No todo es propaganda

21 Nov

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Si algo está poniendo de relieve la muy artificial e inflada polémica por la supuesta injerencia rusa en Cataluña es el enorme desconocimiento sobre Rusia que hay en España. Se ha resucitado la Unión Soviética y elevado a ciberterrorista a un mero calzonazos. El último patinazo lo protagoniza eldiario.es, un medio sin sección de internacional propia, metido en camisa de once varas en su esfuerzo por interpretar el mundo sin quitarse la boina de la política nacional, en este caso por desprestigiar a la competencia, El País, suponemos que por considerarlo poco de izquierdas. Y qué mejor que asociándolo con Rusia, un malo de consenso.

“El Kremlin pagó a El País y a otros medios por distribuir propaganda rusa hasta 2016”, reza el titular del eldiario.es, en referencia al suplemento Rusia Hoy (del proyecto RBTH, Russia Beyond the Headlines), que naciese en la apacible etapa Medvedev fruto de un convenio entre Rossiskaya Gazeta y el diario de Prisa.

Meter a Rusia Hoy (RBTH) en el mismo saco de propaganda que Sputnik y RT sólo porque tuviese financiación estatal es un lugar común, propio de quien apenas ha ojeado la publicación y lo ha hecho desde el prejuicio, tratando de amoldar la realidad a su idea de artículo. Si el redactor, que por cierto no se atreve a firmar la pieza, conociese mínimamente el suplemento RBTH sabría que, a diferencia de Sputnik y sobre todo RT, no tenía por objetivo azotar a Occidente sino exactamente lo contrario, acercar y explicar Rusia en Occidente.

Y precisamente por eso, por ser un verso suelto, pagó el pato de la reconfiguración que hizo Putin de los medios estatales en diciembre 2013, al poco de regresar a la presidencia, “no necesito periodistas sino patriotas”, sufriendo un tajo de presupuesto de alrededor del 75%, que lógicamente dejó el proyecto moribundo. Una fuente anónima explica a eldiario.es que el recorte se debió a la crisis económica, un argumento fácilmente refutable, pues RT y Sputnik mantuvieron y hasta aumentaron presupuesto en esa reconfiguración, y sobre todo por una mera cuestión cronológica: en 2013 la economía rusa no estaba aún en crisis. Ese año creció al 1.8% del PIB, las sanciones no llegaron hasta mayo de 2014 y la caída del precio del petróleo sucedió en el último trimestre también de 2014.

Los contenidos de RBTH eran los propios de una revista de divulgación, sin apenas política, centrado en turismo, cultura, historia o ciencia. Sirva de ejemplo su última portada, con la que se ilustra la pieza de eldiario, dedicada a ‘Paseos extremos por San Petersburgo’. Yo mismo tuve la suerte de colaborar durante una temporada con RBTH, encargado de temas deportivos, una etapa que recuerdo con gran cariño, especialmente una serie de reportajes sobre leyendas del deporte soviético. He pasado en mi carrera ya por muchos medios de comunicación, casi todos españoles, y nunca he trabajado tan a gusto como en RBTH, nunca me habían dado tanto espacio y libertad, una oportunidad para contar historias. Entrevisté a niños de la guerra, a conocidos deportistas, a empresarios, a músicos y hasta a un cura.

RBTH fue un magnífico lugar donde hacer periodismo, y lo fue en buena medida por los dos redactores jefe al mando a los que tuve la suerte de tratar. Una es Darya, que ahora vive en California, tras estudiar un máster en la Universidad de Stanford, y el otro es David, que hoy colabora de forma gratuita en Madrid como intérprete para familias socilitantes de asilo procedentes de países de la antigua URSS. Extraño destino para cabecillas de la “propaganda rusa”, ¿no creen?

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¿Injerencia o histeria?

17 Nov

img_jcalvet_20171113-182733_imagenes_lv_propias_putin-kRmB-U432862300344fwB-992x558@LaVanguardia-WebEl jueves pasado visité la sede central de la agencia de noticias Sputnik en Moscú, donde guardo varios amigos, cuya principal labor pasa por traducir teletipos de la edición rusa, en gran medida sobre industria armamentística. Si esperan un post de investigación sobre los maquiavélicos propagandistas del Kremlin, pueden ir cambiando de canal. Con todo lo hipócrita que resulta la posición rusa respecto a los separatismos en Occidente, esta novela tiene más de Los Serrano que de Le Carré.

