Viaje a Georgia II: en los fogones de Tbilisi

14 Ago

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Uno de los grandes descubrimientos de nuestros años en Rusia fue la cocina, no la rusa, bastante de batalla, sino la georgiana, la más popular en Moscú de entre las de antiguas repúblicas soviéticas pero todavía una gran desconocida en España. En Madrid, por ejemplo, sólo hay dos restaurantes que sirvan comida georgiana, uno en Chueca, con una carta limitadísima, y otro en Ópera, mejor de calidad pero a notable sobreprecio.

Al plantear un viaje a Georgia, para qué negarlo, la gastronomía era una motivación, y fue así como surgió la idea de una clase de cocina. Tras un rato de buceo en Trip Advisor y Google dimos con el contacto de Natasha, una georgiana de mediana edad que ofrece clase/cena en su casa a las afueras de la capital Tbilisi por unos 25 euros/persona. Y, ojo, habla varios idiomas, entre ellos un español bastante digno, suficiente como para dar la clase y que aprendió por su cuenta con unos libros que nos enseñó, de esos manuales soviéticos de 500 páginas sin una sola ilustración.

Te recibe en el salón de su casa, que no se ha redecorado desde tiempos de Doctor Zhivago, con un piscolabis de vino, frutos secos, embutido y cinco tipos de queso georgiano, advierto, saladísimos en su mayoría. Es el paso previo a la cocina, a meterse en harina, literalmente, porque lo primero es preparar la masa para el jachapuri, un pan horneado con queso (y huevo en algunas versiones), y los jinkalis, dumplings caucásicos rellenos de carne generosamente especiada y que hacen las delicias de nuestro amigo Joaquín. Son los dos platos estrella de la cocina tradicional georgiana, baratos, altamente calóricos y ante todo riquísimos.

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El rabito del jinkali

Nikita Jruschev, al poco de subir al poder en la URSS a la muerte de Stalin (1953), hizo una visita oficial a la república de Georgia, donde ofrecieron un gran banquete en su honor, con los platos típicos, entre ellos, lógicamente los jinkalis, que se comen de una manera peculiar que le explicaron al secretario general. A saber:
paso 1: agarrar por el rabito, darle la vuelta, morder un borde de la parte ancha y sorber el jugo que ha soltado la carne al hervir, procurando que no caiga al plato
paso 2: comer el jinkali
paso 3: desechar el rabito del jinkali, la parte por donde se agarra, que es sólo masa, como el que deja los bordes de la pizza

Resulta que era la posguerra, en muchas zonas de la URSS aún se pasaba necesidad y para más inri Jruschev, todo un carácter, era ucraniano, ya se sabe, el granero de Europa, así que tenía especial sensibilidad hacia el desperdicio de harina de trigo. Echó cuentas mentales: 3 millones la población de Georgia y digamos 100 jinkalis por cabeza al año (tirando por lo bajo), estamos hablando de unos 300 millones de rabitos de jinkali desperdiciados anualmente.

Jruschev terminó la cena y se levantó en silencio, al volver a Moscú ordenó un veto casi total a la exportación de harina de trigo a Georgia. “¿Ves este saco de harina (5kgs)?”, pregunta retórica Natasha. “Durante años fue una quimera, había que hacer cola en el supermercado durante horas para conseguir un poco de harina de baja calidad”.

Hoy los rabitos de los jinkalis se vuelven a desechar en Georgia, en el caso de Natasha los echa a los gatos que pueblan su hermoso jardín, donde crecen frutales y tiene una mesa para cenar al atardecer con los alumnos lo que han cocinado. Y creédme, es muchísimo, para un regimiento, como mandan los cánones en Georgia cuando hay invitados. Además de 15 jinkalis, cocinamos 3 jachapuris, una veintena de ruletki (cilindros de berenjena asada rellena de crema de nuez) y como plato principal pollo asado en salsa de mora, y recordad que hubo piscolabis previo. No comimos ni un tercio, ya no podíamos ver más comida cuando Natasha soltó: “Tranquilos, chicos, los jinkalis que han sobrado os los preparo para llevar en un tupper, así los desayunáis mañana frititos”… Desayunamos un café con leche y dos galletas.

