos años hubo un alud y murieron 200”. Lo raro es que no pase más a menudo, pensé, levantando pueblos en la falda de estas escarpadísimas montañas. “La mayoría de las casas quedaron destruidas, pero las torres aguantaron”, explica Mamuka. Se refiere a esas torres que veis en las fotos (koshi), unas fortificaciones defensivas del siglo IX que han valido a Ushguli su incursión en el patrimonio de la Unesco y que quedan la mar de cuquis en Instagram con el Shjara de fondo, el pico más alto de Georgia, 5.193 metros.

Ushguli, Georgia

El ‘skyline’ de Ushguli, el pueblo más alto de Georgia, con sus torres del siglo IX (koshi).

Tan remoto es el lugar, que nunca ha sido conquistado, a diferencia del resto del país, que ha ido pasando a lo largo de su historia de manos persas, a rusas y turcas. Así, se convirtió casi en costumbre esconder las reliquias en Svanetia cuando se barruntaba invasión, y como no solía quedar después nadie para reclamarlas, los tesoros se han ido acumulando en la región, en muchos casos en casas particulares, según cuenta la leyenda.

Una de las causas de que no hubiese turismo en Svanetia hasta fechas recientes era al parecer su mala fama dentro de Georgia, “un lugar sin ley”, de vendettas entre clanes y deudas de sangre. Recordé entonces lo que dijo Mamuka, que la población se cuenta en familias. Hoy esas familias usan Facebook y hospedan a un puñado de turistas en sus casas, lo cual no impide que el lugar conserve cierto aroma salvaje, una cápsula del tiempo entre montañas, de esos pocos rincones de Europa que no ha pervertido aún el turismo de masas.

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¿Por qué los rusos son tan malos al fútbol?

5 Jun

Russia fans hold up giant banner before Euro 2012 soccer match against Poland in WarsawEn unos días arranca el Mundial de fútbol, el primero que acoge Rusia en su historia, y algunas miradas se dirigen hacia su selección con una pregunta: ¿Cómo un país europeo de tanta población y con cierta tradición de fútbol ocupa el puesto 66 del ránking FIFA, por debajo de Honduras, Finlandia o Burkina Faso?

1) El deporte en Rusia está muy atomizado, a diferencia de en España, donde para bien y para mal el fútbol lo engulle todo, tanto a nivel mediático como en inversión pública y privada. Como herencia de tradición soviética, cuando los rusos se medían las colas con los americanos en el medallero, queda en el país una gran afición por los deportes olímpicos. Así, los dos principales periódicos deportivos, Sovietski Sport y Sport Express, igual te abren la portada con fútbol que con rítmica, patinaje, baloncesto, sincronizada o, por supuesto, hockey hielo, el otro gran deporte nacional. En España, en cambio, antes abren con un esguince de Ramos que con un oro europeo de Javier Fdez. La repercusión mediática trae aficionados y patrocinadores, es una ecuación conocida. Luego hacemos el ridículo cada cuatro años en los JJOO, echamos la culpa a “los políticos” y volvemos a casa con la conciencia tranquila.

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2) A Putin se la resbala el fútbol. Lo suyo son el hockey hielo, el judo y las artes marciales mixtas. Todos los años participa en partidos benéficos de hockey, con amiguetes oligarcas y jugadores retirados, la foto es un clásico de los memes. Asiste cuando se lo permite la agenda a combates de artes marciales mixtas y mantiene amistad con algunos de los gladiadores. Aunque su favorito es el judo, fue su deporte de juventud y no duda en enfundarse el kimono siempre que puede, si hasta grabó en su día un vídeo tutorial con llaves. Pero, ¿quién le ha visto dando una patada a un balón? Sólo asiste a partidos de fútbol cuando es absolutamente imprescindible por motivos de protocolo, para acompañar al presidente de la FIFA en el palco o similar. Y en un país con el poder tan centralizado en una persona como Rusia, que a esa persona no le guste el fútbol es un hándicap. Los derechos de televisión de la liga no valen nada y los estadios están medio vacíos, registran menos asistencia media que la segunda división alemana. Con una llamada de Putin a un par de oligarcas la cosa empezaría a carburar, pero no sucede. Las comparaciones son odiosas: los combates de una disciplina desconocida en medio mundo como las artes marciales mixtas se retransmiten en la tele pública en prime time y algunas de sus estrellas van en las listas a la Duma por el partido oficialista.

3) En media Rusia no se juega al fútbol. Suena fuerte pero es así, de los Urales hacia el Este, o sea, en Siberia, con una población de 40 millones, apenas saben lo que es un balón. Ninguna ciudad de esa vasta región, cinco veces el tamaño de la Unión Europea, acogerá partidos del Mundial. Por motivos climatológicos evidentes, allí mandan deportes indoor, sobre todo el hockey hielo y algunas disciplinas olímpicas de fuerza, como halterofilia o grecorromana. Si os interesa el tema, publiqué hace unos años un reportaje sobre el fútbol en Siberia.

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4) Los futbolistas rusos son unos losers, están aburguesados en su propia liga, sobreprotegidos por esa norma que exige cinco nacionales siempre sobre el césped. Jugando en su país ganan sueldos por encima de su valor real en el mercado internacional y por eso ninguno emigra, a ligas occidentales más competitivas donde medir su valía y crecer como jugador. Ese aburguesamiento se nota en el carácter sobre el césped, futbolistas de talento que empequeñecen ante la adversidad, incapaces de levantar un partido, lo contrario a italianos, españoles o argentinos, tan cancheros y aguerridos ellos. No es de extrañar que la última generación destacada del fútbol ruso fuese la de primeros noventa, la que tuvo que emigrar para ganarse el jornal durante la grave crisis a la caída de la URSS. No llegaron muy lejos como selección, pero muchos se asentaron en la burguesía de ligas de nivel como la española, pienso en Mostovoi (Vigo), Onopko (Oviedo y Rayo), Karpin (Real Sociedad), Lediakhov (Sporting), Salenko (Valencia) o Radchenko (Santander), entre otros.