En Sputnik había indignación con las sucesivas piezas de El País sobre la “injerencia” rusa en Cataluña. “Mira, ¿te lo puedes creer?”. El País mete a Sputnik en el saco de la “maquinaria de ciberguerra”, junto a Julian Asange, community manager de la Generalitat, al canal Russia Today, con 10 veces más presupuesto y de línea ciertamente más dura, y a los (ro)bots, cuentas fake en redes sociales que multiplican el alcance de noticias al gusto del Kremlin, algunas de ellas falsas, como todo en Twitter, dicho sea de paso.

El País, cuyas informaciones han derivado en un cruce de acusaciones Madrid-Moscú de lo más tonto, pone como ejemplo de la “injerencia” de Sputnik un artículo en la web titulado “España se resquebraja, Mallorca también quiere la independencia”. La polémica ha traído cola hasta en Baleares. Sin embargo, uno que lea la pieza entenderá que el titular no se corresponde con el cuerpo de la noticia sino que busca tráfico fácil, eso que los yankees llaman clickbait y que han adoptado también la mayoría de medios digitales españoles, para mayor gloria de OKdiario.

La pieza de la discordia, me explican, la firma un redactor latinoamericano de la modestísima radio del grupo, en cuya edición en español trabajan sólo 4 personas y cuya labor no supervisa nadie desde que la cadena cayese en desgracia en diciembre 2013, cuando Putin reconfiguró los medios estatales. El redactor en cuestión, me cuentan, “está casado con una catalana indepe, que se ve que le ha lavado el cerebro”. Y fue así, sin la menor intriga palaciega, como se corrió la cortina y supimos que la “ciberguerra” de Sputnik no era más que el caso aislado de un calzonazos.

El reencuentro

8 Nov

Te tiras semanas o hasta meses antes de dormir con tu pareja porque, claro, cariño, es “un paso importante”, “un acto de gran intimidad”. Pero resulta que dormimos constantemente junto a extraños en un avión, compartiendo con aparente normalidad 5 o 10 horas de absoluta intimidad, la mayoría de veces terminamos sin saber ni su nombre. Como el peluquero, que te soba la cabeza y analiza tu calvicie durante media hora al mes, o los compañeros de gimnasio, que ven tus huevos arrugados al salir de la ducha con más regularidad que tu novia. La intimidad es un mito urbano.

El vecino de asiento en el avión te ve roncar, sonarte las napias y pelearte con el pollo armado con un tenedor de plástico. Puede leer de soslayo tus mensajes de móvil y cotillear tus películas en la tablet, que cuando llega una escena de sexo uno trata de aparentar desinterés para no parecer un degenerado. 

No fue mi caso esta vez, que como justo se cumplía el centenario de la revolución me fumé un documental. En compañía de Trotsky amanecí en Moscú, tras una noche de aviones con escala en Lisboa. Rusia es una cerveza negra, el primer trago nunca sabe rico, de hecho sabe como el culo, pero si echas paciencia y algo de masoquismo acabas enganchado a ese sabor amargo.
Mi reencuentro con Rusia tras un año fue ese primer trago. En el aeropuerto internacional de Domodedovo, quiza el de mas tráfico del país que en medio año acoge el Mundial de fútbol, hay 7 máquinas y dos ventanillas donde comprar un billete del tren que te lleva a la ciudad. Bien, en ninguno funcionaba el pago con tarjeta, 0-9, goleada. Vuelvo a la terminal, caminando entre obras y en paralelo a la carretera, rechazando propuestas de taxistas tayikos a los que no presentaría a mi hermana. Paso el control de seguridad y me sablean en la única oficina de cambio de dinero. La tourné me llevaría el doble de tiempo si no conociese el aeropuerto o no hablase ruso, nada es fácil para el turista extranjero aquí. Regreso a la estación pero ya se ha ido el tren, media hora esperando, 3 bajo cero. ¿Veis a lo que me refiero? Es igual, justo está amaneciendo, el sol se cuela por la boina y me quedo embobado con la vista desde el tren de los decadentes suburbios medio nevados. Dios, adoro este jodido país.

El ‘masaje’ de Oliver Stone

24 Jul

La película de Oliver Stone sobre Putin no es un largometraje al uso sino un collague a base de entrevistas grabadas entre 2015 y 2017, una miniserie de cuatro capítulos de una hora cada uno que he tenido la paciencia de fumarme este verano. Putin aparece prácticamente siempre flanqueado por un ejército de seguridad y por su jefe de prensa, Dimitri Peskov, el de los relojes de medio millón de euros, lo que impide la más mínima atmósfera de intimidad. Hace por mostrarse educado y cordial, le enseña el Kremlin a Stone como a un turista VIP, pero sus respuestas son las de siempre, básicamente porque las preguntas son amables, las propias de otro propagandista en nómina. Un masaje, como se dice en el argot periodístico.