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Viaje a Georgia I: Svanetia, las montañas de Mamuka

3 Ago

Vaca en la carretera de Mestia a Ushguli, en Georgia
“Aquí hasta 2005 no había turismo”. ¿Y a qué os dedicabais? “Pues a criar vacas y sembrar patatas”, nos explica Mamuka sobre su ciudad, Mestia, un remoto asentamiento de la región montañosa de Svanetia. Fue la parada más genuina de nuestros 11 días de viaje por carretera en Georgia, incluidas 30 horas al volante, la mayoría con Oba de piloto, que a mí me acojonan los desfiladeros. Llegar a Mestia cuesta unas cuatro horas de sinuosa (y por momentos pedregosa) carretera de montaña partiendo de Kutaisi, segunda ciudad del país por población, donde hicimos noche.

La única alternativa es un vuelo desde la capital, Tblisi, en una compañía local (Vanilla Sky) que opera una avioneta de 30 pasajeros y cuyos horarios varían según el pronóstico del tiempo y los permisos aeroportuarios, resultando los segundos bastante más cambiantes. Finalmente entendimos que, si queríamos ir a Svanetia, debíamos llegar por nuestra cuenta.

Carretera de Mestia a Ushguli

La carretera de Mestia a Ushguli. ¿Te gusta conducir?

Conseguí el número de Mamuka preguntando en una de las dos únicas tiendas de souvenirs de Mestia. No chapurrea ni una palabra de inglés, así que nos manejamos en ruso. ¿Y cuánta gente vive en la comarca? “Ni idea, aquí hablamos en número de familias y cabezas de ganado. En el valle habrá unas 400 familias, y cada una tiene unas 30 vacas”, relata en un alto en el camino. Llegar a Mestia ya fue un reto, por eso buscamos a un conductor para una excursión de día desde allí hasta Ushguli, el pueblo más alto del país, a 2.100 metros. Los 46 kilómetros de recorrido llevan dos horas y media en coche, sólo ida, así que os podéis imaginar el safari.

“¿Tan jodida es la carretera?”, pregunté alarmado, tras ver a Mamuka santiguarse al paso por una ermita al comienzo del camino. “No, tranquilo, es en Tusheti donde hay que ir con cuidado”, dijo en referencia a la otra región remota del país, en el noreste. Juzguen ustedes. El aspecto de Mamuka (el nombre es ideal, ¿verdad?) no puede ser más rudo a primera vista, casi metro noventa y unos 120 kilos, fumando a cada parada y con una cabeza del tamaño de un balón de basket. Pero bajo esa fachada descubrimos a lo largo del día a un tipo afable, con amigos en cada poblado y hasta bizcochón, padre de tres (“todas niñas”), que acaparan su perfil de Facebook. Sí, hasta este rincón ha llegado Zuckerberg.

Desde Ushguli, con el pico Sjara

Con el mítico Mamuka y el pico Sjara de fondo.

Su furgoneta 4×4 es bien vieja pero la tiene impecable. Subimos a unos holandeses para cruzarles un río, les dejamos en la otra orilla y al par de minutos Mamuká paró el coche sin motivo aparente. ¿Qué pasa? Los holandeses habían manchado con sus botas húmedas el suelo del coche y no podía seguir hasta limpiarlo. First things first.

“¿Veis ese pueblo? Pues hace unos años hubo un alud y murieron 200”. Lo raro es que no pase más a menudo, pensé, levantando pueblos en la falda de estas escarpadísimas montañas. “La mayoría de las casas quedaron destruidas, pero las torres aguantaron”, explica Mamuka. Se refiere a esas torres que veis en las fotos (koshi), unas fortificaciones defensivas del siglo IX que han valido a Ushguli su incursión en el patrimonio de la Unesco y que quedan la mar de cuquis en Instagram con el Shjara de fondo, el pico más alto de Georgia, 5.193 metros.

Ushguli, Georgia

El ‘skyline’ de Ushguli, el pueblo más alto de Georgia, con sus torres del siglo IX (koshi).

Tan remoto es el lugar, que nunca ha sido conquistado, a diferencia del resto del país, que ha ido pasando a lo largo de su historia de manos persas, a rusas y turcas. Así, se convirtió casi en costumbre esconder las reliquias en Svanetia cuando se barruntaba invasión, y como no solía quedar después nadie para reclamarlas, los tesoros se han ido acumulando en la región, en muchos casos en casas particulares, según cuenta la leyenda.