La serie hará las delicias de los incondicionales del director, un monográfico de Putin en su papel favorito, antagonista de la errática política exterior estadounidense. La mayoría del metraje es la charla entre dos colegas de acuerdo en que EEUU es culpable de los males del planeta. La recomiendo a aquellos que hayan oído hablar mucho de Putin en la prensa, siempre como villano, pero no le hayan escuchado nunca a él directamente. Quizá hasta les convenza, o les libre de algún prejuicio atlantista, sino al menos escucharán chascarrillos de entre bambalinas de la política internacional.

Sucede que uno, más familiarizado con Rusia, como imagino a bastantes de los que frecuenten este rincón, espera más que un simple akelarre antiamericano de estas muchas horas de entrevista al nuevo zar. Y nada, ni una pregunta picante o incómoda, nada que implique autocrítica. Nada sobre el derrivo del avión de Malasian Airlines, ni sobre el dopaje de Estado, ni sobre los 15 millones de abuelas que (sobre)viven con pensiones de menos de 100 euros al mes. Todo al gusto de Putin: mejor hablar de lo que pasa en el mundo, que en casa lo que pasa es mucha corrupción y desigualdad.

Stone, empapado de ciberseguridad tras la película sobre Snowden, pierde casi un capítulo completo en preguntas muy técnicas sobre el tema, que a pocos interesan y que Putin regatea con evasivas y una medio sonrisa, como diciendo: “A ti te lo voy a contar”… En otro momento, el director pone a huevo al presi sacudirse su fama de homófobo, pero la cabra tira al monte… “Aquí no se discrimina a nadie, pero entenderá que debo proteger a los niños y evitar problemas demográficos”. Una argumentación con más agujeros que un queso gruyere que Stone ni se molesta en cuestionar con repreguntas. Zapatero a tus zapatos, será buen director pero como periodista/entrevistador no se ganaría el jornal.

A falta de cuestiones picantes sobre política, se echa en falta un toque Bertín Osborne, ese crear un ambiente acogedor y preguntar por algo más íntimo, por ejemplo, sus primeros escarceos amorosos, sus felices años en Dresde o su vida sentimental tras el divorcio. No por llenar páginas de prensa rosa sino para hacernos al menos una idea de la persona tras el personaje, humanizar al malo recurrente de la película en Occidente. Pero ni eso. De un tipo que escribió Scarface y creó a Gordon Gekko se puede esperar bastante más que este macromasaje por fascículos. Resumiendo, salvo que sean neófitos del putinismo, seguro que tienen cosas mejores en las que invertir cuatro horacas de su verano.

Salir con un ruso, una experiencia vintage

5 May

flower_sales_tass_289497_b“Lo que más exporta Rusia no es petróleo ni armas sino la belleza de sus mujeres”, palabra de Iñaki Ortega, periodista de bandera y filósofo ocasional. Ellos, en cambio, son casi un tabú. En cinco años en el país conocí cientos y cientos de extranjeros con rusas, pero del caso opuesto podría contarlos con los dedos de una mano… y me sobrarían dedos. El choque cultural es de proporciones bíblicas, algo así como salir con tu abuelo, una cita del siglo XX.

Conozco a una occidental con puestazo, afincada en Rusia, que un buen día se cansó de salir con europeos, que según cruzan el telón de acero gastan una vida de alcoba digna de Julio Iglesias. Se liberó de complejos y le dio una oportunidad a un ruso. Salieron un par de veces y a la tercera Serguei le invitó a cenar a casa. Abrió la puerta y ayudó gentilmente a la dama a quitarse el abrigo, todo iba viento en popa… hasta que abrió la boca. “La cocina está al fondo, yo esperaré aquí”, dijo y se sentó en el sofá, a ver la tele con los pies en la mesa mientras esperaba la cena. Eso un ruso educado y de capital. No hubo cuarta cita.