Una de las causas de que no hubiese turismo en Svanetia hasta fechas recientes era al parecer su mala fama dentro de Georgia, “un lugar sin ley”, de vendettas entre clanes y deudas de sangre. Recordé entonces lo que dijo Mamuka, que la población se cuenta en familias. Hoy esas familias usan Facebook y hospedan a un puñado de turistas en sus casas, lo cual no impide que el lugar conserve cierto aroma salvaje, una cápsula del tiempo entre montañas, de esos pocos rincones de Europa que no ha pervertido aún el turismo de masas.

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¿Por qué los rusos son tan malos al fútbol?

5 Jun

Russia fans hold up giant banner before Euro 2012 soccer match against Poland in WarsawEn unos días arranca el Mundial de fútbol, el primero que acoge Rusia en su historia, y algunas miradas se dirigen hacia su selección con una pregunta: ¿Cómo un país europeo de tanta población y con cierta tradición de fútbol ocupa el puesto 66 del ránking FIFA, por debajo de Honduras, Finlandia o Burkina Faso?

1) El deporte en Rusia está muy atomizado, a diferencia de en España, donde para bien y para mal el fútbol lo engulle todo, tanto a nivel mediático como en inversión pública y privada. Como herencia de tradición soviética, cuando los rusos se medían las colas con los americanos en el medallero, queda en el país una gran afición por los deportes olímpicos. Así, los dos principales periódicos deportivos, Sovietski Sport y Sport Express, igual te abren la portada con fútbol que con rítmica, patinaje, baloncesto, sincronizada o, por supuesto, hockey hielo, el otro gran deporte nacional. En España, en cambio, antes abren con un esguince de Ramos que con un oro europeo de Javier Fdez. La repercusión mediática trae aficionados y patrocinadores, es una ecuación conocida. Luego hacemos el ridículo cada cuatro años en los JJOO, echamos la culpa a “los políticos” y volvemos a casa con la conciencia tranquila.

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2) A Putin se la resbala el fútbol. Lo suyo son el hockey hielo, el judo y las artes marciales mixtas. Todos los años participa en partidos benéficos de hockey, con amiguetes oligarcas y jugadores retirados, la foto es un clásico de los memes. Asiste cuando se lo permite la agenda a combates de artes marciales mixtas y mantiene amistad con algunos de los gladiadores. Aunque su favorito es el judo, fue su deporte de juventud y no duda en enfundarse el kimono siempre que puede, si hasta grabó en su día un vídeo tutorial con llaves. Pero, ¿quién le ha visto dando una patada a un balón? Sólo asiste a partidos de fútbol cuando es absolutamente imprescindible por motivos de protocolo, para acompañar al presidente de la FIFA en el palco o similar. Y en un país con el poder tan centralizado en una persona como Rusia, que a esa persona no le guste el fútbol es un hándicap. Los derechos de televisión de la liga no valen nada y los estadios están medio vacíos, registran menos asistencia media que la segunda división alemana. Con una llamada de Putin a un par de oligarcas la cosa empezaría a carburar, pero no sucede. Las comparaciones son odiosas: los combates de una disciplina desconocida en medio mundo como las artes marciales mixtas se retransmiten en la tele pública en prime time y algunas de sus estrellas van en las listas a la Duma por el partido oficialista.

3) En media Rusia no se juega al fútbol. Suena fuerte pero es así, de los Urales hacia el Este, o sea, en Siberia, con una población de 40 millones, apenas saben lo que es un balón. Ninguna ciudad de esa vasta región, cinco veces el tamaño de la Unión Europea, acogerá partidos del Mundial. Por motivos climatológicos evidentes, allí mandan deportes indoor, sobre todo el hockey hielo y algunas disciplinas olímpicas de fuerza, como halterofilia o grecorromana. Si os interesa el tema, publiqué hace unos años un reportaje sobre el fútbol en Siberia.

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4) Los futbolistas rusos son unos losers, están aburguesados en su propia liga, sobreprotegidos por esa norma que exige cinco nacionales siempre sobre el césped. Jugando en su país ganan sueldos por encima de su valor real en el mercado internacional y por eso ninguno emigra, a ligas occidentales más competitivas donde medir su valía y crecer como jugador. Ese aburguesamiento se nota en el carácter sobre el césped, futbolistas de talento que empequeñecen ante la adversidad, incapaces de levantar un partido, lo contrario a italianos, españoles o argentinos, tan cancheros y aguerridos ellos. No es de extrañar que la última generación destacada del fútbol ruso fuese la de primeros noventa, la que tuvo que emigrar para ganarse el jornal durante la grave crisis a la caída de la URSS. No llegaron muy lejos como selección, pero muchos se asentaron en la burguesía de ligas de nivel como la española, pienso en Mostovoi (Vigo), Onopko (Oviedo y Rayo), Karpin (Real Sociedad), Lediakhov (Sporting), Salenko (Valencia) o Radchenko (Santander), entre otros.

Las elecciones ‘seguras’, el triunfo de Putin

18 Mar

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Pasé cinco años en Moscú, la mayoría cubriendo información para medios españoles, y como corresponsal me esforzaba por escribir previas y análisis electorales la mar de sesudos. Me pagaban por ello, pero además me tomaba en serio lo que escribía: los sondeos de intención de voto, los programas electorales, etc.

Hoy desde la distancia entiendo un poco mejor el sainete que constituían y constituyen, y  del que yo con mis crónicas sesudas participaba involuntariamente. Si una palabra resume mi actitud hacia las presidenciales de este domingo es ‘pereza’. Siento un supino desinterés hacia esta pantomima cada X años para revestir puertas adentro de cierta legitimidad un sistema amañado en cada uno de sus engranajes. Un mal, dicho sea de paso, común a casi todas las repúblicas exsoviéticas, incluida Ucrania, por mucho que ahora presuma de europeísmo y los medios anglosajones cubran su información con tanta condescendencia. “Cuando la puerta de la democracia al fin se abrió, la gente corrió en dirección opuesta”. En Rusia votar se vota, se puede por tanto hablar de elecciones, lo que no se puede hablar es de democracia, un concepto ciertamente más amplio, con más requisitos que la mera papeleta y la urna.

Lo sé, España dista de ser una democracia perfecta, pero quien haya vivido en varios países y pueda comparar y reconocer el bosque más allá de los árboles, aunque su partido perdiese en las últimas elecciones, admitirá que cumple un mínimo homologable para considerarse una. Rusia en cambio incumple escrupulosamente todos los prefectos salvo el de votar, la foto, la charada. No puede haber democracia, por ejemplo, cuando mañana lunes a millones de funcionarios y soldados su jefe les pedirá una foto de la papeleta en la cabina a modo de prueba de haber votado al candidato oficialista. No puede haber democracia sin una mínima pluralidad informativa. ¿Se imaginan que TODOS los medios de comunicación españoles hablasen SIEMPRE bien de Rajoy, que cada telediario fuese una mamada, que no existiesen laSexta, TV3, eldiario, Público o Ara?

Tampoco puede haber democracia, por ejemplo, con tan descarada persecución judicial a los pocos opositores realmente críticos. A los otros, los domesticados, la mayoría, entre los que por cierto se cuentan los comunistas, se les conoce amablemente en los medios oficiales como “oposición patriótica”, se les conceden ciertas prebendas menores y hasta se les deja disentir a veces en cuestiones políticas intrascendentes. Ejemplo del nivel de esa ‘oposición patriótica’ es que uno de sus principales partidos, Rusia Justa, cuarto en las pasadas legislativas, ni se ha molestado en presentar candidato a estas presidenciales y ha pedido directamente el voto para Putin, porque “no hay nadie mejor”. Adorable, ¿verdad?

A efectos prácticos, tiene mucha más relevancia en el futuro político del país una reconfiguración de personal en el Kremlin, el entorno de Putin, los que cortan el bacalao y de entre los que saldrá ‘el sustituto’. Al final, el putinismo se ha convertido en una máquina casi perfecta que a través de los años, en base a movimientos empresariales y sobre todo a la aprobación de leyes que socavan sutilmente la democracia, ha eliminado todo elemento de riesgo para su perpetuación. Desde la ampliación de los años de mandato al control de las comunicaciones privadas por internet con la excusa de la seguridad. De modificaciones a medida de la ley electoral a reformas para ahogar financieramente a grupos empresariales o de comunicación no afines. Podríamos seguir un rato.