Conocí en Rusia a unas cuantas occidentales, bien guapas pero resignadas a la soltería mientras viviesen allí. Recuerdo especialmente a Valeri, una francesa en sus treintaytantos. “Es muy guapa, ¿sabes?”, me dijeron antes de conocerla. “¿Y no tiene pareja?”, pregunté. “No”. Pues no será tan guapa, pensé inocente para mis adentros. ¡Ja! Resultó que Valeri no era guapa, era guapísima, una mujer de bandera, con muchísima clase, el tipo de chica por la que harían fila en cualquier garito de Madrid. “Estoy harta de los europeos mujeriegos y los rusos no son una opción”, me explicó. Había desistido de buscar, era feliz con su trabajazo y un grupillo de amigas a modo de familia. Algún día regresaría a Francia, con los bolsillos llenos y un currículum de impresión, e igual se la seguirían rifando.

La escasez de parejas chica occidental-chico ruso se debe, no solo al desinterés de ellas, sino al recelo de ellos, intimidados en general por el discurso de igualdad de género. La Rusia de Putin es una sociedad muy conservadora, presume de unos valores de familia y pareja similares a los del franquismo en España, por eso decía lo de salir con tu abuelo. Lo cual no quita para que una cita con un ruso pueda también tener su encanto, en función de lo que priorices. Te recoge en casa y te lleva a la puerta, siempre paga, te abre la puerta y carga la maleta, te regala flores sin motivo aparente y se pegará con cualquiera por ti, literalmente. Un John Wayne.

Conviene además desmontar el mito urbano de que los rusos son feos, no se sostiene si tienen los mismos genes que ellas, tan guapas. El asunto es que, mientras las rusas gastan horas y fortunas en su imagen, sea en ropa, gimnasio, dietas, peluquería o maquillaje, ellos son lo contrario. “He conocido a rusos con un aspecto digno de Dostoievski, en serio, con barba de varios años y que desconocen la existencia del desodorante”, relata Carmen, una veterana madrileña en Moscú. No son generalidad, pero doy fe de que existen, sobre todo en el mundo académico y bohemio, la antigua ‘inteligentsia’.

Los rusos se cuidan poco porque generalmente no necesitan de su aspecto para encontrar una mujer guapa. No diré que no ayude, pero no es un factor clave. Primero, la rusa concede menos importancia que la española a los abdominales, da prioridad a que el hombre sea respetado, seguro de sí mismo y tenga dinero. Además, hay más mujeres que hombres en el ‘mercado’, un desequilibrio dado por ese cierto porcentaje de ellos fuera del sistema, alcoholizados, yonkis, etc, un problema que se acentúa según te alejas de las grandes urbes. Hay zonas del país donde el triunfo sigue siendo encontrar a un muchacho decente, aseado y con todos los dientes. Conocí a bastantes rusas de provincias a las que cualquier moscovita, como el de los pies encima de la mesa, les parecía un Richard Gere comparado con los mozos de su pueblo. Como todo, es cuestión de perspectiva.

La degeneración del 8 de marzo

13 Mar

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El chico se levantó ingenioso, el 8 de marzo quedaba a la vuelta de la esquina y le propuso a su novia regalarle flores, no el propio día 8 sino el 9, que son más baratas y con el mismo dinero podría regalarle un ramo mucho más grande. La sola propuesta a punto estuvo de costarle la relación, porque “no se trata de las flores en sí, bobo, sino de poder enseñarlas”, no ser menos que la compañera de oficina, presumir en Instagram, que todos conozcan lo querida y espléndida que eres. Pese a las flores, el 8 de marzo en Rusia no puede ni siquiera considerarse un segundo San Valentín, pues no tiene la excusa del amor, es simple postureo vacío, agasajar porque sí.

A esto ha quedado reducida la celebración del Día Internacional de la Mujer en la crecientemente conservadora Rusia de Putin, a una bacanal de la industria de las flores con ellas como sujeto pasivo. La Iglesia Ortodoxa, con una importante ascendencia en las instituciones, la rechaza de plano por su origen socialista. “Es una fiesta feminista que no tiene nada en común con la tradición de mujer rusa, diosa de su hogar y madre devota”, explica Svetlana, esposa de un pope ortodoxo.

Según la estadística, los rusos gastan unos 500 millones de euros en regalos este día. No hay rastro del sentido reivindicativo de igualdad con el que nació la jornada hace un siglo, ni a pesar de las 14.000 mujeres que murieron por violencia doméstica el último año que el Kremlin se atrevió a hacer pública la cifra (2008). Por comparar, en España murieron 44 el año pasado, y ya nos parecen muchas. Paradójicamente, Rusia es uno de los primeros países del mundo que incorporó a la mujer al trabajo y le concedió derecho a voto, de hecho, fue el primero que institucionalizó el Día Internacional de la Mujer en el calendario, en 1917, a renglón seguido de la revolución, en la que jugaron un papel destacado las trabajadoras textiles de Petrogrado.