Leyes cuya aprobación pasó casi desapercibida en su día para un pueblo con tan escaso bagaje democrático como el ruso, o sea, sin una sociedad civil, temerosa del poder, y que se tramitaron sin apenas oposición, primero con la anestesia de años de vacas gordas en lo económico, con el brent en triple dígito, y después blandiendo la manida amenaza exterior. “Señor, la democracia está muy bien, pero sin elecciones es más segura”. Bien, Putin lo ha conseguido, ‘elecciones seguras’.

6 minutos de sol

16 Ene

sun2¿Y no echas de menos Rusia? Me lo han preguntado como 500 veces desde que volví a España y mi respuesta ha tenido 500 tonalidades de gris, supongo que según mi estado de ánimo. Echo de menos el sushi barato y los jachapuris. Echo de menos a mis compañeros de trabajo rusos, echo de menos a mis amigos españoles, mi familia allí, y las fiestas que organizábamos. Echo de menos el simbólico precio de la calefacción y la cadencia del metro de Moscú, ese sí que vuela.

No echo en cambio de menos el face control ni la antipatía de las camareras de Arbat. No echo de menos, de hecho me da mucha pereza, el patriotismo belicoso y la creciente hostilidad hacia el occidental, al fin y al cabo yo era uno, inoculado desde hace ya cuatro años a los rusos en cada informativo. Tampoco echo de menos la burocracia en bucle, la octava prueba de Asterix, como recordé al leer las penurias de mi querido amigo Edgar. Y desde luego no echo de menos el clima, esos inviernos eternos, el chapapote afeando las calles hasta bien entrado abril y la escasez de sol.

Recuerdo que Amaya Valdemoro me contó que en Samara se le congelaban las pestañas en los cinco minutos de casa al pabellón, pero que igual fue feliz, a diferencia de en Moscú… “Porque entre la polución y el mal tiempo apenas veía el sol, era deprimente”. Hoy leo que Moscú tuvo en diciembre sólo 6 minutos de sol. Pensadlo bien, el mes tiene 44.640 minutos y sólo vieron el sol durante 6. En España se levanta el día medio encapotado y ya nos ponemos melancólicos. 6 minutos, lo que dura la Rapsodia Bohemia, después la oscuridad.

No todo es propaganda

21 Nov

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Si algo está poniendo de relieve la muy artificial e inflada polémica por la supuesta injerencia rusa en Cataluña es el enorme desconocimiento sobre Rusia que hay en España. Se ha resucitado la Unión Soviética y elevado a ciberterrorista a un mero calzonazos. El último patinazo lo protagoniza eldiario.es, un medio sin sección de internacional propia, metido en camisa de once varas en su esfuerzo por interpretar el mundo sin quitarse la boina de la política nacional, en este caso por desprestigiar a la competencia, El País, suponemos que por considerarlo poco de izquierdas. Y qué mejor que asociándolo con Rusia, un malo de consenso.

“El Kremlin pagó a El País y a otros medios por distribuir propaganda rusa hasta 2016”, reza el titular del eldiario.es, en referencia al suplemento Rusia Hoy (del proyecto RBTH, Russia Beyond the Headlines), que naciese en la apacible etapa Medvedev fruto de un convenio entre Rossiskaya Gazeta y el diario de Prisa.

Meter a Rusia Hoy (RBTH) en el mismo saco de propaganda que Sputnik y RT sólo porque tuviese financiación estatal es un lugar común, propio de quien apenas ha ojeado la publicación y lo ha hecho desde el prejuicio, tratando de amoldar la realidad a su idea de artículo. Si el redactor, que por cierto no se atreve a firmar la pieza, conociese mínimamente el suplemento RBTH sabría que, a diferencia de Sputnik y sobre todo RT, no tenía por objetivo azotar a Occidente sino exactamente lo contrario, acercar y explicar Rusia en Occidente.

Y precisamente por eso, por ser un verso suelto, pagó el pato de la reconfiguración que hizo Putin de los medios estatales en diciembre 2013, al poco de regresar a la presidencia, “no necesito periodistas sino patriotas”, sufriendo un tajo de presupuesto de alrededor del 75%, que lógicamente dejó el proyecto moribundo. Una fuente anónima explica a eldiario.es que el recorte se debió a la crisis económica, un argumento fácilmente refutable, pues RT y Sputnik mantuvieron y hasta aumentaron presupuesto en esa reconfiguración, y sobre todo por una mera cuestión cronológica: en 2013 la economía rusa no estaba aún en crisis. Ese año creció al 1.8% del PIB, las sanciones no llegaron hasta mayo de 2014 y la caída del precio del petróleo sucedió en el último trimestre también de 2014.

Los contenidos de RBTH eran los propios de una revista de divulgación, sin apenas política, centrado en turismo, cultura, historia o ciencia. Sirva de ejemplo su última portada, con la que se ilustra la pieza de eldiario, dedicada a ‘Paseos extremos por San Petersburgo’. Yo mismo tuve la suerte de colaborar durante una temporada con RBTH, encargado de temas deportivos, una etapa que recuerdo con gran cariño, especialmente una serie de reportajes sobre leyendas del deporte soviético. He pasado en mi carrera ya por muchos medios de comunicación, casi todos españoles, y nunca he trabajado tan a gusto como en RBTH, nunca me habían dado tanto espacio y libertad, una oportunidad para contar historias. Entrevisté a niños de la guerra, a conocidos deportistas, a empresarios, a músicos y hasta a un cura.

RBTH fue un magnífico lugar donde hacer periodismo, y lo fue en buena medida por los dos redactores jefe al mando a los que tuve la suerte de tratar. Una es Darya, que ahora vive en California, tras estudiar un máster en la Universidad de Stanford, y el otro es David, que hoy colabora de forma gratuita en Madrid como intérprete para familias socilitantes de asilo procedentes de países de la antigua URSS. Extraño destino para cabecillas de la “propaganda rusa”, ¿no creen?

¿Injerencia o histeria?

17 Nov

img_jcalvet_20171113-182733_imagenes_lv_propias_putin-kRmB-U432862300344fwB-992x558@LaVanguardia-WebEl jueves pasado visité la sede central de la agencia de noticias Sputnik en Moscú, donde guardo varios amigos, cuya principal labor pasa por traducir teletipos de la edición rusa, en gran medida sobre industria armamentística. Si esperan un post de investigación sobre los maquiavélicos propagandistas del Kremlin, pueden ir cambiando de canal. Con todo lo hipócrita que resulta la posición rusa respecto a los separatismos en Occidente, esta novela tiene más de Los Serrano que de Le Carré.

En Sputnik había indignación con las sucesivas piezas de El País sobre la “injerencia” rusa en Cataluña. “Mira, ¿te lo puedes creer?”. El País mete a Sputnik en el saco de la “maquinaria de ciberguerra”, junto a Julian Asange, community manager de la Generalitat, al canal Russia Today, con 10 veces más presupuesto y de línea ciertamente más dura, y a los (ro)bots, cuentas fake en redes sociales que multiplican el alcance de noticias al gusto del Kremlin, algunas de ellas falsas, como todo en Twitter, dicho sea de paso.

El País, cuyas informaciones han derivado en un cruce de acusaciones Madrid-Moscú de lo más tonto, pone como ejemplo de la “injerencia” de Sputnik un artículo en la web titulado “España se resquebraja, Mallorca también quiere la independencia”. La polémica ha traído cola hasta en Baleares. Sin embargo, uno que lea la pieza entenderá que el titular no se corresponde con el cuerpo de la noticia sino que busca tráfico fácil, eso que los yankees llaman clickbait y que han adoptado también la mayoría de medios digitales españoles, para mayor gloria de OKdiario.

La pieza de la discordia, me explican, la firma un redactor latinoamericano de la modestísima radio del grupo, en cuya edición en español trabajan sólo 4 personas y cuya labor no supervisa nadie desde que la cadena cayese en desgracia en diciembre 2013, cuando Putin reconfiguró los medios estatales. El redactor en cuestión, me cuentan, “está casado con una catalana indepe, que se ve que le ha lavado el cerebro”. Y fue así, sin la menor intriga palaciega, como se corrió la cortina y supimos que la “ciberguerra” de Sputnik no era más que el caso aislado de un calzonazos.