Y si el 8 de marzo es el Día de la Mujer, el 23 de febrero es el del Defensor de la Patria, que nació con un carácter militar, como casi todas las festividades en Rusia, pero se ha terminado convirtiendo en una celebración puramente civil: el Día del Hombre. Las agentes de tráfico visten ese día de minifalda (¡en febrero!) y paran a los camioneros para desearles una feliz jornada. Entrañable.

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Más que Guerra Fría, ‘Paz Fría’

1 Mar

Moscow celebrates 74th anniversary of 7 November 1941 Red Square ParadeMe puse camisa por primera vez en 2017 y me planté en una conferencia de 4 horas en inglés sobre relaciones Rusia-Occidente, la nueva Guerra Fría, algo ligerito en horario de desayuno. “Sí, de Crónicas Rusas vengo”, y me tenían asiento reservado, rodeado de investigadores sesudos, corresponsales y diplomáticos. Mirad lo que habéis conseguido, que acabe escribiendo en el blog sobre cosas serias… “Sí, se puede hablar de nueva Guerra Fría, pero de baja intensidad, sin la contraposición de sistemas antagónicos de entonces y sin riesgo real de una colisión nuclear, a pesar de cierta retórica para consumo interno”, reflexiona el joven Iván Timofeev, primer ponente.

El motivo que mueve a Moscú ya no es ideológico, dice, sino derrocar el orden liderado por Occidente resultante de la primera Guerra Fría, o como poco un nuevo equilibrio de seguridad en el patio de atrás, digo espacio ex-soviético. “Apoyando opciones antisistema en Occidente, sean de izquierdas o derechas, o al mismo Trump, que es un verso suelto, el Kremlin alienta una división cuyo fruto deseado sería establecer lazos bilaterales país-país en condiciones más ventajosas”. O sea, el divide y vencerás de toda la vida.

¿Cómo hemos llegado a este revival? “Por desconfianza o prejuicios, mientras se integraba a otros países del bloque al caer la URSS, a Rusia se la continuó viendo como enemigo y se falló en invitarla a una estructura paneuropea de seguridad”. A diferencia de la primera ‘contienda’, sigue Timofeev, ahora hay una importante asimetría económica y militar entre bandos. La URSS era la segunda economía del mundo, hoy el PIB ruso es inferior al italiano, que tiene menos de la mitad de población. Rusia no solo está menos desarrollada industrialmente que Occidente, también hay actores en Oriente que le están pasando por la derecha.

Pero la economía no lo es todo, al menos a orillas del Volga… ¿Sanciones? “El pueblo ruso puede soportar esta y bastante peores situaciones económicas sin cuestionarse el poder político, algo que no se entiende desde Occidente, porque se relativiza la crisis de los años noventa, cuyo recuerdo está todavía muy presente”, contesta Vladislav Inozemtsev, segundo ponente, miembro prototípico de la inteligentsia rusa, sabio, desaliñado y poco elocuente. “El capitalismo se introdujo de forma salvaje; el desgobierno, el caos y la mafia de aquellos años trajeron un descrédito para la recién llegada democracia, gestando un sentimiento de rencor que Putin ha sabido capitalizar”.

Tampoco eso convierte a Rusia en especial, contesta Ulrich Beck, investigador del Instituto Elcano, anfitrión de la conferencia, no es ni el primer ni el último país europeo resentido en algún momento histórico por haber perdido el status de potencia, “pregunten sino a España, Gran Bretaña o Portugal”. Como los actuales líderes rusos crecieron en la URSS, sigue, tienen ese complejo muy marcado, un mensaje que se está transmitiendo a nuevas generaciones, repetido machaconamente en los medios, el patriotismo, la grandeza de Rusia…”Más que una guerra es una Paz Fría, pero va a ser larga, estamos ante la nueva normalidad en las relaciones Moscú-Occidente”.

Normalidad, en todo caso, condicionada al pie con que se levante Trump. “No sabemos cuál será su siguiente tuit, pero la Unión Europea no puede tratar con Rusia por si sola, debido al factor nuclear, sería fácil de chantajear e intimidar militarmente”. Según Jeffery Mankoff, ponente estadounidese, Trump se va a reprimir en sus movimientos hacia Rusia hasta que se aclaren sus supuestas conexiones y las de su equipo con Moscú. De lo que no cabe duda, sentencia, es de la afinidad ideológica y hasta admiración del entorno de Trump hacia Putin, “hacia su régimen eminentemente cristiano, conservador y nacionalista”.